Quizás Scooby Doo, ¿dónde estás? [1] (Scooby Doo, Where Are You!, 1969-1970) no sea la serie del equipo Hannah-Barbera más ideal para destacarla con un análisis. No fue la primera en utilizar las novedosas técnicas de animación que implantaron a raíz de su inaugural etapa en la MGM con sus míticos cortos de Tom y Jerry, ya desarrollados plenamente con The Ruff & Reddy Show (1957) al iniciar su etapa en solitario. Ni siquiera ha sido la más popular, puesto que Los Picapiedra (The Flintstones, 1960-1966) batieron índices de audiencia tanto en los propios Estados Unidos como en Europa. Pero, como se suele decir, tiene un no sé qué que la hacen ser la serie favorita de la compañía H-B para muchos de nosotros.

Y es que para empezar —porque por algún lado hemos de empezar, aunque no tengamos claro por cuál— está el tema del misterio. Y no hablamos de desentrañar una trama secreta, sino del camino al que nos invita el enigma y que mueve nuestra curiosidad —ese factor que ha empujado a la humanidad hasta las cotas en las que actualmente se encuentra… y más allá. Puede que cada uno de nosotros rememore los sentimientos de cuando, siendo un niño, vio cada episodio de esta serie. Pero hay algo más, puesto que existe un público mucho más joven que no deja de asombrarse al verse atrapado por unos capítulos tan insultantemente sencillos en su composición —pues el culpable suele ser, a todas luces, el único otro personaje que se cruza en el camino de los cinco amigos. El gran mérito está en cómo, con una apabullante economía de medios, se presenta un entresijo repleto de incógnitas. Pongamos un ejemplo.

Uno de los episodios más míticos de la serie, Hassle in the Castle (El fantasma del castillo, temp. 1, ep. 3), comienza con una imagen de lo más tenebrosa: una tortuosa edificación medieval, repleta de almenas y torreones, envuelta en las brumas de la noche, sobre un pequeño islote rocoso. Por la poca tierra que deja el castillo hay esqueletos de árboles muertos en cuyas ramas hay tétricas colgaduras de abandono, al igual que por cada recodo de la construcción. La cámara se acerca con un zoom de avance hasta detenerse en uno de los vanos de una torreta de planta circular. Allí se distingue la siniestra silueta de un fantasma envuelto en su sábana, quien observa la lejanía a través de un catalejo. El objetivo de su mirada es una lancha en la que se encuentran Scooby Doo y sus amigos. Tiempo total: 22 segundos.

El resto del episodio no le va a la zaga en maestría, pues combina los mejores elementos de la serie relacionados con el misterio. Sin embargo, todo lo que a continuación nos pudieran mostrar ya estaba perfectamente sintetizado en ese medio minuto, convirtiéndose en una de las mejores señas de identidad del tratamiento visual de la serie: espectacular diseño artístico de los fondos, intachable efecto de la banda sonora, soberbia ubicación de los personajes, acertadísimas elecciones de las localizaciones, brillante concepción atmosférica… Todo ello crea un conjunto que, visto desde la óptica de sus potenciales espectadores —fundamentalmente un público infantil y juvenil— crea el espacio idóneo para iniciar un serio romance con el género fantástico y de terror.

Porque, estando un escalón por debajo del talento empleado en su creatividad artística, uno de los méritos de Hanna y Barbera estuvo en hacer accesible el espíritu de la gran literatura decimonónica de espíritu gótico a los niños de la segunda mitad del siglo XX. La introducción de personajes de primer orden de este mundo de aterradora fantasía, tales como vampiros, hombres-lobo o el monstruo de Frankenstein —en A Gaggle of Galloping Ghost (El castillo de Frankenstein, temp. 1, ep. 11)—, momias — en Scooby Doo and a Mummy, Too (Scooby Doo y una momia también, temp. 1, ep. 12)— o el mismísimo Mr. Hyde —en Nowhere to Hyde (El espectro de Hyde, temp. 2, ep. 1)— cumple una importante función didáctica, una labor cultural primordial en torno a un patrimonio literario irrenunciable por su impacto en el inconsciente colectivo. La difusión de este planeta terror y la profunda pasión que en muchos de nosotros imprimieron por este género es algo por lo que nunca estaremos lo suficientemente agradecidos quienes caímos presos de su hechizo.

Sin embargo, más allá de los estereotipos implantados a lo largo de los mejores ejemplos literarios y cinematográficos —mansiones encantadas, castillos embrujados, etc.—, la serie también supo anticiparse a otra serie de escenarios que llenaron el subconsciente infantil de una serie de componentes repletos de paradojas. Así, que algunos de los casos investigados por —los siempre repelentes— Fred, Velma y Daphne, acompañados por —los siempre cómicos y entrañables— Shaggy y Scooby, se desarrollen en parques de atracciones —Foul Play in Funland (Falla divertida en los juegos mecánicos, temp. 1, ep. 8)— o bajo las carpas de un circo —Bedlam in the Big Top (El caso del payaso fantasma, temp. 1, ep. 10)— resultan en sí mismos un contrasentido, al ser éstos espacios relacionados con la risa y la diversión, allí donde se cumplen los sueños… y no las pesadillas. Hay, por lo tanto, un componente oculto, un arcano superior de aprendizaje que merece la pena ser resaltado: todo en esta vida tiene su reverso, pues allí donde ciegan las brillantes luces del espectáculo coexiste un universo velado habitado por lo siniestro. “El corazón de las tinieblas”, parafraseando a Joseph Conrad: un peligroso descenso a los infiernos de lo cotidiano navegando río arriba.

Más allá de molestas risas enlatadas —que afortunadamente se restringieron a unos pocos episodios de la primera temporada de una manera casi experimental, pues resultaban innecesarias a todas luces debido a la potente comicidad desplegada por el tándem Shaggy-Scooby—, de agónicas y absurdas persecuciones que en la segunda temporada fueron punteadas por desagradables temas musicales, e incluso de una inmerecida continuación de la serie con la irritante introducción de Scrappy-Doo —el insoportable sobrino del gran danés—, los paisajes y sucesos recorridos por la mítica furgoneta The Mistery Machine y sus cinco ocupantes han supuesto para unas cuantas generaciones el empuje necesario para adentrarse en las profundas marismas de lo insondable. La función del viaje se transformó así en una inteligente alegoría: el misterio siempre está en el movimiento, y transitar siempre conlleva descubrir. Averiguar, conocer, dejarse sorprender, enfrentarse y vencer al miedo… la misma inquietud con la que la humanidad ha podido superarse.


[1] También conocida como Misterio a la orden.