La maquina de recordar

Instrucciones de uso: para leer este artículo se recomienda hacerlo mientras se escucha Videotape de Radiohead. En caso de duda, consulte con su médico o farmacéutico. 

La memoria engaña. Se enrosca en los objetos, se aferra a rostros y cuerpos de familiares, amantes y amigos, se pierde por oscuras esquinas y calles desiertas. Su imagen es, en ocasiones, la de un eco brumoso, en otras, la de una nítida revelación; en cualquier caso, una entelequia imposible de revivir, tan solo alcanzable a través del arte espectral de la fotografía (y del cine y el vídeo como sus lógicas extensiones).

El paso del tiempo todo lo pudre. Nada permanece. Y los recuerdos son, en sí mismos, una mentira. Vamos manipulándolos a nuestro antojo a cada momento que pasa, sin darnos cuenta de esa lenta metamorfosis según la cual te convences a ti mismo de que aquel 6 agosto del 97 viviste el mejor de tus días o ese 24 de diciembre de 2004, la peor de tus pesadillas hecha realidad. Lo más probable es que, si uno consiguiera volver a ese momento, aquí y ahora, el recuerdo solo le proporcionara un tenue reflejo de ese entusiasmo o terror primigenio, quizá solo una leve sensación de déjà vu. ¿Qué haríamos si ese neblinoso cine que es la memoria fuera fiable al cien por cien? Si, cada vez que quisiéramos, pudiéramos volver a ver nuestros momentos más dulces o amargos o borrarlos para siempre, incluso retrotraernos a los primeros años de nuestra vida y denunciar a nuestros padres por abandono infantil. O desenmascarar a nuestra pareja después de comprobar, con obsesiva y enfermiza determinación, que nos ha estado engañando durante todos estos años. Esa posibilidad, tan remota como perversa, es lo que plantea The Entire History of You.

Qué difícil superar el listón de The National Anthem y 15 Million Merits, los dos primeros capítulos autoconclusivos de esa suculenta mezcla de humor negro, ciencia ficción y crítica sociológica que es Black Mirror. Y, sin embargo, el terrorista televisivo llamado Charlie Brooker y el guionista Jesse Armstrong (The Thick of It, Veep) consiguen rizar el rizo con The Entire History of You, despojando los 50 intensos minutos de metraje de cualquier secuencia o idea accesorias y convirtiendo una historia de celos y autodestrucción sentimental en una punzante reflexión sobre el papel de la mentira y la memoria en la sociedad contemporánea.

Para aquellos insensatos que no hayan disfrutado todavía de la serie parcial o totalmente, un pequeño resumen y una severa advertencia al confiado lector: no siga leyendo si de verdad quiere disfrutar del angustioso visionado que le espera. No estamos en el futuro, acaso en una realidad alternativa, como aquellas de The Twilight Zone o Tales From the Crypt, en la que la inmensa mayoría de humanos lleva implantado un dispositivo tecnológico (conocido como el Grano). Se trata de un disco duro cerebral que sirve para almacenar todo lo que los ojos registran y permite verlo de nuevo al antojo de cada cual, ya sea en la intimidad o proyectándolo en cualquier pantalla por medio de un diminuto mando a distancia. Tamaño invento tiene un impacto aplicable a todas las facetas de la sociedad: relaciones personales, entrevistas de trabajo, seguridad en los aeropuertos… Pero el tratamiento o punto de vista del capítulo, el que marca la diferencia con las anteriores entregas de Black Mirror y le da un plus de universalidad, es que el enfoque es a pequeña escala: el desdichado presente y futuro de una pareja corroída por las termitas de la duda, la mentira, la culpa y los celos. También se plantea otro tema crucial: los cada vez más exiguos límites al derecho a la intimidad, transgredidos por las nuevas tecnologías hasta lo obsceno.

Bertrand Tavernier ya había explorado las posibilidades narrativas y las consecuencias éticas de un adelanto tecnológico similar en La muerte en directo (La mort en direct, 1980) pero, en aquella película, el énfasis residía en el papel de Roddy (Harvey Keitel) como voyeur y en una crítica sin concesiones a la deriva del medio televisivo. Eso sí, 20 años antes de que fuéramos invadidos por el fenómeno Gran Hermano, programa ya utilizado con sorna y sadismo por el propio Brooker en Dead Set¡Olvídate de mí! (Eternal Sunshine of the Spotless Mind, Michel Gondry, 2004) jugaba con el concepto de borrar y editar los recuerdos, hasta desarrollar incluso la posibilidad de habitar en la memoria, y lo hacía para resaltar el sentimiento amoroso por encima de todas las cosas. En The Entire History of You (y en todo Black Mirror) el principal dardo es el género humano en su totalidad, la flagrante incapacidad de todos nosotros para mantenernos ajenos a lo que se proyecta en las pantallas que invaden, cada vez más, nuestra vida. La pantallización de la sociedad es tal que está empezando a no dejar espacio para goces tan elementales como el de mantener una buena conversación sin que alguno de los participantes baje la cabeza y teclee en su smartphone cualquier ocurrencia en un tuit o mensaje de whatsapp.

Los personajes de The Entire History of You viven en casas de diseño, lujosas pero carentes de la más mínima humanidad, como esos edificios tan bellos como inhabitables que pueblan las revistas de arquitectura. Con naturalidad vamos dándonos cuenta de que toda su vida gira en torno a las posibilidades que acarrea la existencia del grano, ese ir y venir en los recuerdos, que, en el fondo, supone no vivir jamás el presente, alargar la sombra del pasado hasta que éste lo engulle todo. Pero no es hasta la aparición del aborrecible Jonas (Tom Cullen) que la función se pone definitvamente en marcha. El tipo que alardea en público de masturbarse con los recuerdos de sus primeras conquistas, su discurso contra la fidelidad y el amor duradero y su flirteo poco disimulado con la mujer de Liam (Toby Kebbell), nuestro desdichado protagonista, es lo que acaba por dinamitar el relato. Ahí empiezan a asomar la frustración y la fragilidad de Liam, ofuscado con rebuscar en el pasado de Ffion (Jodie Whittaker) para demostrarse a sí mismo que ha sido engañado y que ya nada puede remediarlo. Y el síntoma definitivo es una ocurrencia tan demencialmente genial como triste: ese tedioso y desganado intercambio sexual con los ojos de ambos velados, repasando un coito de mucho tiempo atrás, cuando todavía existía esa excitación inherente a los primeros escarceos. El desasosiego provocado en el espectador con esta secuencia no le abandona hasta el final del capítulo. La desazón continúa más allá del final, porque en el fondo, bajo la paraguas de la ciencia ficción, Black Mirror apela a la más absoluta identificación con los personajes. Ese inevitable y persistente “¿qué haría yo en su situación?”, que nos persigue hasta mucho tiempo después de que la pantalla quede, definitvamente, en negro.