El especial comienza como uno normal, con Bart escribiendo en la pizarra —esta vez el título del episodio—, pero al llegar la escena del garaje a la familia le suceden todo tipo de desgracias: Bart se rompe el cuello al patinar por encima del techo del coche de su padre, Lisa choca contra él y se empotra contra la casa y Homer es atropellado por Marge. En el sofá, Freddy y Jason esperan a la familia, comenzando uno de los especiales de Halloween más memorables.

En Hell Toupee Snake es ejecutado, pero antes de morir —por el delito de fumar en el badulaque… ¡y los fumadores de aquí nos quejamos de cómo está la cosa!— jura vengarse contra los testigos. Así, después de su muerte, su pelo es implantado en Homer en la clínica ilegal del doctor Nick Riviera. El padre de familia cumple así su sueño de tener una florida mata de pelo en vez de su reconocible calva, pero comienza a cometer una serie de asesinatos al entrar el espíritu del difunto delincuente en su masa encefálica a través de las raíces de los pelos, quienes parasitan así su voluntad. Sin embargo, al tratar de matar a su hijo, se rebelará contra su nueva cabellera, despojándose de un tirón de su sueño de ser un atractivo hombre de tupida pelambrera.

Con The Terror of Tiny Toon —título sacado de la película The Terror of Tiny Town (Sam Newfield, 1938), único western de la historia en la que todos los actores eran enanos (!)— los creadores de la serie consiguieron un certero y lúcido análisis de lo que significa la violencia dentro de un formato como es el de los dibujos animados. Por medio de unas pilas de plutonio, Bart y Lisa entran dentro del mundo de Pica y Rasca, convirtiéndose ellos mismos en… ¡dibujos animados! —lo que provoca que Lisa diga una frase tan irónica como “¡Qué humillante es!”—. Sufrirán en sus carnes las consecuencias de la misma violencia con la que disfrutan como espectadores, llenando la pantalla de los convencionalismos del género: ojos que se salen de sus órbitas, cuchillos y hachas que les persiguen por el aire, pirañas que devoran sus cuerpos sin que les maten —viviendo como esqueletos con cabeza humana—, etc. Incluso para escapar de alguna situación de peligro dibujarán un botón de eyección, que pulsarán para salir volando por los aires. El mando a distancia tendrá efecto más allá de la pantalla, modificando el color de sus cuerpos o haciendo marcha atrás, cambiando las normas del tiempo físico. Pero todo se resolverá al final, metiendo al ratón en una jaula para hámster —comenzará instintivamente a correr en la rueda— y castrando al gato —al enamorarse de la mascota de la familia, el minino Bola de Nieve—.

En la última historia, Starship Poopers —una más que clara referencia al film de Paul Verhoeven Starship Troopers: Las brigadas del espacio (Starship Troopers, 1997)—, la familia descubre que Maggie es hija de Marge y el extraterrestre Kang al salirle un colmillo enorme como diente de leche —incluso le aparecen tentáculos, creyendo Homer en su profunda ignorancia y estupidez que también se le han caído sus “piernas de leche”—. Al rememorar la abducción todo parece muy cutre: no subieron a la mujer a la nave con un rayo tractor, sino izándola a lazo; y la inseminaron haciéndola elegir entre “los lugares de procreación más comunes en la especie humana” —el asiento trasero de un coche, los lavabos de un avión, la boda de un amigo o la salida trasera de un cine porno, toda una declaración de principios de lo que se ha convertido la sociedad americana—. Al iniciarse una disputa por la tutela de Maggie, todos deciden ir al programa de Jerry Springer, que con el título de “¡Mi papi es un monstruo espacial!” se convierte en el típico reallity-show, con la diferencia de que Kang desintegra al público. Al no obtener la custodia de su hija, los aliens amenazan con eliminar a los líderes políticos de la tierra, pero la familia sonríe ante tal ingenuidad, ya que saben que no se puede destruir a los políticos —“¡Y no se olviden del fiscal Starr!”, les dice Bart, aludiendo al personaje que acosó a Clinton por su escándalo sexual, uno de los hombres más odiados de América en aquel entonces—.