Vampiro con alma en L.A.

Tengo sentimientos contradictorios y algo parecido a una corazonada cuando pienso en el final de Angel. Por un lado, la cancelación de la serie, justo cuando estaba alcanzando sus mayores cotas de creatividad, me parece tan inmerecida y arbitraria como lo había sido, en 2002, la de Firefly (Whedon, 2002). Pero el género épico es trágico por naturaleza, y difícilmente una serie sobre la penitencia de los héroes como es Angel habría podido tener unos capítulos finales más intensos, desesperanzados y traumáticos de no haber sido por la fatal noticia. No hubo sexta temporada, pero la bofetada de despedida fue memorable. Audaz y terrible. Sin embargo, para aquellos que se sintieron defraudados o traicionados con aquél incierto desenlace, la serie continuó, sólo que trasladada al formato del cómic, el último reducto para los fans acérrimos del Buffyverso [1]. Yo no llego a tanto.

Hemos empezado por el final, así que volvamos al principio. No sé si ustedes conocen la serie Buffy, la cazavampiros (Buffy the Vampire Slayer, Joss Whedon, 1997-2003). En caso afirmativo quizá recordarán al hierático y taciturno Angel, el primer novio serio de Buffy, interpretado por el actor David Boreanaz. El drama personal de Angel es que una maldición gitana lo dotó de alma, obligándole a recordar y a tomar consciencia de todas las atrocidades que cometió a lo largo y ancho de Europa, cuando era un ser diabólico y sanguinario conocido como Angelus. Además, tiene prohibido experimentar sensaciones de plenitud, de felicidad completa, ya que, si esto ocurre, automáticamente pierde su alma y vuelve a ser Angelus, el asesino sin escrúpulos que aguarda en lo más profundo de su ser. Desde que es un vampiro con alma, Angel busca, sin saber muy bien si eso existe, un camino hacia la redención, una manera de enmendar sus actos pasados. Tras un tempestuoso y accidentado romance imposible con Buffy, nuestro vampiro toma la decisión de renunciar a ella y abandonar Sunnydale para siempre, mudándose a Los Angeles, la meca del cine. Allí abre una agencia de detectives, Angel Investigations, para ocuparse de casos con ramificaciones sobrenaturales. Pero si Sunnydale es la boca del infierno, L.A. es la ciudad donde en el interior de cada sueño se agazapa una pesadilla, como sabe todo el que haya visto Mullholland Drive (Mulholland Dr. David Lynch, 2001). Junto con nuestro protagonista, a Los Angeles también irán a parar otros dos personajes de Buffy: el vigilante Wesley Wyndham-Price (un enorme Alexis Denisof) y Cordelia Chase (Charisma Carpenter), la niña rica de la pandilla de Sunnydale.

Si, para según quien, ya era fácil desacreditar y ridiculizar una serie como Buffy (“no sé cómo puedes ver eso”, “basura para adolescentes”, “vi un capítulo y es lamentable”, “Sarah Michelle Gellar es fea”, ¿les suena?) imagínense un spin-off protagonizado por el tristón e inexpresivo Angel, un personaje que, en Buffy, nunca terminó de encontrar su sitio. Ni siquiera nosotros, los que veíamos la serie original, las teníamos todas al respecto. Pero, tras una titubeante y olvidable primera temporada, que abusa de los capítulos autoconclusivos y no logra dar con el tono adecuado, la serie empieza a tomar cuerpo cuando en ella aparece Darla (Julie Benz, la mujer de Dexter), una exuberante rubia fatal, que fue la que convirtió a Angel en vampiro y, durante mucho tiempo, su compañera en el crimen y en la lujuria. Será a lo largo de la segunda temporada cuando Whedon y su equipo de guionistas hallen los ingredientes adecuados: al elenco de protagonistas (Angel, Wesley, Cordelia y el recién incorporado Gunn) se añadirán Lorne, un demonio médium que regenta un karaoke y lee los pensamientos de la gente cuando canta, y Fred, diminutivo de Winifred, la mujer que, tiempo al tiempo, se convertirá en el objeto de deseo de dos de los personajes principales. El equipo se establece en la que será su base de operaciones hasta el final de la cuarta temporada, el Hotel Hyperion, y, aunque siguen habiendo capítulos autoconclusivos, la serie se construirá sobre largos arcos argumentales basados en la evolución de las relaciones entre los personajes y su lucha contra el Mal, que en Angel está representado por el bufete de abogados Wolfram & Hart, una maquiavélica burocracia cuyo cometido es allanar lo más posible el camino para el advenimiento del Apocalipsis.

