Clear eyes, Full Hearts, Can’t Loose!

En un extraordinario anuncio realizado para Nike, David Fincher sintetizaba, a partir del encuentro inevitable entre dos estrellas sobre el tapiz de la Superbowl, la esencia del fútbol americano. La pasión que desprende la portentosa narración de Fincher es análoga a la ambición olímpica —inocente, salvaje y altanera— de dos colosos destinados a chocar sus cuerpos mientras tratan de alcanzar la cima; ese objetivo encapsulado en el temblor de los instantes previos a la recepción de un envío, a la carrera hacia la zona de anotación. La culminación de una efímera trayectoria deportiva que aúpa a sus protagonistas a una condición similar a la de aquellos jóvenes pilotos que conquistaron los cielos durante la gran guerra: espíritus inquietos, corazones indómitos que, entre el terror y la ingenuidad, hallan su lugar en el mundo sobre el terreno de juego.

Dillon, Texas, el pueblo donde se desarrolla la acción de Friday Night Lights (Peter Berg, 2006-11), es la extensión de ese campo de batalla donde se ponen en liza las pasiones humanas. Cada episodio comienza describiendo su belleza rural formada por acres de tierra de cultivo, máquinas perforadoras trabajando en prospecciones, microscópicos valles perdidos que abrigan los pequeños dramas de sus protagonistas o las hogueras nocturnas en las que compartir sueños y deseos. La voz del locutor del programa de deportes puntúa cada una de esas imágenes mientras nos recuerda que el fútbol americano es el motor que insufla aliento en las vidas del pueblo. En ocasiones, un episodio funciona como prolegómeno, documentando cada aspecto de la preparación del partido: aprender a moverse en el campo, memorizar cada estrategia de ataque, así como establecer la necesaria unión entre el grupo de adolescentes que integra el equipo de los Panthers. En otras, es el mismo partido el que capitaliza la energía acumulada en cada plano, en el empeño de poner en escena el juego como si se tratase de una lucha de titanes.

Si algo destaca en la versátil carrera de Peter Berg como cineasta es su cuidado a la hora de tratar con narraciones de grupo. En Friday Night Lights la dinámica casi hawksiana que se establece entre los personajes describe con mimo un retrato coral que comprende desde su educación sentimental hasta el necesario despertar a la primera madurez. Siempre acompañamos a los personajes, en la victoria o en la introspección, en las charlas alrededor de la mesa de una hamburguesería o mirando la puesta de sol mientras se acaban la última lata de cerveza. Lejos de sentirla como una experiencia vicaria, nos sumergimos dentro de la acción como otro miembro más del pack. Cada conflicto, cada golpe, cada mirada furtiva libera en nosotros un torrente sensorial que nos coloca junto a los protagonistas, que nos hace creer en ese sentimiento de pertenencia al grupo —y al sueño por conquistar la gloria— que encierra el «Texas Forever» que intenta capturar para siempre el deseo de que esta etapa excepcional de nuestra vida nunca nos abandone.

Todo relato de aprendizaje está atravesado por las decisiones que, tarde o temprano, debemos asumir. Friday Night Lights comienza con la decisión del entrenador Eric Taylor de encontrar a un sustituto que reemplace a la figura del quarterback estrella lesionado durante el partido. En ese instante de dolor, Eric conecta por primera vez con el vínculo profundo que Dillon ha establecido con su equipo: la actividad diaria se paraliza para asistir al estadio, los brazos en alto muestran orgullosos el anillo de campeones y la nostalgia de anteriores gestas, el público entregado a animar al equipo lo transforma en un apéndice del pueblo, en un latido que mantiene con vida su identidad y sus raíces. Lo que hace especial a ese momento es cómo describe, con una sensibilidad rayana en la inocencia infantil, la nobleza y el valor —más propio de la epopeya homérica— con que los jugadores asumen su obligación moral de ganar el partido. A partir de ese momento, Eric se convierte en entrenador, padre, guía y parapeto que, capítulo a capítulo, tiene que enfrentarse con conflictos y decisiones que ponen a prueba su capacidad para devolver la confianza que el pueblo ha depositado en él. Así, la tensión racial, las traumáticas relaciones entre padres e hijos o la propia necesidad de alcanzar los sueños individuales son algunos de los temas que marcan el primer año de Eric como entrenador de los Panthers.

Concebida inicialmente bajo una premisa semidocumental, Friday Night Lights asume su consistencia dramática con la misma calma y detalle con que presenta a cada protagonista. Su mérito reside en modelar a los dos personajes adultos (él entrenador, ella orientadora escolar) bajo la premisa de que nunca abandonan su responsabilidad, ya sea con el equipo o con los estudiantes, uniendo en un mismo cuerpo el drama deportivo con las últimas etapas de la pubertad. Así, los conflictos de uno se transmiten al otro, consiguiendo que realmente nos sintamos implicados, que intuyamos el gran fresco sobre la vida norteamericana que dibuja cada episodio. Cada acción abarca una manera de entender la vida cuyas costumbres se esfuerza en representar la serie: bailes de instituto, fiestas benéficas para recaudar fondos o comidas multitudinarias en las que pueblo y equipo se hermanan y aúnan fuerzas para el partido del viernes. En otras palabras, Friday Night Lights nos introduce en un microcosmos de sentimientos, pasiones y sueños que devuelve a la ficción norteamericana a un territorio que dejó escapar cuando sacrificó el romanticismo y la lírica de la vida de las pequeñas comunidades rurales en favor del pragmatismo de la condición posmoderna. Nos invita a recuperar la confianza en unos personajes y un contexto que, incluso para un espectador extranjero, nunca dejamos de sentir cercano.

Éxtasis y gloria se dan cita en la línea de 50 yardas, allí donde Saracen, Riggins, Smash y el resto de miembros de los Panthers pelearán por el triunfo. Apenas tienen edad para conducir y, sin embargo, desempeñan un rol clave en la fisonomía del pueblo: representan las ilusiones que no pudimos conseguir y depositamos en nuestros hijos; el sentimiento de que, más allá de los límites de Dillon, hay otros mundos esperándonos para acogernos en su interior. Son niños cuya evolución adulta se desliza entre carreras y lecciones de cómo placar a tu contrincante, entre los primeros amores y las segundas decepciones cuando las cosas no salen como esperábamos. Pero el fútbol americano los convierte en héroes cuya empresa, como la de aquellos aviadores adolescentes que cruzaron el atlántico para sucumbir ante el fuego enemigo, no está al alcance de cualquiera; es lo más cerca que estarán de inscribir la leyenda, aunque ese objetivo no les garantice vivir un futuro adulto menos complejo. A media tarde, cuando el sol comienza a ponerse y el aire recoge ese viejo olor a tierra húmeda, tiramos la última lata de cerveza y cogemos la carretera comarcal en dirección al estadio. Estamos en Dillon, hogar de los Panthers, hogar de las promesas que todavía pueden cumplirse. Texas Forever.