A los que amamos, a los que perdemos

southcliffe-cartelEn el principio es una playa silenciosa, cuando apenas ha empezado a romper la mañana, las montañas que cobijan al pueblo, cubiertas por una densa capa de niebla, y la carretera surcada de torres eléctricas. Escuchamos el sonido de las gaviotas y el ruido del cableado eléctrico. Atentos, capturamos el primer gesto humano en mitad de ese paisaje anónimo. Una anciana trabaja en su pequeño jardín cuando, nada más incorporarse, oye el primer disparo de escopeta y siente cómo la bala penetra por su cadera, en esa zona donde se encuentran casi todos los órganos vitales. A la cámara solo le ha dado tiempo a filmar la herida mientras persiste el eco de la detonación, a divisar una figura que se acerca por la calle mientras la mujer encoge el estómago antes de sucumbir. El momento es insoportable, la imagen corta a un nuevo plano, quizá el más elocuente posible: el tiroteo continúa durante unos instantes, pero solo contemplamos el racimo de viviendas y calles que engullen cada nuevo disparo. El silencio y el dolor que lo sucede. Comienza Southcliffe.

Tony Grisoni, guionista y creador de la serie para Channel 4, define Southcliffe como un himno a la habilidad de la gente corriente para reinventarse tras una tragedia. Precisamente, cada capítulo explora con precisión quirúrgica cada emoción moral que podamos describir: la ira, el desprecio, la negación… Un tiroteo, varios muertos y un pueblo marcado. Lo que de tanto en tanto aparece en los contenidos de informativos convertido en ficción para televisión. Una comunidad, los que han sobrevivido y los que ya no están. La historia de una herida donde poco o nada importa su origen, sino sus efectos. De ahí la importancia de su puesta en escena, obra de Sean Durkin —director de Martha Marcy May Marlene (2011)—, para canalizar aquello para lo que apenas existen palabras, para sostener el relato mientras contemplamos el lento desmoronamiento de la realidad de esa población. Ahí reside uno de los rasgos de Southcliffe, en cómo invita a observar la fragilidad de cada personaje dejando que sea el espectador quien utilice sus propios adjetivos para describirla. Tomas largas, silencios y miradas perdidas que, prácticamente, nos ruegan que les demos un valor; que acompañemos a ese llanto intermitente, a esa tristeza interminable; que también nosotros agachemos la cabeza o giremos la cara tras reconocer el cuerpo en la mesa de la morgue; que cantemos, desafinando y en plena borrachera, por los amigos desaparecidos. Como si una mirada pudiese reconstruir toda una historia. Una historia, a ratos mezquina y tétrica, siempre dolorosamente humana.

Uno de los relatos que confluyen en Southcliffe lo protagoniza Paul. Paul tiene un pub, una esposa y, a buen seguro, numerosas amantes. Su esposa fallece en el tiroteo, él no sabe cómo aceptarlo. Se siente ruin, una persona despreciable, le tiembla tanto el cuerpo que apenas puede sostenerse en pie mientras busca la compasión de sus amigos. Recuerda aquella adolescencia lejana, las tardes en las que ambos se acostaban sobre las vías del tren, juntaban sus manos, se besaban bajo esa sombra de temprano pudor y se querían con la sinceridad que impone la juventud. Sin embargo, la cámara de Durkin no sabe cómo plasmar esa clase de sentimientos que nos confiamos unos a otros al oído, a media voz y con toda la ternura que implican esas palabras. Donde Paul recuerda, él solo encuentra miedo, un terror tan metido hasta el tuétano que hace de esa breve evocación un episodio de angustia como si precipitase el vómito al final de la garganta. Le gustaría poder consolarle, tanto como a nosotros apartar la vista. Porque sabemos que no lo conseguirá, que su esposa ha muerto y con ella se desvanece no solo un cuerpo, también un lugar, una edad, unos recuerdos y quién sabe si toda una vida.

La hija de los Salter se levanta a primera hora de la mañana para correr por la carretera sembrada de torres eléctricas. Cuando el matrimonio recibe la noticia, no pueden creerlo. Claire, la madre, avanza por el pasillo del hospital escoltada por el policía que la ha atendido. Su paso es torpe, como en una mezcla de decisión y de temor, de no querer llegar hasta la sala donde permanece el cuerpo de su hija. La cámara de Durkin la encuadra de tal manera que, a pesar de observar a la gente cruzando la pantalla, sentimos que Claire es la última habitante del mundo, tanta es su soledad. Ella habla y habla, se lleva las manos a la cara y gruñe, ahogando sus lágrimas, ante una realidad que le gustaría apartar con todas sus fuerzas. El abrazo de su marido, cortado en seco por obra del montaje, amortigua momentáneamente la frustración que está a punto de estallar. Solo lo que dura la bocanada de aire que necesitan para no perder el aliento. Porque Andrew, el padre, tiene que entrar en la sala donde descansa su hija. Tiene que fotografiarla, decirle unas últimas palabras, suplicar para no tener que despedirse de ella y aceptar, en fin, que ahora va a tener que recordarla de otra manera.

