Un estado mental

«Abramos esta puerta con la llave de la imaginación. Tras ella encontraremos otra dimensión, una dimensión de sonido, una dimensión de visión, la dimensión de la mente. Estamos entrando en un mundo distinto de sueños e ideas. Estamos entrando en la dimensión desconocida»

La dimensión desconocida (The Twilight Zone, 1959 – 1964 en su emisión original)

 

Un peine que congela el tiempo. Un reloj de pulsera que cuece huevos. Un ojo de cristal que puede curar o desintegrar la carne humana. Una lima de uñas que hace perder el conocimiento. Un billete de autobús que te envía al infierno (bueno, a Gallup). Una llave que abre cualquier puerta. Una habitación que no existe… al menos en esta dimensión.

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Habitación perdida (The Lost Room) consigue hacer confluir en menos de seis horas un conjunto de géneros y subgéneros nunca antes visto. Los primeros diez minutos absorben al espectador, incrédulo frente a una historia mezcla de cine negro, comedia, aventuras y misterio. ¿Qué hace un hombre pagando dos millones de dólares por una llave de motel? ¿Cómo es que se ponen a construir una mini-puerta con pomo en medio de la transacción? ¿Qué es lo que se esconde tras la brillante luz que nos ciega al otro lado de la puerta, una vez comprobado —parece— que la llave es real? Pero, sobre todo… ¿cómo nos podemos tomar en serio a un hombre que amenaza con un bolígrafo?

¿Qué está pasando?

Lo que está pasando es la introducción a una de las mejores series de ciencia-ficción de lo que llevamos del siglo XXI. Así, sin discusión.

¿Cómo podemos ser tan atrevidos?

Situémonos, antes del análisis: Miller es un policía que debe resolver el caso más extraño de su carrera: la muerte de unos hombres hallados completamente calcinados… pero con sus ropas intactas. Tras comprobar que el suceso está relacionado con la existencia de una misteriosa habitación, portal a un universo paralelo y en la que lamentablemente desaparece su propia hija, el detective se verá abocado en una cruzada por traerla de vuelta. Acompañado por locos, fervientes creyentes, psicópatas y perdedores que construirán la nueva realidad del detective, conocerá la existencia de “objetos” relacionados con ese plano espacio-temporal oculto al resto de la sociedad cuando se convierta en el poseedor del “objeto” más codiciado: la llave de la habitación, la número 10. La habitación que no existe…

Tras esta vaga sinopsis… lo más importante de Habitación perdida no es su argumento. Son sus personajes y las características aportadas a cada uno de ellos. Es el (posible) significado todo lo que veremos, y las múltiples lecturas que nos brindan los creadores de esta peculiar historia que, más que sobre universos paralelos, nos habla de un estado mental.

1. Una historia ¿tradicional? La lucha del bien contra el mal

Encuadres poco comunes conseguidos con marcados contrapicados (recurso mucho más utilizado en el primer capítulo doble, eso sí) nos avisan de que estamos ante una historia que debe verse y disfrutarse desde múltiples puntos de vista, muchos de ellos poco probables y, no obstante, igual de válidos.

Porque no estamos ante un simple argumento de ciencia ficción.

Dejando a un lado lo fantasioso de Habitación perdida, la verdad es que la historia sigue la estructura de cualquier ensayo caballeresco. Miller es comparable al rey Arturo, en busca del Santo Grial, peleando contra Morgana y su hijo. Incluso a Don Quijote y su misión de ayudar a los desfavorecidos ya que, de hecho, se trata también de una desmitificación del caballero y su lucha o, como mínimo, de una vuelta de tuerca a la realidad que repetimos en círculos a lo largo de la Historia. 

Veamos. No es hasta ya entrados en el cuarto capítulo (2ª mitad del segundo, si se quiere) cuando se nos presenta la verdadera historia que quiere explicarse: “el suceso” del 4 de Mayo de 1961 en el Motel Sunshine, origen de los “objetos” y sus mágicas propiedades, ahora repartidos por todo el mundo (que se limita a Norte América, eso sí). En realidad, ni aun con este intento de clarificar el argumento de la serie, no es que vayamos a saber nada tangible del suceso y sus consecuencias, tampoco. Pero esta breve explicación nos introduce en el meta-argumento de la mini serie: la lucha del bien contra el mal, y la reacción del hombre ante esta situación (provocada por él mismo, además).

