Todos queremos a Omar

Omar Devone Little o simplemente Omar, el personaje al que pone rostro y cuerpo Michael K. Williams, se ha convertido, sin lugar a dudas, en el máximo icono de la serie creada por David Simon y Edward Burns. Salvando las evidentes distancias, Omar es a The Wire lo que Mickey Mouse es a Disney o el Che Guevara a la Revolución Cubana, es decir, un personaje que de manera involuntaria ha terminado definiendo por sí solo la esencia del producto que representa. Estamos, por tanto, ante algo así como la imagen corporativa de The Wire, Omar es el emblema indiscutible de la que parece ser la mejor serie de esta nueva edad de oro de la televisión que estamos viviendo. Por decirlo de forma prosaica, a buen seguro que se han diseñado (y vendido) más camisetas con la imagen de Omar que con las de, por ejemplo, Lester Freamon, Avon Barksdale, McNulty o “Stringer” Bell. ¿Cuál es la razón de que en una ficción televisiva donde coexisten un buen puñado de personajes, todos ellos magníficamente compuestos y desarrollados a lo largo de la trama, Omar Little sea el elegido? ¿Por qué todo el mundo (que ha visto la serie, se entiende) adora a Omar? ¿Qué tiene Omar para que Barack Obama exponga públicamente su predilección por él sin ningún pudor? Recordemos que el personaje es negro, homosexual, de clase baja y delincuente, cualidades absolutamente despreciadas por buena parte de la sociedad que lidera este señor.

Probablemente encontremos la respuesta a estas cuestiones en su condición de personaje fronterizo, de ser limítrofe que deambula entre los dos mundos minuciosamente retratados en The Wire pero que por decisión propia (y esto es muy importante) es incapaz de integrarse en ninguno de ellos. Quizás sea su talante rebelde e independiente, su inteligencia callejera y su capacidad para la reflexión hiperlúcida, su romanticismo (que se nos revela como el principal motor de su venganza) o su estricto código del honor. Lo cierto es que Omar mola mucho…“y eso cae por su peso, sabueso”, como bien decía Mister Señor Love Daddy.

Esta habilidad de Omar para escrutar desde una cierta perspectiva estos dos mundos extremos, aparentemente opuestos y, sin embargo, colindantes que se muestran en The Wire, sitúa al personaje en una posición privilegiada que, finalmente, es adoptada por la mirada del espectador. Su función de nexo entre las calles de West Baltimore (a las que pertenece pero en las que no termina de encajar por esa personalidad ácrata que le aleja de la rígida sociedad marcial impuesta en los organismos internos de las bandas del gueto) y la policía (cuyo sistema de rangos es igualmente alienante, sólo que mucho menos operativo dada la preeminencia de la burocracia y los intereses políticos), unida a sus valores positivos, hacen que resulte casi inevitable desarrollar un fuerte grado de empatía hacia él.

Omar, además de ser un tipo duro que impresiona por su fortaleza y su valentía, se nos presenta, con la misma potencia, como un ser sensible y enormemente dotado para el amor. Por eso entendemos su rabia ante la muerte de su pareja a manos de los sicarios de “Stringer” Bell y deseamos una venganza mítica, de ésas que aparecen en las tragedias griegas prometiendo una catarsis liberadora. Por tanto, sabemos que cuando Omar actúa no es de forma gratuita, percibimos que hay razones ineludibles, altos motivos, que lo empujan a hacer lo que hace y eso nos proporciona un placer cómplice y nos convierte irremediablemente en sus camaradas, nos aloja sin darnos cuenta en las enigmáticas huestes de este caballero andante de los suburbios cuya honradez a la hora de elegir a sus compañeros de batalla hace del suyo un ejército de repudiados compuesto por el más bajo de los estratos de las casas baratas. Omar no busca codearse con las altas esferas ni con los capos, ni se vende como chivato de la policía, Omar prefiere establecer un vínculo con los desheredados que, como él, nada tienen que perder. En definitiva, todos queremos a Omar porque es el único personaje de The Wire que de principio a fin consigue mantenerse absolutamente fiel a sí mismo.