Para qué discutir, si puedes pelear

Lejos del mito del ave Fénix, el western es un género que no resucita pues realmente nunca muere. Quizá quede lejos de ser preferencia actual entre las masas que pasturan en las salas de cualquier centro comercial pero es un terreno perfecto para contar buenas historias y el mundo aún contiene el mínimo necesario de individuos cabales que quieren disfrutarlas. Los helados de chocolate, de vainilla y de fresa siguen siendo best sellers. Las onduladas al jamón llegaron para quedarse.

Y si la afirmación de vida eterna para los relatos del Viejo Oeste es correcta si hablamos de cine, más cierta es si nos referimos a la televisión. Si ampliamos el objetivo, desde La ley del revólver (Gunsmoke, CBS, 1955-1975) a Infierno sobre ruedas (Hell on Wheels, Joe Gayton y Tony Gayton, AMC, 2011-?), pasando por Maverick (Roy Huggins, ABC, 1957-1962), El hombre del rifle (The Rifleman, ABC, 1958-1963), Wanted: Dead or Alive (CBS, 1958-1961), Bonanza (David Dortort y Fred Hamilton, NBC, 1959-1973), Rawhide (CBS, 1959-1965), El virginiano (The Virginian, NBC, 1962-1965), Jim West (The Wild Wild West, Michael Garrison, CBS, 1965-1969), El Gran Chaparral (The High Chaparral, David Dortort, NBC, 1967-1971), la saga completa de los Macahan, Azules y grises (The Blue and the Gray, Andrew V. McLaglen, CBS, 1982), Wildside (Tom Greene, ABC, 1985), Norte y Sur (North and South, ABC, 1985-1986), Jóvenes jinetes (The Young Riders, Ed Spielman, ABC, 1989-1992), Walker, Texas Ranger (Christopher Canaan, Leslie Greif, Paul Haggis y Albert S. Ruddyo, CBS, 1993-2001) o Deadwood (David Milch y Walter Hill, HBO, 2004-2006), el género ha perdurado en la pequeña pantalla y se ha visto especialmente beneficiado en el formato miniserie, con auténticas joyas como Paloma Solitaria (Lonesome Dove, Simon Wincer, CBS, 1989) o Los protectores (Broken Trail, Walter Hill, AMC, 2006). Por otra parte, como ya sucedió en Italia o España entre finales de los 70 y principios de los 80, las producciones televisivas se han convertido en refugio de maestros condenados a dicho exilio por la dictadura de la subnormalidad mercantil. Ha sido el caso de gente como el mentado Hill o John Milius.

Kevin Reynolds nunca fue un maestro pero Kevin Costner si fue una megaestrella, posterior víctima de una de esas campañas de desprestigio que, en silencio o a cacerolada limpia, se han cargado carreras como las de Mickey Rourke, Wesley Snipes o Mel Gibson. El director de 187 (One Eight Seven, 1997), por su parte, demostró tener un gran pulso para el cine de aventuras, siendo un caso, bastante insólito en su época, de realizador especializado en un género tan concreto, siempre que no hablemos de comedia. El grueso de su filmografía es bien ilustrativo al respecto: La bestia de la guerra (The Beast of War, 1988), Robin Hood, príncipe de los ladrones (Robin Hood: Prince of Thieves, 1991), Rapa Nui (1994), Waterworld (1995), La venganza del Conde de Montecristo (The Count of Monte Cristo, 2002) o Tristán + Isolda (Tristan + Isolde, 2006). Se lanza ahora a su primera incursión pura en el western, considerando que tanto La bestia de la guerra como Waterworld, films híbridos donde los haya, ya contenían elementos del género. Y qué mejor para ello que contar con Costner, uno de los máximos valedores actuales del violento folclore estadounidense, para reconciliarse al tiempo del desencuentro que tuvieron durante el rodaje de las post-apocalípticas aventuras del anfibio Mariner.

Linda coyuntura, poéticamente justa, la que les brinda para dicho reencuentro la historia de un choque histórico como lo fue el de las familias Hatfield y McCoy, hito en el imaginario de su país que amplía a lo rural la máxima “América se forjó en las calles”. Cual Montescos y Capuletos, los dos clanes forman de forma ya inseparable parte del lenguaje para definir las diferencias irreconciliables, de esas que conoceréis de primera mano aquellos que tengáis algún vínculo directo con algún pueblo pequeño.

