Hamsterdam o el ghetto infernal

La reciente emisión de Rubicon (Jason Horwitch, 2010) nos ha enseñado que, por muchos puntos que conectemos, nunca conseguimos unirlos hasta crear una imagen de conjunto; hay demasiados intereses en la sombra. Una de las palabras que más se repiten en The Wire. Bajo escucha (Simon y Burns, 2002-08) es la de stats, es decir, estadísticas. Esa obsesión por los números me recuerda a la inocente campaña organizada por la ONCE que señala que «Detrás de cada número hay una persona». Hace falta invertir la consigna para entender cómo funcionan las cosas en Baltimore: Detrás de cada persona hay un número —o un voto, o un Dealer, o un Corner Boy. Pero, como en la mencionada Rubicon, la suma de todos esos números no produce más que una imagen amorfa y distorsionada de una ciudad seccionada entre su implacable política del narcotráfico y su despiadada política social.

Sin duda, uno de los episodios más apasionantes de la serie creada por David Simon y Ed Burns es aquel que glosa la construcción de Hamsterdam, la zona libre con la que Howard Colvin pretende reducir la tasa de delincuencia englobando a drogatas, putas y narcos bajo un mismo paraguas. «Como en Amsterdam», dirá uno de sus principales impulsores. Un lugar que minimice el impacto de la droga en Baltimore. Pero el experimento policial conduce a una interesante conclusión: la obsesión por mantener estables las estadísticas provoca que la libertad —de consumo y venta de drogas— se confunda con la higiene —o sea, desplazar la mierda a otro lugar, creando una artificial sensación de seguridad—, y Amsterdam acabe, como dirá un Corner Boy, transformándose en Hamsterdam: una trampa, una ratonera, una charada para mantener a raya los números, la verdadera religión de The Wire.

La política de expulsión que tantas escandaleras ha producido entre la Unión Europea y Nicolás Sarkozy tiene, además de sus obvias implicaciones xenófobas, una lectura que me interesa relacionar con el episodio de Hamsterdam: provoca indiferencia. Mientras el experimento se mantiene bajo control, todos los miembros de la alcaldía de Baltimore se muestran satisfechos con ese mecanismo que ha permitido adelgazar la criminalidad de su ciudad. Sin embargo, resulta flagrante cómo esa operación ha condensado (casi) todo el crimen en un ghetto infernal. Y sólo cuando se descubre la abyección del ghetto, el experimento de Hamsterdam se clausura como otro episodio fallido de ingeniera social. Aquí no ha pasado nada, parecen decir. Continúen con su vida en cada esquina de la ciudad. Se les ha expulsado a un espacio físico y emocional controlado policialmente para, acto seguido, devolverles a su hábitat natural de delincuencia. ¿Y qué? Hasta que no se emitió por televisión, las stats respondieron mejor que nunca.

Tommy Carcetti o Clarence Royce, presente y pasado de la política de Baltimore, tienen, como la mayoría de políticos, un aire de familia. Hay un punto en el que los números lo justifican todo y, por culpa de su inmensidad —¿Cuántas tasas manejamos con respecto a los diferentes estratos que forman una ciudad?—, lo desfiguran todo. Hay un punto en el que las cuestiones étnicas —en Francia hablamos de los Roms, mientras que la mayoría de narcos de Baltimore son negros— se transforman en cuestiones administrativas. No se expulsa o desplaza, se reubica o regulariza. Pero todo eso no es más que un proceso destinado a, como señalara Foucault, hacer vivir y dejar morir, a higienizar la sórdida Baltimore mientras la escoria se acondiciona en su ghetto infernal. Un proceso cuya virtud es la de presentarse —y creerse— como un comportamiento legítimo.

Sin espacio de residencia no tenemos lugar desde el que puedan brotar nuestros actos humanos; no hay lugar para la ética. Hamsterdam es ese espacio fronterizo, porque conjuga historias que sólo provocarían nuestra conmiseración —como la del yonqui Bubbles perdido entre la marea de gente que deambula por sus calles— y, al mismo tiempo, su forma de expresión está escrita en lenguaje administrativo. Está en la frontera que separa lo humano de lo inhumano; la conmoción que provoca el espectáculo y la satisfacción que suscitan los números. No hay lugar para la ética porque no hay lugar desde donde dejar que brote —Hamsterdam sólo sirve, como deformación de la lógica de los negocios, para traficar—. Y, sin eso, sólo cabe la errancia o la indiferencia de una condición inhumana.

A un par de manzanas de mi casa hay unos bloques de edificios —en la terminología de The Wire serían algo así como nuestros Projects— que la prensa local ha destapado como centro de formación de delincuentes. El hecho de que la policía entienda su existencia como algo normal me lleva a pensar si, a pequeña escala, no se tratará de una versión local de lo que significa Hamsterdam: un espacio sin techo ni ley, cuya libertad hay que entender como una ilusión más diseñada por el gran mecanismo de control que suponen las estadísticas. Por eso, cuando a veces paseo por sus alrededores y una fila de coches obstruye la puerta de salida del edificio, la sensación que tengo es que ese pequeño gesto da cuenta de uno mayor que, como en Hamsterdam, permanece oculto: Detrás de cada persona hay un número. Y, a menudo, a causa de la ansiedad por domesticar el salvaje flujo de los números, no nos percatamos de hasta qué punto obstruimos el ámbito de lo moral. Por eso hay un punto en el que Hamsterdam deja de ser un atractivo experimento político-policial-sociológico para expresar una realidad que podemos observar en cualquier zona de nuestras ciudades. Allí donde no hay lugar para la moral —recordemos la indiferencia que provoca la necesidad de mantener, vigilar y modificar las tasas—, nace sin dificultad un ghetto infernal. Esa es la lección de Hamsterdam.