A caballo entre la ironía y el desprecio, pero nunca de forma objetiva, se nos hablará de tres grandes organizaciones creadas a partir del conocimiento de los objetos: Los Coleccionistas, ya desaparecida, que empezaron a buscarlos para recogerlos y estudiarlos y que, en 1966, provocaron una apertura hacia otra dimensión en la habitación 9 del motel; la Legión, que se caracteriza por considerarse como la gran salvadora, la que quiere recoger los objetos y evitar que caigan en malas manos; y la Orden, que considera que los objetos son trozos de Dios, y cree en su re-unificación.

La Orden es, por tanto, el fervor religioso, el sentimiento irracional del hombre hacia la existencia de un Creador, de algo más importante que nosotros. La Legión, por contra, representa a la razón: el hombre como ser científico, que necesita pruebas para encontrar explicación a lo que se le presenta. Así, hordas de fanáticos lucharán entre ellos (se comenta que la primera guerra entre las organizaciones data de 1971) para hacerse con los preciados objetos.

Léase aquí, si se prefiere, petróleo o verdad absoluta, da absolutamente igual.

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Si nos decantamos por que la serie pretende transmitir cierta moral, es evidente que intenta hacernos ver que la lucha entre organizaciones es, ni más ni menos, que la lucha entre sociedades: por oro, por territorio. Por poder. La excusa, siempre, es la religión y, de hecho, el convertir el conjunto de unos cuantos objetos en símbolos de adoración, incluyendo al huésped como posible Mesías (imposible no recordar American Jesus, el documental de 2013 de Aram Garriga que pudimos ver en el Festival de Sitges), no deja de ser algo que pasa en la actualidad: poner de excusa la religión para quedarse con las propiedades de otros.

Adicionalmente, es posible que Habitación perdida quiera demostrar que no aprendemos. Es posible también se quiera hacer hincapié en lo absurdo de nuestro comportamiento. Es posible que quiera decirnos que, por muy racionales que seamos, siempre tendremos la duda sobre la existencia del más allá (incluso Miller pronunciará «God forgive me» en un momento clave de la serie). Aunque, por supuesto, es posible que simplemente, necesite apoyarse en una historia clásica para encontrarnos ante el sorprendente final, y qué mejor que un relato caballeresco/de aventuras para explotar el tradicional formato presentación-desarrollo-desenlace que funciona tan bien en cualquier guión cinematográfico. 

2. Teorías sobre el continuo espacio-tiempo 

Independientemente de la necesidad de hacernos ver que la lucha entre grupos o países tiene más que ver con las posesiones materiales que con la religión, no podemos obviar que Habitación perdida se mantiene firme y lo más coherentemente posible en su género principal de ciencia ficción y, sin embargo, también deja mucho a la imaginación del espectador. En ningún momento puede decirse a ciencia cierta que la habitación número 10 existía en nuestro plano espacio-temporal, ya que se repite insistentemente que nadie recuerda su existencia. El teóricamente objeto primario, el huésped (que también deja claro que no existe un objeto más importante que otros, y por tanto es una manera de provocarnos diciendo que Jesucristo, o cualquier icono similar, no existe más allá de la imaginación humana) no es reconocido ni por su propia esposa, aunque tenga pruebas de ello… Se nos brinda la oportunidad de pensar que el huésped proviene de un universo paralelo, no tiene por qué haber pertenecido al nuestro…

Si en nuestro mundo el tomar una decisión puede dar lugar a una línea de actuaciones totalmente diferente, ¿no es posible que esa línea exista en otra dimensión? Y, si es así, ¿no es posible que la habitación número 10 fuese construida en otro lugar, y tiempo? ¿No es posible que el huésped siga teniendo mujer, incluso descendientes, en el lugar del que realmente proviene?

