David Simon. El salto del periodismo a la ficción

No se nace periodista, uno se hace en dicha profesión a lo largo de los años. Puede que sea una perogrullada insistir en algo a priori tan evidente, pero David Simon (Baltimore, 1960) no se cansa de repetirlo y pone su caso como ejemplo. No en vano, antes de ser uno de los máximos responsables de varias de las mejores series estadounidenses contemporáneas —The Corner (2000), The Wire (2002-2008), Generation Kill (2008), Treme (2010)—, trabajó durante más de una década como redactor del periódico Baltimore Sun; lugar donde aprendió ampliamente sobre su profesión y que le sirvió de ineludible punto de partida en su brillante carrera posterior como escritor de libros de no ficción y como guionista (y creador) de las producciones televisivas antes mencionadas.

Considerando el éxito alcanzado en su incursión en la pequeña pantalla, uno podría creer que, para Simon, el periodismo ha quedado atrás y no fue más que la punta de lanza a la ficción. Craso error que se resuelve con facilidad al teclear su nombre en Google y comprobar que, más allá de lo referente a The Wire, la mayoría de sus declaraciones —y/o conferencias o artículos— versan sobre la que aún considera su profesión. Precisamente, en una entrevista publicada en El País, hacia referencia a sus inicios y a lo que para él es el periodismo. “Yo mismo no era un buen periodista de investigación los primeros años. Lo único que hacía era intentar explicar al lector el quién, el qué, el cuándo y el dónde de una noticia, y quizá a veces el cómo. Pero tuve que patearme las calles durante cuatro años para conseguir mis primeras fuentes y, sobre todo, para entender los asuntos a los que me dedicaba y ser así capaz de explicar a los lectores el porqué de las noticias. Por qué hay una guerra entre bandas de distribución de droga. Por qué aumenta la violencia en Baltimore y la policía no puede hacer nada. Por qué mueren cada vez más policías. El porqué es lo que convierte al periodismo en un juego de adultos.” Alto y claro: uno debe ir más allá del suceso, indagar, escarbar y, sobre todo, trabajar para que su esfuerzo tenga un mínimo sentido.

De eso trata, en buena parte, The Wire, una serie que evidencia las complejidades de lo real y que demuestra hasta qué punto es difícil desentrañar los porqués periodísticos; una obra tejida en forma de red donde Simon parte de sus propias experiencias —la quinta temporada, con redacción del Sun incluida, es la más explícita en este sentido— para construir un universo muy concreto (el de la ciudad de Baltimore de finales de los 90) en el que sólo unos pocos individuos parecen dispuestos a seguir la pista del dinero e intentar desentrañar lo que ocurre realmente en la ciudad. Éstos, al contrario de lo que ocurre en tantos otros policíacos, sacarán poco en claro en tan enorme microcosmos, pero, aun así, nos trasmitirán un repentino coraje en su sacrificio diario (el de un equipo formado por tipos como McNulty, Kima, Daniels, Freamon o Prez), unas ganas de luchar a sabiendas de la derrota; recordándonos, tal vez, el porqué una vez creímos en el periodismo de investigación —no estamos tan lejos de Todos los hombres del presidente (All the President’s Men, Alan J. Pakula, 1976)— como método para poner en jaque nuestras instituciones (ya sean políticas o del mundo de la droga) y, de pasada, cuestionar un sistema (el capitalista) que nunca podrá funcionar sin un atento perro guardián independiente, sin un “cuarto poder” (la prensa), que hoy parece haber dimitido de su cargo.

Y es que no conviene llevarse al engaño porque, aunque en la ficción (en esta suerte de realidad novelada que es The Wire), las estrellas sean unos cuantos polis, en su modo de trabajo —el “paperwork”, la constante búsqueda de pruebas, el encuentro de fuentes fiables— uno reconoce constantemente la labor del buen periodista: la de un Gus Haynes o la del mismo Simon. Quizás porque la serie difícilmente sería lo que es sin la base periodística de su co-creador —Edward Burns es el otro hombre clave. Precisamente, Simon, en su etapa en el Sun (estuvo allí de 1982 a 1995), se encargó de informar de lo que ocurría en Baltimore y siempre quiso “tirar del hilo” e ir un paso más allá de la superficie. Lo cuenta Rebecca Cornett, que fuera su redactora jefe varios años: “[Simon] veía su contacto con los policías que patrullaban como una ventana abierta a la sociología de la ciudad, como una manera de explorar los fallos de los gobernantes, como una manera de pensar en términos políticos (especialmente en el tema de la droga) y como una manera de contar historias. […] Siempre escribía yendo al fondo de la cuestión: podía ser un poco pesado; siempre alargaba los plazos. Y se metió en todo tipo de berenjenales en el periódico.”1

Sociología, política e historias. Corbett no erra su descripción, pero deja de lado otro aspecto esencial en las series de Simon: el retrato humano, humanista incluso. Algo ya presente en su primer libro de no ficción, Homicide: A Year on the Killing Streets (1991), surgido de una investigación llevada a cabo en 1988, año en el que el futuro productor de The Wire, además de seguir escribiendo sus artículos, acompañó numerosas veces a tres brigadas policiales en el largo proceso que puede implicar la resolución (o no) de un crimen —la primera llamada, la visita al lugar de los hechos, los testigos, el papeleo, etc. Obtuvo así un conocimiento privilegiado en primera persona del cuerpo policial que no sólo plasmó con detalle en el papel (y, años después, en la televisión) sino que le fue muy útil para su posterior exploración de la zona de West Baltimore.

