Cuando cualquier cosa es digna de atención

1 Una de las escenas clave de The Waldo Moment (Bryn Higgins, 2013) tiene lugar durante una reunión a tres bandas entre el productor del programa, Jamie, la voz tras el personaje de Waldo, y un hombre que se identifica como representante de la agencia. Hasta entonces, Waldo ha sido el contrapunto mordaz de la actualidad, un personaje animado que replica con golpes bajos la indiferencia de sus adversarios. Sin embargo, para el hombre de la agencia Waldo es algo más: «un concepto que la gente no solo acepta, sino que incorpora»; un arma de persuasión masiva capaz de bloquear las reglas del juego político. Por tanto, una forma de aprovechar el desencanto general para el provecho propio, el cruce perfecto entre la politología y la mercadotecnia.

Antes de Charlie Brooker y Waldo, Satoshi Kon supo encapsular en Paranoia Agent (2004) los males de la sociedad del capitalismo tardío en la figura de Maromi, un perrito convertido en el tótem de la serie. No en vano, una de las imágenes de mayor calado era aquella que presentaba a Maromi en medio de un círculo, como el eje de unión de las vidas de sus integrantes. A través de esa parodia híbrida de Hello Kitty y el manifiesto superflat, Kon mostraba el grado de integración/interacción de las cosas (productos, imágenes, ficciones) en la vida contemporánea. Lo que en un inicio era el homenaje de una dibujante a su mascota fallecida, se convertía en un monstruo capaz de vampirizar cada pedacito de la realidad. El sueño húmedo del consumo: cuando el entretenimiento crea necesidad, cuando la ficción (re)construye la realidad.  

Black Mirror (2012-13) podría ser a Brooker lo que Paranoia Agent fue a Kon, un laboratorio para aislar las enfermedades de la sociedad contemporánea. Pero lo cierto es que Brooker ha expandido, con el paso de los años, su diagnóstico sobre la salud de la población. De ahí que, a su manera, The Waldo Moment recoja ideas de otra serie del guionista inglés, Nathan Barley (Chris Morris y Charlie Brooker, 2005). Ya en aquella, una sátira brutal con el ojo puesto en los cazadores de tendencias y las revistas estilo Vice, aparecía un elemento en común con Waldo: la idea de que cualquier cosa es digna de atención. Así, en uno de los mejores gags de la serie, Nathan creía —en su afán por estar de actualidad— que un pelo que en realidad era un accidente con unos botes de pintura era el último grito en peluquería. Si bien la serie era un mordisco a la yugular de la idiotización extrema del cazador de tendencias, donde cualquier basura puede ocupar su lugar de interés, Brooker ya apuntaba la consecuencia más grave: la idiotez despierta síntomas de convicción.  

«El asesino perfecto», así define la agencia a Waldo; un personaje que, gracias a su entidad virtual, es capaz de pasar por encima de los políticos y, al mismo tiempo, entregar un mensaje (político) de forma eficaz. Allí donde los representantes de los diferentes partidos tienen sus delitos y faltas, la creación animada carece de fondo, relieve o historia, solo posee una ametralladora de reproches construidos a partir de la decepción y el desapego de los ciudadanos. Así, aunque el líder del partido conservador desenmascara las miserias de Jamie en un debate televisado de máxima audiencia, Waldo no pierde el respaldo del público; es, he aquí la reflexión más estremecedora, una voz sin cuerpo, un discurso sin argumentos, un gran vacío en el que, sin embargo, queremos creer.

3 Tras cada proceso electoral suele decirse que la realidad de la composición del parlamento no se corresponde con la realidad de la sociedad, como si se tratase de dos esferas separadas y enfrentadas. Waldo es, en potencia, la clase de agente capaz de cohesionar ambas esferas. ¿Por qué? A diferencia del resto de partidos, se trata de una creación cuyo alimento son las voces —los tuits, los hashtags, los comentarios en foros de opinión— que construyen su discurso. En otras palabras, el único representante al que no descalificaríamos por dar una rueda de prensa tras una pantalla de plasma. Una entidad virtual que responde a y azuza los estímulos externos. Por eso, en una imagen elocuente del personaje, la derrota en las urnas contra el partido conservador no impide que Waldo anime, compensación económica mediante, a lanzarle un zapato al ganador de las elecciones. ¿No es esa la clase de estímulo al que jalea la puerilizada tertulia nocturna en televisión? La política como bajo instinto.

En la realidad alterada de Black Mirror, Waldo sería la clase de (no)político cuyo programa de educación se proyectaría enviando mensajes de texto a un número comercial. Si la información periodística ha incorporado el recurso del gancho sensacionalista para sus piezas de televisión, ¿por qué no la política? Ese es, tal vez, el mayor daño colateral que produce la falta de concreción del desencanto, cuando el hastío por nuestros gobernantes crea monstruos y no formas alternativas legítimas. Al fin y al cabo, en las ficciones de Charlie Brooker siempre hay monstruos, desde el Nathan Barley de la serie homónima hasta este animal de color azul de The Waldo Moment. Ficciones que desvelan la otra cara del presente: cuando cualquier cosa es digna de atención. Ese escalofrío natural que sentimos cuando el cristal de la pantalla se rompe y aparece el genérico de la serie. Waldo es otro miembro más del espejo negro de nuestra sociedad.