Y el invierno llegó a las salas

La actual edad de oro que está viviendo la televisión se está convirtiendo en un árbol que nos impide ver el bosque. Las nuevas formas de consumo —fundamentalmente a través de Internet— se unen a otros factores que se retroalimentan entre sí, como son el cada vez mayor sedentarismo casero y la masificación de la tecnología digital en los hogares. Lo que antaño se invertía en consumo cinematográfico se ha condensado hoy en un solo pago, tomándose como bueno que lo que uno se ahorra ahora en gasolina, entrada y palomitas, puede ser abonado en cómodas mensualidades que amorticen la cruz hipotecaria, permitiendo además disfrutar de las mejores condiciones de proyección: ya no hay molestas esperas, ni vecinos que comentan en voz alta en la butaca de al lado, ni certidumbres de que algún celular suene durante la proyección. Aislamiento, consumo inmediato y cómodo almacenamiento.

Hasta no hace mucho tiempo, la mejor manera de ver una película era trasladándose físicamente hasta un cine, donde en una pantalla de grandes proporciones el producto audiovisual se disfrutaba en su dimensión más espectacular. Desde hace unos pocos años, el acceso a las últimas novedades tecnológicas han desatado la fiebre del HD, proporcionando una cercanía al sofá de imágenes cualitativa y cuantitativamente mejores a través de una comparativa regla de tres: los metros cuadrados de un salón estándar divididos por el número de pulgadas y la definición del nuevo receptor de alta resolución ganan por goleada a las sensaciones obtenidas en una sala de proyección.

No es, por lo tanto, difícil de imaginar que las grandes compañías de desarrollo tecnológico estén cada vez más implicadas económicamente en las networks norteamericanas antes que en las majors. De su impulso depende la relación entre la oferta y la demanda, donde el aumento de una imprime impulso a la otra. Y viceversa. Debido a ello, hoy en día es mucho más productiva la inversión en el formato televisivo que en el cinematográfico, pues su prima de riesgo es mucho menor y los beneficios están más asegurados.

Dentro de esta nueva era podríamos tomar como punto de referencia en su partida la producción Hermanos de sangre (Band of Brothers, 2001), donde el tándem Spielberg-Hanks pensó con buen criterio que la demanda cinematográfica de su aventura en Normandía podía prolongarse en la pequeña pantalla. La suya fue una labor pionera dentro del marco del nuevo milenio, poniendo a disposición de una producción televisiva los medios humanos y técnicos que hasta el momento se reservaban para los grandes desafíos cinematográficos. Esta tendencia se ve hoy más que nunca fortalecida, pues ni siquiera se contempla experimentar primero dentro del ámbito cinematográfico. La imperiosa demanda de los espectadores del medio televisivo ha facilitado que, lo que antaño fuese una adaptación cinematográfica, hoy se convierta en una serie desde su génesis hasta su consecución. Y puede que en este punto radique todo el problema.

Después de esta —seguramente para muchos— tediosa introducción, llegamos al —bajo mi punto de vista— principal problema de una serie como Juego de tronos (Game of Thrones, David Benioff y D. B. Weiss, 2011), pues en la elección de su formato radica la clave de sus defectos. Existen muchos —quizás demasiados— puntos de convergencia entre esta serie y su principal precedente temático y estilístico: la trilogía cinematográfica de El señor de los anillos (The Lord of the Rings, Peter Jackson, 2001-2003). Para empezar, el universo creado por George R. R. Martin —curiosa también la coincidencia de la doble erre entre él y J. R. R. Tolkien, siendo cuanto menos una frivolidad el destacarlo— podría parecer un spin off del mundo de los humanos de aquel, una posible continuación de las aventuras y desventuras del reino de Gondor, donde se hubiera dado rienda suelta a la ambición natural del ser humano, una vez desaparecida la amenaza de Mordor. El atrezzo, la dirección artística, la ambientación en general y, sobre todo, la elección de Sean Bean para encarnar a uno de los protagonistas —prolongando la caracterización que ya luciera como Boromir— nos invitan a pensar que esta serie no sólo está destinada para los fieles seguidores de la saga literaria de Martin, sino sobre todo ideada para captar espectadores y lectores que se dejaron enamorar por las evocaciones post-románticas del universo tolkiano.

