Cada día es más frecuente, en periódicos de gran difusión o en publicaciones editoriales, observar cómo las series de televisión adquieren mayor protagonismo, tanto en el plano más comercial como en sus aspectos teóricos. La revalorización de la que goza esta televisión de calidad se corresponde con el mimo que desprenden iniciativas como la de Errata Naturae, editorial que ya dedicó una interesante compilación a propósito de Los Soprano (The Sopranos, David Chase, 1999-2007) y ahora aborda en diez dosis algunos de los temas nucleares de The Wire (2002-2008). Como toda compilación, la propuesta se desglosa en una introducción que cede la voz a su creador, David Simon, la figura ideal para conducirnos a través de su ficción sobre Baltimore, para a continuación dejar la palabra escrita en manos de novelistas (Fresán, Hornby o Carrión), periodistas (Margaret Talbot), filósofos (Iván de los Ríos) y, para cerrar el volumen, un autor tan afín a la serie como George Pelecanos.

En The Wire, libro y serie, hay conceptos más importantes que otros. Sin duda, Baltimore es el centro de gravedad de gran parte de los textos, desde su vertiente periodística —recuperando anécdotas de Simon de su época en el Sun— hasta su ensayo de (no) ficción sobre los mecanismos que gestionan una ciudad. Las instituciones; los Dioses transmutados, por obra y gracia de la posmodernidad, en poderosos entramados gubernamentales que se encargan de lanzar los rayos jupiterianos y de patear el culo de los contribuyentes; las drogas y su vínculo con la actividad delictiva; o Hammsterdam como proyecto de política-ficción que regule la autodisciplina sobre el problema de las drogas. En The Wire, lo que dice Simon se convierte en un mantra —a veces, demasiado pesado a causa de la repetición de determinados fragmentos entre los diversos autores— que dispara las reflexiones sobre la política salvaje de los números y las estadísticas, que nos exige que tomemos en serio su empeño por beber de las fuentes de Esquilo y no, como la mayoría de sus compañeros, de Shakespeare o cualquier tragedia moderna, o que prestemos atención al tiempo y al tempo de su narrativa, más preocupada por cuajar la realidad de una ciudad en el corazón de una ficción.

El biopoder de raíz focaultiana, que recorre subterráneamente los textos de Sophie Fuggle e Iván de los Ríos en su análisis del papel de las instituciones, se da la mano con la cuestión de la responsabilidad en el uso de las drogas según Thomas Szasz y el concepto griego de fuerza pasado por el tamiz de Simone Weil. Todos, en buena medida, nutren a la visión caleidoscópica que las cinco temporadas de The Wire dan de Baltimore. Tanto es así que, de alguna manera, las horas que hemos pasado acompañando las desventuras de sus personajes coagulan en lo que Rodrigo Fresán define como el Baltimore Time o, lo que es lo mismo, cómo «The Wire nos ha enseñado más a ver que a mirar algo» (página 77).

Además de sus eventuales fugas literarias, servidas por Marc Pastor y George Pelecanos, The Wire, el libro, funciona como apropiada guía para ordenar toda esa geografía emocional que la televisión ha dispuesto en bruto, a la espera de que alguien se acercase a rellenar de contenido teórico las reflexiones sobre capitalismo, educación, periodismo o tasas de criminalidad. Por eso, aunque echemos de menos una mayor presencia del papel de la educación en la serie o de las relaciones de poder entre narcos y políticos —con el Senador Clay Davis como epicentro delictuoso—, hay que aplaudir la iniciativa impulsada por Errata por el valor que tiene su voluntad de construir un corpus teórico alrededor de la, sin duda, mejor radiografía sobre la actividad de una ciudad. La demencial política de mantener a raya las estadísticas, los experimentos policiales de detención criminal o la moral obtusa que desprenden las acciones de Omar o Stringer Bell necesitaban una obra que diese cuenta al respecto.