En busca del eslabón perdido

De cómo crecieron los freaks y los geeks

¡Ay, la adolescencia! Esos años en que todo es posible aunque nada lo parece. Tiempos de modelar la personalidad, de descartar opciones para arropar otras; años de malas decisiones tomadas a trompicones emocionales y de acertar alguna que otra a modo de quiniela. Allí, en esos tiempos de modulaciones, empezó su carrera Apatow (y, por ende, el embrión de la Nueva Comedia Americana), no porque él fuera un mozalbete, sino porque en su primera serie como productor, escritor y director (bajo la supervisión de Paul Feig) el centro de interés estaba situado en la casa de los Weir, una familia de clase media con dos hijos: Lindsay de diecisiete años y Sam de catorce. Alrededor de ellos, y de sus respectivos grupos de amigos, surge el salvaje mundo de la adolescencia estadounidense: los freaks, los geeks, los nerds, los jugadores de fútbol americano, las cheerleaders…, pero, sobre todo, Freaks and Geeks retrata un episodio vital que viene a responder al cómo ser adolescente en la década de los ochenta en Estados Unidos y no morir en el intento. En resumidas cuentas, se trata de volver a la gestación de las personalidades de Apatow y Feig, de vuelta a la escena del crimen, donde todo empezó a tomar forma.

El interés global de la “factoría Apatow” en este su primer proyecto era evidente: el acercamiento a ese período trascendental en el que empezamos a formar nuestras personalidades sociales fuera del nido familiar y dentro de esa probeta de la sociedad a la que llaman instituto. En su voluntad por abarcar los conflictos en varios niveles (diferentes franjas de edad, sexo y tribus) Freaks and Geeks apuesta por seguir el recorrido de los dos hermanos Weir, la joven preuniversitaria que en su último año de instituto decide abandonar su fama de buena niña para inmolarse y pertenecer a un grupo de tirados (los freaks encabezados por el chico que, al más puro estilo James Dean, le trae de cabeza) y el mundo de Sam y sus compañeros geeks, un grupo de chavales que empiezan a notar la presión de (tener que) convertirse en hombres sin tener claro que estén preparados para ello. A través de los dos hermanos, Freaks and Geeks plantea los conflictos personales a los que se van enfrentando uno y otro para conseguir ―dejando en pseudo-off el mundo de los deportistas y sus cheerleaders, el cual ellos observan desde el banquillo, como espectadores― trazar un mapa de la existencia adolescente.

El interés de Apatow por seguir la línea vital iniciada en Freaks and Geeks provoca una sensación de déjà vu a lo largo de sus creaciones. Los personajes de las series y de las películas de la NCA tratan en su mayoría del (nulo) proceso de maduración en unos personajes que todavía no han decidido si seguir el ritmo de la sociedad o marcar el suyo propio, un tema que el propio Apatow ha tratado en Lío embarazoso y Virgen a los 40, pero que también tiene cabida en los productos de sus compañeros (desde el Supersalidos (Superbad, 2007) de Greg Mottola hasta el Resacón en Las Vegas (The Hangover, 2009) de Todd Phillips). Así pues, cabría considerar Undeclared (2001-2002) un proseguimiento de la vida del geek Sam Weir de Freaks and Geeks, el cual, tras abandonar el ambiente del instituto, ingresa en la facultad sin tener aún solucionados sus conflictos madurativos. De hecho, y aunque sea con diferentes rostros, el proceso de crecimiento (físico) seguiría con el personaje de Seth Rogen de Lío embarazoso hasta quizás llegar a Hazme reír (Funny People, 2009) o a Virgen a los 40 (The 40 Year Old Virgin, 2005), dependiendo de los caminos tomados, para acabar quizás en Niños grandes (Grown Ups, Dennis Dugan, 2010). Y es que en los intereses de la NCA encontramos una preocupación que se reitera y se evidencia a cada paso: la pérdida de la libertad (¿de la masculinidad?) que se asocia con el proceso de crecimiento personal/social. Los personajes de buena parte de la NCA son niños grandes (valga la gracia) que, paradójicamente (y ahí entra el conservadurismo de Apatow, especialmente), acaban por conseguir salir de esa condición a través de la abdicación de sus principios de masculinidad y camaradería en favor del papel de esposo y padre de familia.

La costilla de Adán

Sin embargo, en el germen que era Freaks and Geeks quedó un camino alternativo a seguir, que en aquel proyecto no era un fleco sino una de las tramas principales. Lindsay, la parte femenina del dúo Weir, se enfrentaba a toda una serie de dilemas derivados de la vida adolescente, pero su línea vital queda totalmente despeñada con la cancelación de la serie y, hasta día de hoy, totalmente descuidada en el universo de la comedia. El rol femenino en la NCA ha quedado limitado a tres posibles roles planos: el objeto de deseo de los personajes masculinos (mujer atractiva), el obstáculo que impide que el hombre goce de su libre albedrío (sic) (mujer atractiva y neurótica), o la amiga masculinizada a la que no se tiene en cuenta como mujer. La NCA, pues, abandona toda vía femenina para centrarse en reunir alrededor de sus películas a sus acólitos, esa generación de hombres supuestamente resignados ante el alzamiento femenino (¿mande?) que se muestran como un gatito dulce con sus parejas y luego ladran sobre ellas de cara al grupo de amigotes con los que se van una noche de farra “porque la parienta ha salido con sus amigas”.