Hay tramas espléndidas, como la crisis de Wesley y su flirteo con la oscuridad, y otras menos interesantes, caso del largo y cansino arco argumental de Connor, el hijo de Angel, pero la serie, una vez puestas todas las cartas sobre la mesa, deviene un adictivo melodrama sobrenatural. Un melodrama al estilo de Joss Whedon, esto es, con abundantes dosis de humor, elementos pulp, mixtura desprejuiciada de géneros y el aroma comiquero que impregna toda la obra de su autor. Que, no en vano, es también guionista de cómics [2]. Algún que otro recurso muy atractivo no fue del todo aprovechado, como la cohabitación entre Buffy y Angel —mientras Buffy siguió emitiéndose, las dos series se desarrollaban de forma paralela, en un mismo universo, de manera que, a veces, algún acontecimiento en una de las series tenía repercusiones o se hablaba de ello en la otra—, cosa comprensible, ya que, de existir una mayor dependencia entre ambas ficciones, los espectadores potenciales no podrían engancharse a Angel sin antes ponerse al día con Buffy. Si la serie que protagonizaba Sarah Michelle Gellar se dedicó a lo largo de sus siete temporadas a subvertir los esquemas de la comedia juvenil contemporánea y a jugar con todos y cada uno de los llamados traumas adolescentes, Angel tratará de atraer a otros públicos adoptando ya desde su inicio una estética más adulta, con un ligerísimo toque de cine negro, y los casos que el grupo investigará tendrán más que ver con el lado oscuro y vicioso del peculiar ecosistema de Los Angeles que con los embrollos de instituto de Buffy.

Familias disfuncionales

En un capítulo de Angel, Fred (Amy Acker, una de las actrices fetiche de Joss Whedon), define al grupo que forman ella y sus compañeros como “una familia disfuncional de cazademonios”. En mayor o menor medida, todas las series de Whedon, de Buffy a Dollhouse (2009-2010), han girado alrededor de la configuración de un grupo de personajes que deben unir sus fuerzas para enfrentarse a una amenaza. Esa unión, como es lógico, genera vínculos emocionales que no siempre tienen un desenlace agradable. Vínculos tan fuertes, por ejemplo, que los amigos de Buffy, al morir ésta al final de la quinta temporada de la serie, deciden recurrir a la magia negra para traerla de vuelta a la vida, una acción que saca de sus casillas a la propia Cazavampiros, inicialmente incapaz de digerir eso de haber resucitado por un capricho de sus amigos y para deleite del espectador. Y, haciendo un pequeño inciso, también podemos apuntar que el fracaso de la estimable, arriesgada y perversa Dollhouse puede explicarse, en parte, porque sus guionistas no lograron que la dinámica entre los personajes terminara de cuajar, aunque es un reto difícil el de lograr que el público empatice de entrada con unos personajes cuya identidad es borrada al final de cada misión. De hecho, diría que la de Dollhouse es, de largo, la familia más disfuncional y perturbada de toda la trayectoria de Whedon.

Me resulta difícil definir cuál es exactamente el efecto que obran en mí los personajes de Angel y, por extensión, de las series de Joss Whedon. Es cierto que generan una extraña química, entre ellos y hacia el espectador, pero no es una química que nazca de inmediato o que pueda reconocerse al instante. Hay quien engancha un capítulo suelto de Buffy o Angel y rápidamente se echa atrás ante ese aspecto tan frívolo y adolescente que tienen a primera vista. El tópico es decir que cada cinco minutos hay una pelea torpemente coreografiada y dejarlo ahí. Una posible solución es escoger bien el capítulo suelto que uno va a ver. Algunos ejemplos de episodios brillantes: Silencio (Hush), el décimo de la tercera temporada de Buffy, un episodio muy a lo Tim Burton —de cuando Tim Burton tenía clase— en el que prácticamente no hay diálogos, puesto que unos siniestros demonios le han robado la voz a todo el pueblo de Sunnydale; Inquietud (Restless), el último de la cuarta, un delirio onírico que se permite parodiar Twin peaks y mofarse de Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1979) [3], o, volviendo a Angel, tenemos La sonrisa (Smile Time), el hilarante capítulo catorce de la quinta temporada, en que Angel es transformado en un muppet y tiene que recuperar su estado corpóreo normal. Aunque, avisados estáis, ver directamente un capítulo de la quinta de Angel os destriparía casi toda la historia. También podría recomendar el episodio musical de Buffy, Once More with Feeling, pero tengo la impresión de que si alguien que no conoce la serie empieza por ahí apagaría el televisor a los diez minutos horrorizado por la extravagante cursilería del asunto. Claro está que, si uno ya conoce a los personajes y se ha dejado seducir por ellos, toda esa supuesta cursilería funciona a la perfección.