En aquel conflicto, desarrollado tras la Guerra de Secesión en la que participaron miembros de ambas familias mayoritariamente al lado del bando rebelde, se conjugaron elementos diversos que hendían probablemente sus raíces en el propio origen europeo, concretamente del Ulster, de ambas familias: ingleses los Hatfield e irlandeses los McCoy. Alimentaron la tensión algún roce durante la guerra, litigios por la propiedad, amores no consentidos, diferencias religiosas y el contexto interestatal  como caldo de cultivo, dando pie a una escalada de violencia que llegó a poner al borde de la guerra civil a los estados de Kentucky y Virginia Occidental. No me extenderé en explicar el desarrollo del hecho histórico, sus causas y consecuencias, pues creo que la miniserie, combinando con certeza lo sutil y la claridad expositiva, es bastante efectiva al respecto.

Ese efecto dominó  causado por las sucesivas muertes violentas se erige en el principal motor del relato. Una vorágine aún más absurda cuando asistimos simultáneamente a las cotidianías de unos individuos bien normales. Y somos conscientes del sinsentido de esa violencia al mismo tiempo que entendemos cada uno de sus estallidos. Cada agresión se cobra con una nueva y todo derramamiento de sangre— incluso el que se causa por amor, como el desfloramiento de Roseanna McCoy —es una provocación. Y se nos dice que la violencia es también el barro sobre el que se moldearon los Estados Unidos, otro país eternamente vinculado al bíblico fratricidio que ha hecho de la muerte un negocio y un leitmotiv vital desde sus orígenes. Sus habitantes parecen moverse por la acumulaciones de sangre, en la cabeza o en los genitales.

A principio de los 90 coincidieron en los cines dos films que giraban en torno al mítico enfrentamiento entre la familia Earp, ayudada por Doc Holliday, y la banda de los Clanton. Eran Tombstone (George Pan Cosmatos, 1993) y Wyatt Earp (Lawrence Kasdan, 1994). A priori, la primera se presentaba como la apuesta de prestigio y previsible triunfo en taquilla. Pero su tendencia a la desmitificación realista no hizo sino confirmar la sabiduría de John Ford. Su competidora tomó el más estimulante camino del mito, extremadamente violento y tosco pero no por ello menos legendario, y salió vencedora tanto en sus resultados artísticos como en los económicos, siendo hoy un film de cierto culto. En la propuesta de Kasdan participaba como protagonista un Costner, indiscutiblemente comprometido con el género, que ahora vuelve a repetir en esa vertiente realista de un hito que, quizá por tener menos connotaciones legendarias, casa mejor con esa visión.

Producida por el History Channel, la miniserie tiene una evidente y loable intencionalidad didáctica, mas nada complaciente con la historia de su país. No se trata de una visión desmitificadora como pose sino de un genuino anhelo documentalista por retratar la parte oscura del pasado estadounidense en el que la violencia y la muerte son horripilantes y se resuelven normalmente con la torpeza que la realidad aporta a esas situaciones. Es una lectura humanista que no renuncia los trágicos ecos clásicos de sus acontecimientos. Los momentos más oscuros tienen la fascinante, bella a su manera, fealdad de un grabado goyesco. A ello contribuye la plomiza y viscosa fotografía de Arthur Reinhart.

Brillante es a su vez la labor del reparto, encabezado por unos soberbios Kevin Costner y Bill Paxton que se hacen viejos a nuestros ojos sin necesidad de alardes de maquillaje. Su vieja amistad se rompe en una situación que nos recuerda a la planteada por Sam Peckinpah en Pat Garret & Billy the Kid (1973), hacia la que hay algún guiño en determinado momento de violencia. Destacable es la figura de las mujeres, a veces manipuladoras y siempre llenas de sabiduría salvaje. Y por encima de todos, Powers Boothe y Tom Berenger, habituales ya del género, con mención especial al pozo hacia el desastre encarnado por el segundo.