Al plantearnos esta posibilidad, el criticado desenlace de la serie (que nos puede decepcionar a más de uno) encuentra explicación: puede que el objeto no haya sido borrado de la existencia, sino que (¿simplemente?) proviene de otra distinta y, por tanto, el “objeto consciente” de esta dimensión puede seguir teniendo un lugar en su propia línea temporal. Esta teoría se ve reforzada con una frase que el huésped pronuncia a Miller, mirándole como si lo que estuviese diciendo fuese básico: «existen muchas habitaciones». Entonces, no sólo podría haber más gente atrapada, sino también más Millers (en plural) buscando a su hija…

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3. Los “objetos”, y otros personajes

Que unas tijeras hagan girar lo que se quiera 360º en el aire, o que un reloj sea capaz de sublimar el latón. Que unas gafas impidan la combustión. Incluso que el desenroscar el tapón de una petaca provoque el ahogamiento de una persona. Independientemente de la tremenda imaginación de los guionistas para concebir los objetos y sus propiedades, además de hilvanar a la perfección todo el argumento para que cada uno de ellos tenga una relevancia clave en algún momento (el peine permitirá rescatar de otra dimensión a una mujer, al parar el tiempo en la realidad que conocemos; la fotografía velada mostrará la existencia de un objeto viviente…) e incluso también sus posibles combinaciones para conseguir un resultado completamente distinto al individual (el reloj, junto a los cigarrillos, pinzas y cenicero será clave para acceder a otra dimensión…), lo más interesante de los objetos son las distintas reacciones que provocan en cada uno de los personajes que, inevitablemente, representan a una parte de la sociedad en la que vivimos.

En los títulos de crédito (acompañados del tema principal, son de los mejores de una serie de ficción, hay que decirlo) ya se muestran los objetos más relevantes, y sus dueños. Algunos de ellos tratarán los objetos como tesoros. Otros, como el medio que les hace sentirse parte de algo más o menos importante, o simplemente ser reconocidos y no parecer invisibles a la sociedad. También los habrá que los consideren meros vehículos para conseguir su objetivo final, quizá no tan egoísta, independientemente de la integración social. Cada uno de los objetos tiene un motivo, una posibilidad de uso perfectamente definida en la serie, igual que sus dueños y su evolución a medida que se acerque el final. Por ejemplo, Comadreja o Stritzke sueñan con poseer un objeto, aunque no se dan cuenta de que, realmente, ocurre justo lo contrario: el objeto domina sus movimientos, su día a día. Pero cada personaje evolucionará de forma totalmente dispar, aunque partan de esta misma obsesión común.

(Y, por ahora, seguimos obviando, como la propia serie, el porqué de la existencia de estos objetos “mágicos”. O, simplemente, qué son. Llegaremos).

El objeto como punto de fuga de la cruel realidad

Comadreja es uno de los personajes más divertidos. Posee el bolígrafo que combustiona aquello en lo que se clava. Y se siente el rey del mundo, invencible. No obstante, cuando le arrebatan el objeto, se convertirá en uno de los mendigos que se reúnen en la casa de empeños/piezas relacionadas con los objetos de The Sood con el único consuelo de no sentirse más perdidos en solitario, o, por supuesto, de conseguir arrebatar el objeto a algún interesado en el merchandising de The Sood.

Cuando no tienes nada, conseguir algo de poder lo es todo. Cuando no tienes tu objeto, intentas recuperarlo, ese mismo, a toda costa. Porque el vínculo persona-objeto para estos individuos es clave: el objeto les acaba definiendo como persona: a Comadreja, como gangster. A Stritzke, como voyeur… 

¿Podríamos decir que un objeto es una característica que define nuestra forma de ser? ¿El objeto es un sentimiento que contribuye a nuestra personalidad?

El objeto como liberación

Stritzke, muy al contrario que Comadreja, se dará cuenta de que el peine le está complicando la vida, y será capaz de deshacerse de él por propia voluntad. Así, los guionistas parecen aleccionarnos: el personaje más excéntrico es en realidad el más coherente de toda la serie, el que aprende de sus errores y no quiere volver a pasar por ellos.

El tercer personaje principal, Wally Jabrowski, no está tan atado a su objeto como los dos anteriores pero sin embargo no se verá capaz de renunciar a él. Es el facilitador de la serie, el que ayudará a que todo se resuelva, quedando finalmente en la misma postura en la que comienza. Porque hay veces que, por mucho que lo intentemos, nos es imposible cambiar.