Acompañado ya, esta vez, de Burns —ex policía y profesor de primaria al que debemos, con toda seguridad, el personaje de Roland “Prez” Pryzbylewski—, Simon se dirigió en invierno de 1994 a la calle Fayette, lugar donde se situaba un amplio mercado de venta de droga ambulante en el que entraban en juego varios actores: adictos, vendedores, “soldados”, vecinos corrientes, asistentes sociales, policías…No era fácil inmiscuirse en ese espacio, pero esta pareja de investigadores se lo tomó con calma, conociendo bien a los residentes, tomando notas, aprendiendo el lenguaje de la calle…Sabían que era imposible dejar de ser unos intrusos, unos extraños en el oeste de Baltimore, pero sí lograron labrarse la confianza de un buen número de individuos del barrio, especialmente los pertenecientes a una familia estrechamente vinculada al mundo de la droga: los McCulloug. En ellos, en su trágica historia, se sostuvo la trama de The Corner: A Year in the Life of an Inner-City Neighborhood, el libro de no ficción que ambos publicaron al alimón en 1997, un relato eminentemente coral focalizado en lo que ocurrió en esa zona durante doce meses.

El buen acogimiento crítico de esta obra —que plasmaba, con indudable talento narrativo, la vida de individuos olvidados e ignorados por la sociedad alejándose del estereotipo y dándoles voz sin caer en la condescendencia— sumado a la repercusión que en aquellos años ya tenía la adaptación televisiva de Homicide: A Year on the Killing Streets para la NBC (con Simon participando en el guión y la producción) que llevó a cargo Paul Attanasio bajo el título más “amable” de Homicide: Life on the Street (1993-1999) dio el empujón definitivo a la carrera de nuestro hombre que, sin embargo, había sido despedido poco antes de su periódico de forma repentina. Un hecho que hoy él sigue lamentando, sobre todo considerando la regresión de la prensa desde los 90: “No sé en España, pero en EEUU los dueños de esta industria cometieron el error de asociarse y conglomerarse, y después esta prensa conglomerada se lanzó a la Bolsa para aumentar al máximo sus beneficios. Pero a cambio, Wall Street obligó a las compañías editoras a recortar el producto para aumentar el margen, y por recortar no me refiero sólo al número de páginas o a la plantilla, sino que fue también un recorte de sus propias ambiciones periodísticas. Les bastaba con que el periódico fuera atractivo o sofisticado, pero no prestaban atención a los contenidos.”2

Lejos de los periódicos, pues, Simon se centró en la televisión y logró tener el control absoluto sobre la miniserie The Corner, lograda adaptación en seis capítulos de su segundo libro, de la que pudo ser productor ejecutivo y principal guionista. Con este paso —ya dentro de la cadena de pago HBO, que permite a sus autores una libertad mayor que un canal nacional como la NBC—, nuestro hombre se situó más cerca de convertirse en el creador audiovisual de referencia que es hoy. Aunque, eso sí, su mayor aprendizaje se había producido antes, en su etapa periodística en Baltimore. Ineludible ciudad en su imaginario —es donde transcurren las tramas de Homicide: Life on the Street, The Corner y The Wire— que, en una decisión arriesgada, se ha atrevido a abandonar en la breve Generation Kill y en su nueva serie ubicada en Nueva Orleáns, Treme. No importa. Porque, esté donde esté, el sello autoral de Simon —construido con un potente equipo de guionistas, que conocen bien donde transcurre la acción en cada capítulo— perdura, especialmente en la forma en la que trabaja la materia prima con la que forja sus relatos. Algo muy patente en la obra que motiva este artículo. Y es que, por mucho que la construcción de personajes y tramas se nos antoje esencial, hoy es evidente que sin periodismo nunca hubiera habido una ficción de tal calibre. Es la extensa labor de documentación previa (y la experiencia directa de su creador en las calles) la que permite a The Wire ser una obra monumental que, mientras da lugar al mito (Omar a la cabeza), sabe radiografiar un tiempo y un lugar. Hasta las últimas consecuencias.

1 VVAA, The Wire. 10 dosis de la mejor serie de televisión, Errata Naturae, Madrid, 2010.

2 En Periodistas, maleantes y Baltimore, de Javier del Pino. El País Semanal, 26 de julio de 2009.