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El terror en Southcliffe nace de ese vacío que narran las dos escenas anteriores, de la ausencia de contraplano o de la falta de palabras para consolar esa ausencia. Mientras Andrew balbucea unas palabras ante su hija, observamos el gesto estupefacto de David Whitehead, el periodista que ha regresado al pueblo para cubrir la noticia. Apenas son unos segundos, en los que David siempre parece estar a punto de decir algo a su antiguo amigo. Pero nunca lo hace, no sabe cómo. Su investigación periodística solo le ha servido para granjearse la animadversión del pueblo, incapaz de procesar el dolor mientras la mezquindad y las dobleces morales afloran por doquier. Ante su amigo, se siente tan fracasado como la cámara de Durkin, incapaz de moverse de su baldosa, deseando secretamente que aquel haya tomado la última foto y puedan huir de esa habitación. Su mirada, atrapada en ese rapto de tristeza infinita, nos implora que hagamos alguna cosa, que le expliquemos qué se puede decir cuando todo está perdido, cómo pensar en futuro cuando ni siquiera tenemos un sostén para aguantar este presente. De ahí el terror, la violencia o la humillación que sufre cada personaje, también la imposibilidad de revertirlos, la obligación de vivir con ellos aunque eso implique dejar de vivir nosotros. Mientras las víctimas agonizan, contemplamos ese plano elocuente del principio: las calles, las viviendas o las diferentes salidas del pueblo, donde la vida sigue y cada cosa mantiene su equilibrio, mientras el dolor se arrastra por debajo de sus imágenes de aparente calma.

Para Durkin y Grisoni, siempre hay una imagen que falta, una palabra que no se volverá a pronunciar, un gesto que vamos a echar de menos o una necesidad que no podremos colmar. Filmar la herida, cada arrebato de cólera y de tristeza inconsolable, posee un valor no solo moral, sino piadosamente humano. Si no hemos podido evitar la tragedia, al menos acompañemos la descomposición, aunque duela, aunque a ratos sea insoportable, porque probablemente serán los últimos momentos de humanidad que obtendremos de un pueblo consumido en su miseria. Nada volverá a ser igual. La fotografía de Anna no podrá sustituir a aquellas que aún permanecen en los marcos sobre la mesita de su habitación, sobre las vías del tren no podremos entrecruzar las manos con esa pasión adolescente y aquella canción que escuchábamos de Otis Redding será como hurgar en carne viva en ese momento en el que nuestros recuerdos se empiezan a consumir. He ahí la tristeza de una serie que, con su dispositivo, nunca deja de rogarnos que hagamos algo con sus personajes; que les perdonemos, que creamos en aquel pasado, en tantos buenos sentimientos, que les proporcionemos cada movimiento y cada contraplano que la puesta en escena ha omitido, cada palabra que el guion ha borrado, cada gesto que la historia ha desprendido. Como si todavía estuviésemos a tiempo de hacerlo.

Todo acaba un año después, cuando las esquirlas de la tragedia aún se dejan sentir. La playa continúa en silencio mientras rompen las primeras horas de la mañana, las montañas se desperezan con esa fina capa de niebla que peina sus cumbres y la carretera amanece con el singular ruido que emiten sus torres eléctricas. Seguimos el rastro, encontramos las huellas. El racimo de viviendas ya no amortigua los disparos de la escopeta ni las ráfagas del cartucho de la ametralladora, la vida se abre paso. Cada personaje busca su cobijo, aquel que no ha podido hallar en la ficción, quien sabe si ante nuestra mirada desolada. La imagen corta a negro y, por un instante, nos sentimos como el personaje de David. Estamos a punto de decir algo, con la boca ligeramente abierta, pero finalmente declinamos esa opción. Compartimos el dolor, pero es demasiado difícil comprenderlo. Pensamos en Durkin y Grisoni, en cómo han elevado esa imposibilidad a un himno sobre los que siguen vivos, los que se han quedado en este lado del plano, solos y desprotegidos. Ojalá supiésemos esa palabra de aliento, ojalá creásemos esa imagen que falta. Otra más, una vez más, con otra persona más, hasta colmar su tristeza. Guardamos silencio, con ese respeto de quien acaba de observar uno de los gestos más dolorosamente humanos que existen: la piedad. Termina Southcliffe.