La ley de Raylan

1 Desde que la televisión jubiló a Deadwood (David Milch, 2004-06), el western ha buscado acomodo infructuosamente en una nueva serie. Probablemente, Justified (Graham Yost, 2010-11), que también ha corrido la misma suerte, sea lo más parecido a un western que la teleficción ha podido construir. Un western del siglo XXI, que se olvida de los grandes escenarios norteamericanos (Las Vegas, Miami, L.A., por citar algunas de las ciudades protagonistas de la pequeña ficción) para ubicar su drama en el corazón de poblaciones de Arizona o, como es el caso, Kentucky. En breve, en pueblos en los que nunca pasa nada, pero todo el mundo duerme con un revólver calibre 38 bajo la almohada, a una escopeta de cañones recortados se le pone mote y el bourbon se bebe en un vaso de plástico. Un pueblo, Lexington, con su microcósmica batalla entre el bien y el mal, lo correcto y lo equivocado, la ley o el impulso.

La primera escena de Justified sintetiza el alma de la serie: Raylan Givens (Timothy Olyphant), un US Marshall en Miami, entra en plano con su sombrero de cowboy y su extraña manera de caminar, dejando en evidencia el cortocircuito existente entre su contexto y él. Bastarán un par de minutos para que Raylan liquide a uno de los mafiosos de Florida haciendo valer su velocidad de muñeca. Y bastarán todavía menos minutos para que sus superiores le obliguen a volver a casa, a Kentucky, a ese viejo lugar de arraigo y pertenencia en el que sus modos decimonónicos no impliquen problemas para la burocracia. Porque, como reza el título de la serie, el dilema se concentra en determinar si está o no justificado a abrir fuego en defensa o en prevención. Y como, a diferencia de Miami, Lexington no tiene a ningún psycho amigo y vecino que limpie de criminales las calles cada noche, acabamos pensando que se trata del único lugar posible para contestar a esa pregunta.

2 Raylan es lo que se dice un tipo implacable. No en vano, en su aspecto planea constantemente la sombra del héroe del western, encarnado en Gary Cooper o algún otro vaquero de mirada torva. A diferencia de otros personajes, que encuentran en el género una posibilidad para modelar su identidad, en Justified sucede lo contrario: siempre tienes la sensación de que Raylan lo que quiere es huir de ese espacio, ya que teme reencontrarse con una identidad que detesta profundamente. Porque en el western del Siglo XXI el héroe o el fuera de la ley —Omar y McNulty, en el Baltimore de David Simon— están obligados a conducirse dentro de los cauces de un rol que subordina cualquier otro aspecto de su vida, impidiéndoles descansar si no es en la muerte o en la errancia. A fuerza de enfrentarle con una recua de criminales a cada cual más pintoresco, Raylan acaba agotado, con esa pose tan cínica del héroe que disfruta acodado en la barra de un bar o recostado en el porche de un motel de carretera, en lugar de tener que perseguir a un puñado de malhechores que, por su escasa entidad, nadie recordará tras su detención.

En el fondo, aunque Justified se base en la obra de Elmore Leonard, el humor soterrado y la lógica sin escrúpulos que manejan sus personajes podría invocar al espíritu de Jim Thompson. En Lexington, a los criminales les mueve el dinero, la auténtica religión capaz de convencernos de que algún día saldremos del agujero y la vida-basura cuyo ritmo marcan las pequeñas poblaciones norteamericanas. Sin embargo, bajo la aparente monotonía de la historia, que intercala a mafiosos y timadores de tercera, a femme fatales de saldo y racistas que utilizan la xenofobia como otra forma de pragmatismo salvaje, sobresale la sensación de que Justified tiene lo mejor del género: la desesperación que provoca lo pequeño, la falta de salidas que emana de una comunidad reducida y cerrada sobre sí misma, en la que todo el mundo se conoce y no existe un desnivel tan pronunciado entre una clase social y otra. En otras palabras, donde héroe y villano no devienen figura poderosa o amenaza seria, porque tienen poco espacio para conquistar. Por eso, muchos de los villanos de Justified buscan el único placer que un lugar así reserva para los malhechores: matar, timar, delinquir a pequeña escala para obtener el dinero, poder o seguridad suficientes como para huir del pueblo y zambullirse en la ciudad. He ahí la ironía de este western: hasta los villanos quieren escapar del lugar.

3 Cosas que hacer en Lexington mientras sigues con vida. Ese podría ser un buen subtítulo para la serie. También un motivo para explicar la atracción que siente Raylan hacia Boyd Crowder, uno de esos minúsculos agentes del caos empeñado en salirse con la suya (barrer a la competencia gangsteril, dirigir el narcotráfico local o evangelizar a los locos del pueblo, todo en uno). Desde el primer episodio, en el que Rayland acaba disparándole, mientras cuestiona la naturaleza de sus impulsos al apretar el gatillo, sabemos que entre ambos se desarrollará una interferencia que podría llamarse amistad. En cierto modo, Boyd es lo más cercano a un amigo y la instancia crítica más plausible para poner en entredicho la ley de Raylan. Nunca sabemos hasta qué punto está hablando en serio o todo forma parte de una visión entre maquiavélica y redneck para controlar los bajos fondos de Lexington y a quien se encarga de mantener el orden.

Una de las cláusulas del western es que un héroe no es necesario si no hay territorio que defender o problema que delegar en una víctima compensatoria. Probablemente, Justified no tendría razón de ser si Rayland no hubiese dejado con vida a Boyd. Porque es lo más parecido a un pegamento que conecta entre sí a los diferentes estratos del pueblo —policías, paletos, narcos, héroes, padres e hijos—, exigiéndoles que diriman sus diferencias antes de que el tedio o la falta de necesidad eclipsen y embalsamen a los personajes de esta ficción. Boyd es el empujoncito que propicia el reencuentro entre Rayland y su padre, Arlo, otro criminal cuya ética profesional desencaja nuestros moldes. Porque Justified es el relato de dos generaciones sin línea de continuidad, condenadas a no entenderse y, en fin, a acabar la una con la otra.

La coda al género propuesta por Justified es que ya no necesitamos más héroes, porque no hay tanta ni tan buena acción como para convocarlos. Volver a casa significa enfrentarse, otra vez, a los dilemas de una generación que no nos pertenece y entrometernos en un contexto en el que los grandes escenarios han sido sustituidos por oficinas institucionales, moteles y barras de bar. Hoy, más que nunca, cobra auténtico relieve el final de Centauros del desierto (The Searchers, 1956). Donde ya no queda orden que restituir y el héroe deviene figura subsidiaria del género —a estas alturas, es innegable que el motor de la ficción contemporánea lo conducen sus villanos—, es preferible la «tentación apátrida del vacío» (Balló y Pérez, La semilla inmortal, 2007. Página 41). A medida que avanza Justified, empezamos a intuir que Raylan erró el tiro como solución de emergencia para reprimir ese último e incómodo adiós al género. Tal vez sea esa la decisión que justifique sus actos. Tal vez el cinismo de sus personajes no sea más que otra manera de disfrazar su inevitable melancolía. Tal vez nunca quisimos volver a casa para no tener que enfrentarnos a esas heridas que permanecen abiertas. Tal vez…