Mi abuelo siempre me decía: “Hijo, nadie se hace rico siendo honrado”. Sin embargo, resultó que lo que yo creía que era una apología de la honestidad era todo lo contrario. Y es que, como bien dijo Montesquieu, “las palabras son mitad de quien las dice y mitad de quien las escucha”. Supongo que el problema de comunicación entre mi abuelo y yo era que le escuchaba con la infinita ingenuidad que nos otorga la educación en valores, mientras que él hablaba desde el pragmatismo que da la experiencia, sobre todo si se ha vivido una posguerra en la que la supervivencia a través de cualquier método — como por ejemplo el estraperlo— aseguraba algo que llevarse a la boca. De esta forma se polariza una sociedad, y los que hemos nacido con todo dado no llegamos a comprender en su verdadera dimensión las ansias de nuestros antepasados por la prosperidad. Son los momentos en los que a nadie le queda demasiado claro cuándo escapar a los fantasmas de la miseria y el hambre se transformó en otra cosa bien distinta.

Una de las claves para entender el peculiar modelo social que nos propone Crematorio como reflejo de nuestra sociedad parte de este conflicto generacional. Una de las cosas que más me atrajo desde un principio de esta serie fue la especial relación que Rubén Bertomeu mantiene con los miembros de su familia. Sobreprotector y paternalista, este personaje arrastra, no tanto con sus mentiras, sino más bien con sus secretos, a todos aquellos que se cobijan bajo sus alas de ave de altos vuelos. Como en la película de Mike Keigh Secretos y mentiras (Secrets & Lies, 1996), los componentes de este clan familiar representan el drama de muchos otros linajes: el de no llegar a conocerse verdaderamente del todo, pues al desaparecer de la escena el líder, el general —como se le llega a denominar en el penúltimo capítulo— todos ellos sienten el vacío del desconocimiento, la impotencia de haber convivido con alguien del que tan sólo han conocido la más amable de sus máscaras. De esta forma tan genialmente sutil esta serie nos confirma que el abuso y la corrupción no sólo son un mal social, sino que todo lo que se gana por una parte se pierde por otra, quedando muchos de estos personajes huérfanos emocionalmente en relación al jefe de su clan: su mujer Mónica (Juana Acosta) con un nonato en su vientre y la sensación de haber sido poco más que otro objeto perteneciente al mobiliario de la gran mansión; su hija Silvia (Alicia Borrachero) tratando de saber si su triunfo en la vida fue por meritos propios o por ser hija de quien era, siendo abandonada por un marido, Juan (Chisco Amado), que no duda en dejarla al no serle ya útil profesionalmente su relación con su suegro; su nieta Miriam (Aura Garrido), incapaz de responsabilizarse ni de madurar, jugando al gato y el ratón con su madre a través del amante de ésta; o su madre, Teresa (Montserrat Carulla), obligada a dejar la finca familiar, debiendo padecer lo peor que a una madre le puede pasar, como es sobrevivir a sus dos hijos.

Y es que el personaje de Rubén Bertomeu, interpretado soberbiamente por el gran Pepe Sancho, entiende de una forma muy peculiar su situación dentro de ese tablero de ajedrez llamado Misent, la localidad costera que ha transformado a su imagen y semejanza y que ha convertido en una prolongación del concepto que tiene de sí mismo: el hombre que no ha dudado ni por un solo instante en recurrir al enriquecimiento rápido a través de decisiones éticamente cuestionables —cuando no directamente ilícitas—, edificando su imperio sobre los cimientos de la corrupción y la muerte del patrimonio natural —muy significativa la imagen que cierra el primer capítulo, con esa montonera de calaveras de caballos sobre la que se disponen las deslumbrantes luces de la gran urbe turística—. Así, todos a su alrededor no dejan de ser meros peones dispuestos para su juego, que no es otro que el de evitar constantemente el posible jaque mate con el que la ley pretende arrinconarle. Hasta que el fatídico momento termina por llegar.

Y digo fatídico porque uno de los grandes aciertos de la serie producida por Canal+ es cómo se juega en su guión con lo que se muestra y lo que se pretende conocer. Más concretamente, con el prejuicio y la disponibilidad que la cámara nos ofrece a la hora de conocer tanto la dimensión social como la humana, aquella más íntima, de un personaje como Bertomeu, paradigma de los Muñoz, Roca y demás calaña que nos han hecho sonrojar e indignarnos a partes iguales en los últimos años de nuestra Historia. Porque, como lo mismo que nos pasa como espectadores de la odisea vital de la protagonista del Psicosis (Psycho, 1960) de Hitchcock, aprendemos a sentirnos ligados emocionalmente a alguien que ha cometido un delito, a pesar de que éste no sea más que el cabeza de turco que salpica con su porquería al conjunto de una sociedad que ha cooperado en el enriquecimiento general a través de la ilimitada corrupción económica.

Al final, personajes como Rubén Bertomeu no son más que el reflejo de las pulsiones internas de la sociedad en la que se inscriben, pues con la muerte de Franco no se produjo una transición, sino más bien una reforma en toda regla, aquella que permitió que los que se enriquecían con la connivencia de las instituciones del Régimen lo hicieran posteriormente bajo el paraguas de la especulación que permitiera a nuestro país salir del pozo del aislacionismo. Fue entonces cuando todo el mundo comenzó a echar la vista hacia otro lado, confiando en que la prosperidad de unos pocos enriqueciera al conjunto de toda una sociedad… fuera cual fuese su precio.

Sin embargo, muy pocos pudieron prever lo elevada que sería esa tasa, sobre todo si hablamos en términos sentimentales. Y es que al final, para estos modelos sociales, sus allegados no pasan de ser meros trofeos que mostrar con orgullo —la dimensión simbólica del quinto episodio “Día de pesca” es, por ello, soberbia—, y el éxito personal y profesional de sus familiares no dejan de ser unos ladrillos más en sus construcciones. Así, para Rubén Bertomeu el triunfo de su hija en el mundo artístico —a través de la alegoría de las fotografías, que manipulan y embellecen la realidad de la que emanan—, la tesis que su yerno se empeña en terminar a pesar de que nadie confía en sus conclusiones, la solaz vida de una nieta que vive como una bohemia burguesa o la finca familiar que se deteriora al mismo ritmo que lo hace su propia madre —pero resistiendo aún en su orgullo, como un recuerdo de un pasado glorioso ya perdido— hacen del constructor el perfecto demiurgo para el que tan importante es su maquiavélico talento como la imagen que de él tengan los demás, quienes ven en él al patriarca protector en el que confiar.

Al final, y como reza el título del último capítulo, “No dejamos nada”. «Los pilares de la civilización se asientan sobre los cimientos de la barbarie», escribió Walter Benjamin hace casi un siglo. Debido a la actividad constructora de Bertomeu, pocas frases serían más acertadas para describir el periplo vital que Crematorio nos ofrece: una jaula de barrotes dorados de donde nadie sabrá salir para volar en libertad, una cárcel emocional llena de traumas y frustraciones, de complejos e incertidumbres. La herencia de aquel que creía que estaba haciendo lo mejor para los demás, desconociendo el gran mal que en ellos estaba provocando. Efectivamente, Rubén Bertomeu no dejó nada. Tan sólo algún recuerdo intoxicado.