El himno nacional

A medida que la realidad política desvela su vertiente más grotesca, los mecanismos de denuncia que emplean la sátira pierden fuerza. Como si de un espejo se tratase, sátira y realidad reflejan el mismo estado de cosas, los mismos abusos continuados sobre las reglas básicas de la convivencia democrática, la misma indefensión civil para enfrentar esos abusos. Así, la actualidad de la política nos obliga a buscar formas contundentes que desenmascaren e identifiquen los errores del sistema. Más allá de su ingeniosa anécdota central —Michael Callow, el primer ministro británico, debe practicar sexo con un cerdo, en horario de máxima audiencia, o de lo contrario la princesa de la corona británica será ejecutada—, la principal virtud de El himno nacional reside en recordar y reconocer la vulnerabilidad de su protagonista. Estamos (mal)acostumbrándonos a crear identidades abstractas que responden al nombre de los mercados (y no los traders e inversores), el gobierno (y no su titular), la iglesia o la banca, todos ellos poderes fácticos que consiguen eludir no solo sus responsabilidades legales, sino también las morales. Sin embargo, Charlie Brooker, creador de Black Mirror (2011), advierte cómo podemos, desde la sátira más corrosiva, representar el grado de indefensión de nuestros gestores; cómo, en un ejercicio de política-ficción, devolver el golpe y someter al jefe del gobierno, y no a la población, al producto de su programa político.

Si hay un rasgo destacable en el desarrollo de El himno nacional, ese es el de la angustia provocada por la necesidad de contención: eliminar cuentas y usuarios que puedan subir, desde los gestores de vídeo, el mensaje de auxilio de la princesa; laminar la posibilidad de expandir la información libremente porla Red; limitar el visionado de la emisión del encuentro entre el primer ministro y el cerdo. Las estrategias políticas adoptadas por Downing Street, a medida que se consume la cuenta atrás, siempre buscan frenar la situación, de la manera que sea, evitar la exposición de Michael Callow al escarnio de follar con un cerdo. Así, Brooker detalla los pormenores de cada plan de contención como los sucesivos impulsos de un personaje que, situado en el ojo del huracán, se resiste a asumir la responsabilidad que conlleva su cargo. Cualquier solución vale, en un ejercicio de pragmatismo feroz, si consigue aplacar el sacrificio del mayor privilegio para un gobernante: la invulnerabilidad de su imagen pública, la ventaja de salir airoso ante cualquier paisaje de crisis.

Para Brooker, Black Mirror supone no solo la oportunidad de enfrentar a los responsables con sus obligaciones legales, sino también a la sociedad civil con sus deformadas costumbres. En un apunte elocuente, Jane Callow, la primera dama, afirma, tras leer horrorizada la cadena de tuits y mensajes que inundan Internet a base de mofas contra el primer ministro, que nos encanta la humillación. Brooker nunca prescinde de la risa cruel, porque sabe cuánto nos cuesta abandonar un objetivo cuando lo constituimos en trending topic. De ahí que acompañe su denuncia sobre el pragmatismo salvaje, que ha hecho de la política un debate a puerta cerrada, —sobre todo, si goza de mayoría absoluta—, con un comentario crítico a propósito de la indiferencia ciudadana —que es la condición de posibilidad de la crueldad y de las desigualdades.

Frente a su mofa despiadada —basta recordar el consejo de orientación psicológica que recomienda a Callow un coito lento, porque de otra manera puede reflejar un placer sexual en la acción—, El himno nacional trata con insólita delicadeza el papel de la esposa del primer ministro, tal vez porque es quien dibuja mejor la impotencia y la vulnerabilidad, pero también la decisión que retrasamos indefinidamente porque no queremos enfrentarla. Por eso, en su pesimista coda, Charlie Brooker nos enseña cómo, un año después, el gesto de Callow lo convierte en un político mejor valorado por la opinión pública, que seguramente garantizará su futura reelección. Pero, en un enésimo giro, mientras desliza otra lección moral —hasta el episodio más abyecto puede ser reutilizado en nuestro propio provecho—, Brooker nos revela de qué manera solucionar la crisis institucional ha dejado abierta una herida en lo más profundo de nuestra intimidad. ¿Una resolución conservadora? Al contrario, un pequeño detalle que revela el agujero contemporáneo que toda profilaxis política se afana en cubrir y, sin embargo, no hace más que agrandar: la apatía, el hartazgo o la saturación que cada vez son más inherentes a nuestra realidad social. Lo de menos es el cerdo.