El mundo según Don Draper

Desde que debutara en las pantallas de televisión en 2007, Mad Men y su protagonista central, Don Draper, han ejercido un poder de atracción cuyo eco abarca el mundo de la moda —la influencia del estilo sixties en los nuevos catálogos de alta costura—, el discurso sobre las bases de la masculinidad —cuyo eje gravita en el propio Don— y la lectura crítica de una parte de la historia de Norteamérica. Lo que autores como William Inge, John Cheever o Richard Yates sintetizaron en dolorosos retratos sobre la convivencia en las pequeñas comunidades rurales, la dificultad de verbalizar los problemas de una vida interior o el brillo cegador de la clase alta de la gran ciudad, Matthew Weiner, creador de la serie, lo utiliza como marco de referencia para su relato. En Mad Men los cambios sociales avanzan silenciosamente, como telón de fondo de una rutina diaria encerrada —sin escapatoria, como en un cuadro de Edward Hopper— entre las paredes de la oficina, la barra del bar o el salón del hogar familiar. Como los personajes de un melodrama de Douglas Sirk, ellos también contemplan a través de la ventana ese mundo al que pertenecen y del que, sin embargo, no se sienten partícipes. Quizá por eso, el hecho de que Don sea el creativo publicitario estrella de Madison Avenue adquiera un relieve especial.

Si algo destaca en Don Draper es su manera de entender el mundo. Cada anuncio parece proyectar su necesidad de huir de un pasado para abrazar a esa cultura imaginaria cuyo centro se encuentra en Nueva York y cuyas reglas morales toleran la transformación de Dick Whitman en Don Draper. Así, el mundo de la publicidad es lo más cercano a una educación sentimental para Don, un patio de recreo en el que su intuición se mezcla con los vicios y las virtudes de la sociedad. Allí donde triunfan las apariencias, Don se erige en su mejor producto, el auténtico self-made man que tanto empeño puso la cultura americana en vendernos como imagen de marca. Un hombre que desborda virilidad, deseo y seguridad —los tres elementos de un triunfador—, pero que enmascara una fragilidad psicológica que le hace sentir como si viviera entre arenas movedizas. Visto así, Don es la mejor expresión de esa existencia reprimida que capitalizó la moral y las costumbres del norteamericano de finales de la década de los ’50. Incapaz de satisfacer sus deseos, no deja de oscilar entre una mujer y otra, una esposa a la que mantiene encerrada en su casa de muñecas y otra vía de escape hacia una vida mejor. El alcohol y el tabaco, consumidos en grandes cantidades, constituyen la única salida posible, los narcóticos que disimulan (y también engrandecen) las miserias del día a día.

En un sentido muy básico, Mad Men es una historia de transformaciones. Si bien la de Draper supone un cambio radical, pues usurpa la identidad de otro para evadirse de su realidad opresora, la transformación más interesante de la serie es la protagonizada por Peggy Olson. De chica ignorante cuya vida ha tenido lugar entre las cuatro paredes del suburbio a miembro del equipo de creativos de la empresa, todo ello expresado a través de movimientos a menudo tan delicados que resultan imperceptibles. Peggy, como Don, daría para realizar un tratado sobre el cambio: de vestuario, peinado, expresión corporal y, sobre todo, moral. A medida que avanzan los episodios, Peggy está más avisada (¿primera señal del empoderamiento femenino?). Sin embargo, he aquí el contrapunto interesante con respecto a la figura de Don, las transgresiones que debe aceptar nunca acaban de abandonarla. A diferencia de Draper, su pasado no cabe en una caja escondida en el cajón del escritorio, sino que tiene una vida propia a la que, tarde o temprano, tendrá que enfrentarse. Lo interesante de este punto es que, lejos ser un signo de debilidad, trata a Peggy con una humanidad a menudo vedada para los personajes masculinos de la serie. La pone en contacto con el peso de la renuncia, la decisión de caminar hacia delante, huyendo de sus raíces, a sabiendas de que en su éxito también hay lugar para la infelicidad, de que es necesario cometer errores para culminar su escalada social. Pero también que, a diferencia de un Roger Sterling o de un Pete Campbell, aún hay lugar para arrepentirse de esos errores, para mantenerse desconectada de una realidad compuesta por apariencias.

