Este especial comienza parodiando el empiece de la serie La familia Monster (The Munsters, 1964), con cada uno de los miembros de los Simpson como uno de aquellos personajes. Pero el resto de los habitantes de Springfield se unen en turba y los linchan —a todos, menos a Lisa, quizás porque fue presentada con un ejemplar sobre las leyes del copyright bajo el brazo—.

En la primera de sus historias, G-G-Ghost D-D-Dad —que toma su título de la película protagonizada por Bill Cosby Papá fantasma (Ghost Dad, Sidney Poitier, 1990)—, Homer lee en el horóscopo del periódico que va a morir y, efectivamente, se atraganta al comer un trozo de… ¡brócoli! —“Una de las plantas más mortíferas del planeta. De hecho trata de advertírnoslo con su sabor horrible”, dirá el doctor Hibbert; y es que Homer parece condenado a no salirse de su dieta de chuletas de cerdo—. Deberá realizar una buena acción para alcanzar el cielo, aunque a pesar de tener buena voluntad en sus obras siempre termina haciendo lo contrario de lo que se proponía. Sin embargo, al concluir con éxito el salvamento de un niño que está a punto de padecer un accidente —rememorando la escena del cochecito que se precipita por unas escalinatas en Los intocables de Elliot Ness (The Untouchables, Brian De Palma, 1987), un homenaje a su vez a la famosa escena de las escaleras de Odessa de El acorazado Potemkin (Bronenosets Potyomkin, Sergei M. Eisenstein, 1925)—, Homer descubrirá que San Pedro estaba distraído, por lo que le envía al infierno, donde deberá padecer eternamente al demonio y sus nudillos sobre su calva.

Por su parte, Scary Tales Can Come True resulta ser un compendio de cuentos infantiles clásicos del siglo XIX. Dentro de una casa hecha de calabaza vive la familia, y Lisa lee un libro de los hermanos Grimm, haciéndose posteriormente realidad los relatos que allí lee, por lo que puede anticipar el desenlace de sus aventuras al modo de Hansel y Gretel a través del bosque hasta llegar a la casa de la bruja. Sin embargo, todos ellos serán una variación muy macabra de los originales.

La última de ellas, Night of the Dolphin, parece surgir de una pregunta que conduce a un debate moral: ¿se puede hacer el mal creyendo que se hace el bien? Es lo que le pasa a Lisa, quien decide liberar a un delfín del acuario en el que es constantemente explotado y humillado, algo que no puede soportar la pacifista y ecologista conciencia de nuestra pequeña heroína. En una escena que parece sacada de la película ¡Liberad a Willy! (Free Willy, Simon Wincer, 1993) la niña permite que el delfín salte sobre ella para alcanzar la libertad, pero su gesto rápidamente se vuelve algo amargo al golpear con su cola el animal en plena cara de la niña. Todo un preludio de lo que ocurrirá, pues el cándido mamífero acuático resulta ser el despótico y ambicioso líder de su especie. Junto a sus congéneres saldrá del agua para dominar a la especie humana, arrojándonos a nosotros al mar para que sepamos lo que ellos han tenido que padecer, toda una alegoría de las embestidas que la humanidad está recibiendo por parte de una Madre Naturaleza cansada de que la maltratemos. Varias secuencias aludirán de forma directa a películas populares en las que los animales se toman cierta revancha con el género humano, como por ejemplo el famoso último plano de Los pájaros (The Birds, Alfred Hitchcock, 1963), con los delfines ocupando la ciudad mientras observan de forma amenazadora a las personas, o la muerte de Lenny mientras éste se da un baño, en referencia al clásico de Steven Spielberg Tiburón (Jaws, 1975).

Al final del capítulo, Kang y Kodos aparecerán de una forma muy forzada, quejándose de que los productores de la serie no hayan contado con ellos para el especial de este año.