El objeto como meta

Karl Kreutzfeld es el personaje más interesante de todos, porque consigue esconder su deseo principal engañando a los que se cruzan en su camino. El personaje se moverá siempre en la delgada línea entre el bien y el mal, hasta que se defina a la vista de todos y, no obstante, igualmente se dejará una puerta abierta (nunca mejor dicho) a la duda. Kreutzfield necesitará los objetos para ayudar a su hijo, igual que Miller, pero su forma de hacerlo distará mucho de la del detective y, no obstante, igualmente éste verá un aliado en él.

La amargura, las desgracias, unen a los más opuestos.

Así, es evidente que el contrapunto a todos ellos lo encontramos cómo no en Miller, que se erige entre toda esta panda de lunáticos como el ser racional que no se deja llevar por oscuros deseos, cual Gollum, una vez entra en contacto con los objetos, y es el único que pensará en buscar aliados para conseguir su objetivo. Quizá se trata del más egoísta de todos, pero sí es verdad que equilibra la balanza durante toda la serie entre las increíbles cosas que se muestran ante nuestros ojos, aportando su incredulidad al inicio, y su juicio después. Será el único capaz de eliminar un objeto atendiendo exclusivamente a sus consecuencias, por ejemplo. Miller es en realidad es el único cuerdo de toda la serie, quizá porque no ha tenido contacto con los objetos hasta ese momento. Quizá porque ha seguido su instinto hasta entonces, sin obsesionarse con otras ideas.

Quizá porque su objeto es la imaginación.

Finalmente… el objeto como elemento integrador

Pero, por supuesto, el personaje que atrae y repele a partes iguales es el de Ruber, que no es más que el reverso tenebroso del detective. Los dos entran en contacto con los objetos a la vez, los dos a través de la llave, pero uno no se dejará influenciar por ellos y el otro, muy al contrario, se verá tan absorbido que se acabará convirtiendo en su profeta.

Considerando la presentación del personaje (un hombre estricto, del que se ríen sus compañeros), el efecto que tiene en él el conocer a La Orden es la evolución lógica del fanático religioso que, además, sabe jugar con la creencia (e ignorancia) de los demás para ponerles de su lado (inolvidable la escena final del personaje, alejándose al cruzar el pasillo del hospital…).

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Con todo esto… ¿qué representan los “objetos” en un mundo no de ciencia ficción? Ideas, obsesiones, sentimientos, metas personales, descartables o no. Razones por las que vivir. Sin ellas no tenemos identidad, estamos perdidos sobreviviendo en una sociedad gris a la que no le importamos.

 4. Pero entonces… ¿qué es la habitación perdida?

Tras definir los objetos como sentimientos o ideas, me gusta pensar que la habitación no es otra cosa que un estado mental, como el que lleva a moverse por el tiempo a Richard Collier en En algún lugar del tiempo (Somewhere in time, Jeannot Szwarc, 1980). Pero eliminando también la vertiente fantástica del suceso. La habitación, con colores neutros, pálidos, que no nos distraen y ayudan a focalizarnos en su contenido, está tan ordenada como nuestras ideas. A veces aparece alguna nueva que nos ayuda a avanzar una vez la colocamos en su sitio (cuando un objeto entra en la habitación y la “reseteamos”, aparece colocado en su lugar original) y, en ocasiones, nos sirve para descartar otras (los objetos no pertenecientes a la habitación desaparecen cada vez que se cierra y vuelve a abrir).

La habitación es para Miller el lugar que le asegura poder quedarse con la custodia de su hija. Para Kreutzfield, recuperar a su hijo, a través de gratos recuerdos… Conseguir entrar en la habitación puede traducirse en conectar con nuestros pensamientos, recuperar recuerdos de seres queridos, librarse de temores, encontrar la paz, morir, descansar. Un lugar en el que reflexionar. Sobre nuestra vida. Sobre los fanatismos. Sobre el origen de las guerras.

Pero puede que la habitación número 10 del Motel Sunshine sea, solamente, un portal a un mundo distinto de sueños e ideas. Un portal a otra dimensión, una gran idea de unos guionistas con ganas de escribir un texto distinto. En cualquier caso, Habitación perdida invita a la reflexión, además de dejarnos disfrutar de una cuidada producción del canal Sci-Fi.