Como todo culebrón que se precie, Angel es una serie en la que todas las relaciones sentimentales que se establecen entre sus protagonistas están condenadas al fracaso. Ellos no sólo tienen que vérselas con demonios y otros seres malvados sino también con la soledad, el desamor, el sentirse traicionado o, sin ir más lejos, la eternidad. Los guionistas hablan de todo eso sirviéndose de un exquisito y reconocible estilo de diálogos, muy ágil, donde no hay lugar para la pedantería o la afectación forzada pero sí para descargar toneladas de mordacidad, cultura pop, humor absurdo y camaradería bien entendida.

Angel, serie maldita

Recuerdo que hace algo más de un año, justo cuando me disponía a ver la season finale de la segunda temporada de Angel, me asaltó la consternación al enterarme de la muerte, con tan sólo 33 años, de Andy Hallett, el actor que interpreta al personaje de Lorne. Hallett, amigo personal de Whedon, quien le había dado la oportunidad de debutar como actor en la serie, llevaba cinco años enfermo del corazón. Se le paró el 29 de marzo del 2009. Siete años atrás también había muerto Glenn Quinn, uno de los integrantes del reparto original de la serie, dónde interpretó durante nueve episodios a Doyle, el que iba a ser guía espiritual y mano derecha de Angel, hasta que lo echaron de la serie por asuntos de drogas. Glenn Quinn murió de sobredosis el 3 de diciembre del 2002. Entre esas dos fechas está la del fatídico 19 de mayo del 2004, fecha en la que se emitió en EEUU Not Fade Away (en España, Dejando huella), el último y memorable episodio de Angel.

Si algo me gusta de las series y de las ficciones en general es cuando éstas se atreven a soltar amarras y a asumir riesgos. A mudar totalmente de escenarios, aún a costa de descolocar al espectador, obligarlo a reubicarse, a sí mismo y a los personajes. Por esto me gusta tanto la quinta temporada de Angel: a partir de un desconcertante giro que se produce en el último episodio de la cuarta temporada, la serie entra en una dimensión ambigua en la que no sabemos exactamente qué es lo que está pasando ni hacia dónde nos conducen sus guionistas. Tampoco parecen saberlo sus personajes, que ven cómo todo parece resquebrajarse. Es una temporada ingeniosa, sorprendente y, sobre todo, muy divertida. Y triste al mismo tiempo. Además, se incorporan al reparto algunos rostros conocidos procedentes de la ya finiquitada Buffy, entre ellos el carismático Spike (James Marsters), cuyo inagotable sarcasmo hace las veces de delicioso bálsamo para las heridas abiertas y para las que no se cerrarán.

Sea como fuere, con el fin de Angel se acabo para mí una relación con esos personajes que, ahí es nada, ha durado casi diez años, desde que Buffy se convirtió en algo así como una extraña novia platónica de varios veranos (aunque, como novia, preferiría a Willow, a Faith, a Darla o a Fred, no necesariamente por ese orden, o a Summer Glau [4]). Creo que todo empezó el verano del año 1999 o del 2000, en Canal+, sin falta, a las 14:30, y yo nervioso porque aún estamos en la playa. Ha llovido mucho, es lo que se suele decir, aunque han cambiado menos cosas de las que creíamos que iban a cambiar y a Joss Whedon se le sigue considerando un bicho raro de la televisión, una especie de outsider, adjetivo que siempre honra al que lo lleva pero, a la vez, le pone las cosas más difíciles que a los demás. No sé si Whedon seguirá condenado al malditismo, como Angel a luchar eternamente, o aún tiene que hacer la serie definitiva que lo consagre como el visionario de la pequeña pantalla que es. Lo que tengo claro es que, al final, siempre manda el corazón, y los entendidos podrán decir misa, que donde esté Joss ya se pueden ir quitando los J. J. Abrams, Alan Ball y David Simon de turno.


[1] El Buffyverso es el universo de ficción que integra las series Buffy y Angel y sus respectivas continuaciones en formato de cómic.

[2] Los que sigan de cerca a Whedon ya sabrán que la Marvel le ha confiado el suculento proyecto de The Avengers, película que reunirá, entre otros, a los personajes del Capitán América, Iron-man, Thor y Hulk.

[3] Por si les interesa a los intelectuales, hay otro capítulo de Buffy que es un remake en toda regla de El ángel exterminador (1962), la de Buñuel.

[4] Summer Glau es otra de las actrices fetiche de Whedon, descubierta precisamente en un capítulo de Angel. Luego fue una de las protagonistas de Firefly y también apareció en Dollhouse. Es también la divinidad oficial de gran parte del mundo geek.