Nos vemos en la nube

Resulta fascinante participar en cualquier proceso histórico, sobre todo cuando éste está despegando. Pertenecer a una sociedad que se transforma, viendo como un viejo mundo muere y nace un nuevo futuro, nos hace recordar la filmografía de Luchino Visconti, donde sus personajes vivían con incertidumbre el cambio hacia una nueva era, mirando con nostalgia hacia un pasado para siempre perdido y con temor hacia un incierto devenir.

La era digital es un hecho disfrutable, sobre todo cuando se vive en la madurez, apreciando todo lo que de bueno tiene el descubrimiento. Pocos son ya los que observan con melancolía los días sin teléfono móvil o sin Internet. Los nuevos tiempos son ambivalentes: por un lado, con la llegada de esta nueva tecnología, se puede apreciar un matiz de selección natural, donde el que se queda rezagado tiende triste e inevitablemente a sucumbir. Pero también, de alguna manera, ha permitido el encuentro generacional, donde los hijos enseñan a los padres a manejarse en las redes sociales y los abuelos pueden mantener una comunicación interactiva con unos nietos que están a miles de kilómetros.

Quién se iba a creer todo esto hace apenas una década, más allá de alguna novela de anticipación. Por eso, y estando el asunto tecnológico en pleno proceso de creación —lo que nos queda por ver sólo lo podemos imaginar—, hoy en día lo especulativo pasa por la advertencia, denunciando los excesos que están por llegar. Y, qué duda cabe, uno de los conceptos que más presencia está teniendo en el debate actual es el de la identidad humana: aquello que define nuestra naturaleza como especie y como miembros de una sociedad. Es, al fin y al cabo, el miedo a perder nuestra esencia, aquello que nos determina, lo que nos hace mirar con desconfianza todo aquello que amenaza con disolvernos en algo que no somos. O peor aún: en algo que no nos gustaría.

Be Right Back, el episodio que da pistoletazo de salida a la segunda temporada de Black Mirror, asume conscientemente esta premisa al poner en escena una barrera que la humanidad siempre ha soñado superar: la inmortalidad más allá de la finitud física, un aspecto que nos enfrenta con el vacío de la muerte, recordándonos que somos seres frágiles y caducos. Y que, en parte, nuestras imperfecciones son parte de nuestro encanto.

La desaparición de Ash (Domhnall Gleeson) supone para Martha (Hayley Atwell) la llegada de un agujero negro que amenaza con atrapar toda su luz. A pesar de sus ausencias en vida —virtuales, ligadas a su afán por vivir parte de su vida en las redes sociales—, la muerte de su pareja supone para esta joven un hueco difícil de llenar. La tecnología acudirá en su ayuda, disponiendo ante ella una progresión presencial del fallecido, un paulatino camino sin retorno hacia la recuperación de su amado. Y no sólo de su recuerdo, en forma de imágenes o frases sueltas: un programa informático pondrá en marcha una representación de la persona ausente, primero en forma de correos electrónicos, después como simulador de voz y, por último, como clon artificial.

El relato, más allá de su progreso dramático, dispone puntos de reflexión, indicadores narrativos que permiten al espectador relacionar lo visto con su presente diario, estableciendo la trascendencia de sus gestos cotidianos para buscar la verdad de lo que realmente somos. O, mejor dicho, de quién somos, pues por nuestra dimensión de seres sociales no actuamos de la misma manera ni decimos las mismas cosas delante de nuestros íntimos que ante los desconocidos. Así, el anonimato en la Red y la comunicación no presencial desinhiben al individuo tanto como lo atenazan para desarrollar una personalidad camuflada, expresando lo que los demás desean oír. Una representación que, en bastantes ocasiones, no nos representa.

Con esto se encuentra Martha al ir resucitando su amado: con un fake, una mentira tras una fachada reconocible, una discordancia producto de la falsedad forjada en la apariencia y la representación deslocalizada y descontextualizada que va sumiendo a la joven en la frustración y la insensibilidad, pues bajo las capas de un material sintético que simula las texturas humanas tan sólo halla el vacío emocional. Recordemos la foto de Ash cuando era niño y sus circunstancias: una sonrisa impostada, dirigida a una madre que reclamaba ese gesto para inmortalizar un momento aparentemente feliz. Ese momento fotográfico propicia el conocimiento de la verdad, al expresar ella «Te pareces a él en un buen día», a lo que el clon responde «Las fotos que guardamos tienden a ser halagadoras».

Al fin y al cabo, lo que más echa en falta de su amado Ash es aquellas imperfecciones que lo hacían humano: el encanto de ser falible, la magia de la improvisación, la gracia de las debilidades. El nuevo Ash no deja de repetir que todo ese proceso resulta un tanto «espeluznante» («creepy»), advirtiendo lo antinatural del asunto. Y es que, entre las innumerables preguntas que este episodio plantea, está la cuestión de cuáles son las causas del enamoramiento, aquellos factores que hacen que amemos lo que amamos. Si se puede querer a un ser con apariencia humana, pero inhabilitado de sinceras respuestas emocionales y afectivas.

«Sólo eres una actuación de cosas que él hizo sin pensar», le llegará a reprochar Martha. Y es que ese nuevo novio pasa de ser la impostura que llene el vacío dejado por su amado a un muñeco hinchable, un juguete sexual que la entiende en la cama mejor que su antiguo compañero sentimental. Pero incluso de esa rutina física, de esa máquina de bombeo pélvico, se termina cansando Martha tras unas cuantas sesiones de satisfactorio éxtasis.

Amar a una persona supone hacerlo al paquete completo, compuesto a partes iguales de virtudes y defectos. La tecnología tan sólo es una herramienta que nos permite potenciar la capacidad de asimilar unos y otros. Ese Ash 2.0 se convertirá, por lo tanto, en poco más que un furby, un artificio sin voluntad ni respuestas adecuadas, un artefacto cuyo sitio acabará siendo el desván de los trastos obsoletos, donde descansan los gastados sucedáneos de la felicidad.