Esto, más que un problema, supone una frustración para quienes, tras ver sembrada la semilla de una vía femenina y alternativa en Freaks and Geeks con el personaje de Lindsay, se topan con la falta de interés y continuidad sobre lo que supone crecer y ser adolescente para las mujeres. Porque del mismo modo que existen freaks y geeks que con la NCA han encontrado la expresión de su generación, existen mujeres que no se sienten identificadas con crepúsculos y comedias románticas varias. Esa era la vía de Lindsay, la de no tener por qué ser la costilla de Adán (ni de Edward).

Las chicas (no) al poder

Los dos personajes femeninos principales de Freaks and Geeks (Lindsay Weir y Kim Kelly) obedecen a dos perfiles radicalmente distintos. La primera representa la ocultación de todo aquello que llame la atención, desde su belleza (luce durante toda la serie una chaqueta militar enorme que desmarca su figura) hasta su inteligencia (¡cuántas veces la vemos evitar demostrar valía por no sobresalir entre sus amigos!); y su objetivo no es otro que sentirse acogida en una comunidad, en este caso, de freaks. El cambio radical que opera en ella (de estudiante modelo a descolgada) viene dado por la muerte de su abuela y, sobre todo, por el deseo de agradar a un chico del grupo, aunque pronto ambos motivos cesarán territorio a otro mayor, conseguir la camaradería femenina de su, en un principio, contrincante Kim Kelly. Y en todo ese proceso intermedio se permite una de las mayores libertades de las que dispone la raza humana: equivocarse ¡y a conciencia! Hacer pellas, robar un examen, montar una fiesta, comprar documentos falsos, colarse en una fiesta, destruir propiedad privada… La lista es interminable. Lindsay se permite vivir las experiencias propias de la adolescencia una vez ha determinado que, pasada esa época, tendrá tiempo para mostrarse responsable y seria. Pide a gritos vivir su inmadurez aun no disponiendo de ella, acallando el concepto de responsabilidad para regresar atrás y no quemar demasiado deprisa uno de los estadios de su juventud. Justo al contrario de Kim Kelly, el volcanismo emocional y pasional en persona, una mujer que cacarea incluso sin voz, pero que es consciente de sus limitaciones intelectuales. Sin embargo, gracias a la camaradería masculina con el grupo de freaks se hace un lugar como reina del panal consciente de que, tras el instituto, llegará otra vida, real y peor.  La gran diferencia entre los protagonistas masculinos y los femeninos es que, mientras ellos aún están madurando, ellas buscan ocultar que están en estancias más avanzadas de ese mismo proceso.

La grandeza de la relación entre ambas chicas, no obstante, surge en aquello que pocos consiguen entender sobre la amistad femenina y que tan poco se ha tratado: aparece gracias al sacrificio y al respeto entre las implicadas; pero se muda de lugar cuando la desconfianza (disfrazada comúnmente de envidia) hace acto de presencia. Lindsay y Kim se observan, desconfían la una de la otra pero se toleran por el bien del grupo. Ambas son capaces de hacer un sacrificio en beneficio de la comunidad, ponen sus intereses (de manera eventual) por debajo del beneficio grupal durante lo que sería una primera etapa de adaptación. Y tras varias pruebas de una a la otra, surge una amistad que costará de entender a ojos extraños, pero que se basa en la empatía emocional de quien es tu similar. Esa sensación de constante amor-odio no es más que fruto del respeto que se generan la una a la otra, conscientes ambas de cuáles son sus mermas y cuáles sus virtudes. Se complementan y se apoyan precisamente porque finalmente se percatan de que en la unión hallan la fuerza.

Pero, ¿hacia dónde iría esa relación una vez llegada la universidad, o la independencia, o la boda, o los hijos…? Paul Feig es el encargado de retomar la NCA femenina con La boda de mi mejor amiga (Braidsmaids, 2011), una película que, no nos engañemos, está escrita por Kristen Wiig, comediante conocida  por el Saturday Night Live y con apariciones varias en las películas de la NCA. Es ella, junto a su compañera de escritura Annie Mumolo, quienes podrían marcar tendencia después de alguna que otra incursión por parte de Drew Barrymore en lo que sería un campo afín con Roller Girls (Whip it!, 2009). Sin embargo, las distancias son amplias y quedarían por rellenar los muchos vacíos que existen entre Lindsay y su boda. El tiempo dirá y daremos cuenta de ello.