El mundo, según Don, es un espacio en constante necesidad de respuestas (afectivas, materiales, humanas, sexuales, etc.). Un carrusel de estímulos sobre el que articular una expresión que de solución a aquello que echamos de menos en nuestras vidas. En este sentido, resulta interesante acudir a las fuentes de inspiración de Draper. Además de lo cotidiano, donde desarrolla su curiosidad antropológica por lo que piensa cada representante de la sociedad, está el cine. Así, en un momento de la serie, Don confiesa a una de sus eventuales amantes que suele refugiarse en la sala oscura cuando sale del trabajo. ¿Qué película ha visto recientemente? La noche (La notte, Michelangelo Antonioni, 1961). La respuesta podría quedarse en mero guiño de no ser la obra de Antonioni una auténtica poética sobre aquello que echamos en falta en nuestras vidas, sentimiento que sublimaría en El desierto rojo (Il deserto rosso, 1964). ¿No es acaso la mejor definición para entender a un personaje tan complejo como Don? La publicidad y, por extensión, la manera de ver el mundo de Draper es la necesidad de dar respuesta a todo lo que echamos de menos.

Dentro del vientre de Mad Men se dan cita multitud de referencias: el pulso milimétrico y la turbiedad moral de Hitchcock conviven con la campana de cristal aislante de las comunidades humanas de Sirk; en los cuadros de ansiedad de Edward Hopper y Mark Rothko resuenan las canciones de Acker Bilk y los Rolling; y Don y Betty Draper pueden recrear su particular Viaggio in Italia mediante el cual revelar las costuras de su matrimonio, dibujarse como unos anónimos que solo pueden sentirse cercanos cuanto más distantes se representan. En esto último se halla una de las claves para entender el éxito de la estética a caballo entre los ’50 o los ’60, esa etapa indeterminada que cineastas como David Lynch o Wim Wenders han secundado en sus obras. En esa estética incierta, lejana existe un deseo de ser anónimo —como Betty y Don en Roma o como el propio Draper en su decisión de borrar el pasado—, de abrazar un espacio artificial construido a partir de nuestra imaginación. Lo que atrae tanto de esa época es su facilidad para hacer de los objetos, de las posesiones una compensación del vacío, de las faltas de la vida interior. Todo brilla especialmente, sí, como si ante nuestros ojos apareciese como nuevo, pero es en realidad un espejismo, una idea que proyecta el miedo a descubrirnos vacíos y la consiguiente sobreproducción de estímulos externos que disfracen ese temor. De ahí que, hasta cierto punto, Mad Men tenga algo de manierista en su representación de esa década. Tanto que no sería descabellado pensar en Minnelli y su antirrealista paleta de color como el realizador más indicado para poner en escena las intrigas de la serie.

Para un espectador contemporáneo, Mad Men se presenta como un minucioso recorrido por un paisaje humano que, lejos de su desaparición, ha adquirido una imagen más definida en la actualidad. No en vano, sería interesante observar a un émulo de Draper con las redes sociales a su disposición, con la posibilidad de construir mundos (de deseos, de necesidades, hedonistas allí donde la moral obstruye según qué placeres) tan plausibles como nuestra realidad. Esto nos lleva a pensar que, más allá de las luchas de sexos, de clases o de razas, el verdadero tema de fondo de la serie de Matthew Weiner sigue siendo el poder y la responsabilidad, sobre uno mismo y sobre la comunidad. La mirada afilada de Don Draper expresa un cúmulo de emociones plenamente vigentes: cómo medrar en nuestros trabajos, por qué seguimos encontrando dificultades a la hora de verbalizar nuestros pensamientos, de qué manera se mide el grado de aceptación social en un grupo. En definitiva, en qué consiste el triunfo, cuáles son sus bases y qué debemos pagar para acceder a él. A diferencia del pasado, ahora los lugares se multiplican, las comunicaciones nos mantienen conectados unos con otros y se extiende el sentimiento de que, de una u otra forma, pertenecemos a una comunidad. Sin embargo, tal vez sea también una de esas cosas que echamos en falta y que nuestra cultura contemporánea se obstina en construir de cualquier manera. Por eso, nos reconocemos en la mirada de Don y en las inquietudes vitales de Peggy, en el arribismo de Pete y en la imposibilidad de Betty de escapar de su casa de muñecas. Son los ecos de un pasado que todavía interviene en nuestro presente.