Freakshow

El que quiere interesar a los demás tiene que provocarlos (Salvador Dalí).

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Hay algo en el provocador profesional que atrae y repele a partes iguales: la capacidad de espolear la moralidad imperante por una parte, y la molesta autoconsciencia por la otra. La mítica figura del bufón mariposeando alrededor del trono, haciendo equilibrios sobre el alambre, coqueteando con el riesgo que ofrece el borde del abismo: de un lado la aprobación, del otro la cabeza en un cesto. Azote de instituciones, divertimento palaciego y voz del pueblo: una inflamable combinación para un poderoso —y a la vez frágil— cóctel explosivo.

El cardenal Richelieu proclamó en una ocasión que el verdadero poder se ejerce desde detrás del trono. El tipo, sin ninguna duda, sabía lo que se decía. Hoy ese auténtico poder está en los consejos de administración de los grandes bancos, las corporaciones internacionales y las agencias de calificación, y los representantes políticos legislan al son de la partitura dictada desde detrás del escaño parlamentario. Siempre ha sido así, pero nunca había sido tan evidente. Quizás incluso un director de programación de cualquier televisión tenga en sus manos mayor poder que un triste diputado, influyendo en la opinión pública de tal manera que descabezar a un cargo público sea cuestión de realizar una gráfica de audiencias. Un efecto colateral que no tiene por qué hacer derramar una lágrima. Siempre y cuando la cosa produzca dividendos.

Todo ello explicaría por qué una cadena neocon como FOX mantiene en antena, desde hace ni más ni menos que un cuarto de siglo, a una serie como Los Simpson, uno de los paradigmas de la corrosión y la incorrección política. Al tito Murdoch solo le importa una cosa: money, money y más money. Algo parecido podríamos decir de la BBC, aunque con un sutil matiz: su carácter público invitaría en cualquier otro país —España, por ejemplo— a tener que soportar injerencias políticas desde altas instancias, tratando de controlar formatos y contenidos para evitar ver desnudo al emperador. Y, sin embargo —¡ay, amigo!—, a ver quién le pone el cascabel a este gato, que lleva demasiado tiempo disfrutando de la libertad de andar por el tejado que le plazca.

Suele ser este un espacio que ofrece muy buenos resultados en cuanto a la creatividad se refiere, aterrizando en su carácter libérrimo el talento que, de otra manera, se podría desperdiciar. El conglomerado mediático dispuesto en torno a la marca BBC, formado por emisoras de radio y canales de televisión e internet, permite dar mayor participación a una audiencia exigente y responsable, a veces compuesta por un público minoritario pero fiel, que acaba por cribar el grano de la paja para sacar a flote el ingenio que permanecía anónimo.

Así es como asomó la cabeza de Ricky Gervais: desde sus iniciales programas de radio con El show de Ricky Gervais (The Ricky Gervais Show, 2001-2005) —convertidos en serie de animación en 2010— para instalarse posteriormente en los dos canales que más apuestan por el riesgo y la innovación, como son BBC Two —The Office (2001-2003), Extras (2005-2007) y Life’s Too Short (2001-2012)— y Channel 4 —Derek (2012-2014)—. Un sistema de producción y difusión que le ha permitido mantener su independencia, blindando su libertad creativa en un entorno dominado por la vulgaridad y la banalización de los espacios compartidos.

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Es quizás este último aspecto con el que Gervais ha sabido sacar el máximo provecho de sus creaciones, pues ha encontrado en la trivialidad un material moldeable con el que retratar —y en más de una ocasión, sacar los colores— a una sociedad frívola y competitiva, cuyos pilares se asientan sobre los cimientos de la sumisión y una dudosa meritocracia. Así, el centro de trabajo lo ha convertido en escenario de batalla y supervivencia, poblado por seres grises, mediocres o directamente miserables —en todas sus posibles acepciones—, imprimiendo sobre ellos una mirada a mitad de camino entre la ternura y la mofa. Personajes que intentan mantenerse a flote en un entorno hostil, cuyos defectos son el reflejo de un sistema educativo y laboral que les niega derechos y oportunidades. Es decir, Karl Pilkington —El show de Ricky Gervais, Un idiota de viaje (An Idiot Abroad, 2010- )— como sosias del entrañable perdedor.

Pero en ninguna serie como en Extras lo dicho es tan evidente. Porque, ¿qué pasaría si los parias del mundo se viniesen arriba, y se pusieran en pie los esclavos sin pan? Pues eso es lo que ofrece esta serie: algo como el comunismo, pero en plan divertido. Porque en Extras todo acaba dándose la vuelta, ya que lo primario se convierte en subsidiario y lo que estaba en segundo plano acaba pasando al primero. Así, los secundarios se convierten en protagonistas, y actores de primer nivel pasan a ser los Ricky Gervais de la función, prestándose a un juego de equívocos y prejuicios, desarrollando aquella personalidad que la opinión pública y los medios de comunicación les han otorgado: Ben Stiller como un tiránico director, Samuel L. Jackson siempre iracundo, Daniel Radcliffe como un niño mimado y caprichoso, Kate Winslet cachonda perdida… El gran mérito de Gervais es aprovechar su presencia física y confundirla con lo que de ellos se espera, generando una pantomima a través de la caricatura para que el espectador reaccione ante los clichés artísticos y sociales.

En su propuesta, como ya hemos dicho, es el proletariado el que toma verdadero protagonismo, cargando sobre sus espaldas con las miserias de un sistema de producción atroz: un sendero de baldosas amarillas, bordeado de cunetas repletas de víctimas agonizantes, a medio camino entre la visibilidad y la muerte profesional. Es a través de la perpleja mirada de sus protagonistas, los actores de reparto Andy Millman (Ricky Gervais) y Maggie Jacobs (Ashley Jensen), por la que accedemos a esa feria de las vanidades —que, en realidad, es una barraca de feria, habitada por los más deformes monstruos—. Un mundo mísero de largas esperas. Lo más parecido a un purgatorio, del que logrará escapar Andy para tener su propia serie de éxito… y convertirse él también en otro monstruo, vendiendo sus principios por el tan ansiado triunfo y olvidando el lugar del que procede. La audiencia se convierte en su propio Mefistófeles, y sus conquistas profesionales se transforman en su maldición.

Al final, Andy se transformará también en su soporte físico, y Gervais retomará su cuerpo: el éxito de nada sirve si no se mantiene la coherencia y la integridad. La industria cosifica a las personas, convirtiéndolas en parte del paisaje filmado, indistinguibles del decorado. Para acceder a la visibilidad, un actor debe recurrir tristemente a vaciarse de humanidad y contenido. Hacia ahí apunta la lacerante mirada de Ricky Gervais: de los peligros de que el éxito te transforme en la caricatura de un personaje.