Es a partir de esta última premisa donde se nos generan más dudas. Después de la excelente labor de guión que realizó Peter Jackson junto a Fran Walsh y Philippa Boyens, limpiando la obra original de sus interminables descripciones a la Walter Scott que tanto entorpecen la lectura del original, nos encontramos con una adaptación de la inconclusa Canción de hielo y fuego (A Song of Ice and Fire, 1996-…) en la que el propio autor, reservándose previamente los puestos de productor ejecutivo y supervisor de guiones, ha estimado que ni una coma debería desaparecer de la representación, repudiando por ello la versión cinematográfica y prefiriendo una serialización televisiva que, por otra parte, le garantice las ventas de lo ya publicado y las dos partes que, a día de hoy, le quedan por parir.

Todo esto, que en principio no debería lastrar la calidad de la serie —pues el oportunismo no debería pasar de pecado venial—, entorpece por sí mismo la comprensión de un argumento difícil de seguir de una semana para otra para todos aquellos televidentes que, como nos pasa a muchos, no hemos leído previamente las obras en las que está basado el producto televisivo final. Sin ser un factor decisivo, el hecho de que se haya elegido el formato de serie de televisión en clave de superproducción cinematográfica resulta muy significativo, pues más de uno hemos encontrado en ello un cierto secuestro emocional e intelectual. A saber: la incapacidad de poder rechazar un producto con tal despliegue técnico, esta arriesgada (!) apuesta en los tiempos que corren, viniendo a llenar el vacío que existe en un género televisivo huérfano desde la década de los noventa.

Quizás todos estos elementos mencionados fueran una trivialidad, si no fuera por un factor verdaderamente preocupante del argumento de la serie, como es el de su infantil despliegue de maniqueísmos. Efectivamente, los personajes están absolutamente estereotipados en su dimensión y en sus conductas, estando el espectador prisionero de sus pulsiones más profundas a la hora de odiar o amar a los interlocutores en sus roles de héroes o villanos. Emocionarse ante las calamidades de la aguerrida familia Stark —a pesar de su forzada deslealtad—, desear el peor de los finales para los odiosos Lannister —menos para el enano Tyrion (Peter Dinklage), claro, encantador en su condición de borracho y putero— o entonar un hurra mientras por la cabeza de Viserys Targaryen (Harry Lloyd) escurre oro fundido hasta provocarle una terrible muerte son algunos de los sentimientos conducidos de antemano en un espectador incapaz de sacar sus propias conclusiones, preso de unas amarras emocionales que lo fuerzan a pensar con cualquier víscera que no sea el cerebro.

Aún así, puede que no les quedara otra opción que la adaptación televisiva a los responsables de este producto. Y es que después del arrollador éxito de la trilogía recreada por Peter Jackson, la llegada a las salas cinematográficas de una producción tan parecida a aquella hubiera supuesto un rotundo y anunciado fracaso. Todas las ventajas que hubiera dispuesto su versión cinematográfica —condensación argumental, mejor comprensión dramática, omisión de tramas paralelas prescindibles, etc.— hubiera mejorado el producto final, sin duda, pero a su vez se hubiera corrido el peligro de crear la sensación de mamar a las ubres de un éxito previo, restando credibilidad y personalidad a la nueva empresa. Cualquier proyecto que se abordase debería tener la fuerza que imprime la novedad y la alternativa, desmarcándose así de comparaciones odiosas que hicieran del boca a boca su peor enemigo en la recaudación.

El desembarco de Juego de tronos en la —cada vez menos— pequeña pantalla ha supuesto su éxito, sí, pero al mismo tiempo su profunda condena. Su cruz es la de colmar las expectativas imaginativas de cada lector, mientras los recién llegados nos sentimos abrumados por su despliegue visual y desconcertados ante su confuso universo, a medio camino entre el fútil intento de sofisticación y la satisfacción de lo reconocible.

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