El episodio comienza con una de las virtudes más temerarias que tiene esta serie, que no es otra que la de meterse incluso con la cadena televisiva que soporta la producción de Los Simpson. Efectivamente, un censor de la Fox está tachando frases —y parecen ser muchas— de uno de los guiones de la serie. Se ríe con uno de los chistes, pero lo acaba censurando igualmente. También dice: “Esto puede pasar, pero sin pipa de marihuana”. Afirma que gracias a él lo podrán ver todos los públicos, pero el logotipo que lo acredita le comienza a apuñalar y a subir su índice de edad… terminando en 666 años. La familia, en su sofá, es ajusticiada como en la silla eléctrica.

En la primera de las historias, The HΩmega Man, los franceses atacan Springfield por un «chiste de gabachos» del alcalde Quimby. En París, la Torre Eiffel se abre a la mitad y de su base sale un misil —marca Intel Inside, para más inri; y es que ese mismo año se realizó un spot promocional del microprocesador Intel Pentium II con Homer y Kent Brockman como protagonistas—. La explosión pilla a Homer dentro de un refugio nuclear que estaba comprando para prepararse para el holocausto, quedando como único superviviente. El episodio se convierte en un remedo de El último hombre… vivo (The Omega Man, Boris Sagal, 1971) al descubrir a los mutantes en los que se han convertido sus convecinos. Los monstruos persiguen a Homer para poder construir una sociedad mejor, pero al volver a su casa encuentra a su familia sana y salva —la gran cantidad de plomo de la pintura les protegió, y es que la mala calidad de la vivienda media americana de algo tenía que servir—pero, al darse cuenta los mutantes de que pueden todos ellos coexistir, Marge y sus hijos tirotean a los mutantes, prefiriendo que los habitantes del planeta, por pocos que éstos sean, permanezcan dentro de los cánones estéticos de la normalidad.

Fly vs. Fly es un remedo del clásico La mosca (The Fly, tanto en su versión de 1958 dirigida por Kurt Neumann como en la más moderna de 1986 realizada por David Cronenberg), aunque su título provenga de la historieta cómica Spy vs. Spy, de la revista Mad. Homer adquirirá en un rastrillo un teletransportador de materia al profesor Flink y Bart no podrá resistirse a jugar con él. Primero experimentará con las dos mascotas de la familia, el perro Pequeño Ayudante de Santa (Santa’s Little Helpler) y el gato Bola de Nieve (Snowball), dando como resultado dos animales mutantes: uno con dos traseros y otro con dos cabezas —este último muy parecido al personaje CatDog de la cadena de dibujos animados Nickelodeon—. Pero por fin llega el momento de experimentar él mismo con la máquina, y combina su ADN con el de una mosca, derivando de él dos seres: uno con cabeza de niño y cuerpo de mosca y otro cabeza de mosca y cuerpo de Bart, con las consiguientes confusiones y dificultades de supervivencia para el engendro que ha permanecido con la facultad pensante, pues el ser con cabeza de Bart y cuerpo de insecto se lleva siempre la peor parte de la gamberrada al ser invisible para el resto de su familia —sobre todo para su padre, que ha adoptado con cariño al otro ente debido a su sumisa condición de nuevo hijo—.

En el último de los relatos, Easy-Bake Coven —cuyo título deriva del «Easy-Bake Oven», una especie de hornito eléctrico para hornear galletas, y cuyas referencias culturales y cinematográficas van desde la obra teatral de Arthur Miller Las brujas de Salem (The Crucible, 1953) y su versión para la gran pantalla El crisol (The Crucible, Nicholas Hytner, 1996), pasando por la novela de Nathaniel Hawthorne La letra escarlata (The Scarlet Letter, 1850) y su versión cinematográfica de homónimo título dirigida por Roland Joffé en 1995—, se nos cuenta de una forma muy peculiar el origen de la tradición de la Noche de Halloween, con todos los personajes de la serie transportados al año de 1649, cuando se quemaban brujas en Springfield. En ese contexto se descubrirá que Marge y sus hermanas son realmente brujas, y querrán llevarse a los niños de todas las casas, aceptando finalmente un trato con sus convecinos: dulces por asustar a la gente, inaugurando esta tradición que ha llegado hasta nuestros días como un exorcismo de superación de tiempos más tenebrosos.