Birmingham, ciudad sin ley

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Peaky Blinders (íd., Steven Knight, 2013-?) empieza como un western. Un jinete de traje impoluto avanza a lomos de un caballo por una calle embarrada. Los vecinos, mujeres e hijos de obreros de Birmingham, huyen despavoridos ante su presencia y se atrincheran en sus casas. Hay temor y cierta admiración hacia el jinete en sus ojos y en sus gestos. Él es Thomas Shelby, el líder de los Peaky Blinders, definido a la perfección por Nick Cave en Red Right Hand, la canción que da cuerpo a la atmósfera de la serie: “¿No tienes dinero? / Él te conseguirá algo / ¿No tienes coche? / Él te dará uno / No te tienes respeto a ti mismo / te sientes como un insecto / No te preocupes, amigo / porque aquí viene / A través de los ghettos y el barrio / y el Bowery y los suburbios / Una sombra se proyecta dondequiera que él se encuentra / Montones de papeles verdes en su / roja mano derecha”.

Tommy Shelby es un mafioso con ansias de prosperar que busca dejar la clandestinidad haciendo legal su negocio de apuestas. Nada que no hayamos visto ya en las películas de Scorsese o en la traslación de su universo al Atlantic City de Boardwalk Empire (íd, Terence Winter, 2010-?). Y, sin embargo, Peaky Blinders tiene aspectos que la hacen genuina, que le otorgan una personalidad y estilo distintivos. Birmingham, 1919, es un lugar y una época nunca explorados por el cine o la televisión. La capital de las West Midlands inglesas era por aquel entonces un auténtico hervidero, una de las ciudades industriales más importantes del mundo, en la que las fábricas funcionaban las 24 horas del día. Nada mejor que el plano secuencia de Shelby a caballo del primer capítulo para reflejar ese estado febril e industrioso del barrio obrero, los rostros manchados de carbón, bocanadas de fuego saliendo por las puertas de las fábricas. No es de extrañar que Otto Bathurst, director de la mitad de los capítulos de esta primera temporada, cite una referencia como Blade Runner (íd., Ridley Scott, 1982) por ese Los Ángeles siempre oscuro y sucio, en permanente movimiento a cualquier hora del día o la noche y en el que el crimen es una forma de vida.

La elección de la época conlleva un trasfondo decisivo para los personajes. Ha pasado un año desde el final de la Gran Guerra y los hombres que han conseguido volver con vida a sus hogares ya no son los mismos que se fueron a luchar en defensa de ideales tan gloriosos como efímeros. Su humanidad yace en algún lugar cerca del Somme, entre el barro, la metralla y los cadáveres de uno y otro bando. Se percibe en Danny, el miembro de la banda que tiene alucinaciones y vive episodios de locura transitoria, pero sobre todo en Tommy Shelby, entregado al opio para intentar olvidar el trauma que le asalta cada noche. La pesadilla recurrente de Shelby conjuga el miedo a morir, la claustrofobia de las trincheras y túneles, la salvaje crudeza de la guerra cuerpo a cuerpo y el filo de un cuchillo hundiéndose en la carne. Es algo que también le emparenta con los Jimmy Darmody y Richard Harrow de Boardwalk Empire, veteranos de guerra heridos por fuera y por dentro, estigmatizados para siempre por sus experiencias en el campo de batalla. Para ellos, la violencia es la única respuesta posible ante cualquier agresión externa.

La Primera Guerra Mundial no sólo afectó a los que combatieron, sino también a aquellos que no se vieron envueltos en el fuego cruzado; hombres como el inspector Chester Campbell, el antagonista de Tommy, acusado de cobardía incluso por uno de sus subordinados. Y mujeres como Polly Shelby, encargada de ejercer de matriarca y llevar los asuntos de la familia en ausencia de los hombres. Polly sigue intentando ejercer cierto poder o ascendencia sobre ellos a su regreso, y tiene sus propias armas para conseguirlo, no tan explícitas pero igual de efectivas. El trasfondo histórico impone otros elementos utilizados por Steven Knight para añadir más ingredientes a la marmita histórica: las huelgas en las fábricas, el miedo de las autoridades al contagio bolchevique y la referencia siempre presente del IRA. Incluso Winston Churchill aparece en un par de ocasiones como superior directo de Campbell, caracterizado (y caricaturizado) como un ministro con una especial fobia a todo lo que huela a comunismo.

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La figura del descreído Tommy Shelby, con los inquietantes ojos azules y el hieratismo de Cillian Murphy como fachada, refuerza esa imagen del gangster temido e idolatrado a partes iguales por los habitantes de su vecindario, aquellos que sufren o se aprovechan de sus rencillas con otras pandillas o con la autoridad; ven en él tanto a un posible verdugo como a un protector que les ayudará cuando tengan un problema. Sobre todo cuando la autoridad está representada por tipos como el inspector Campbell (Sam Neill, intenso como nunca), un policía temeroso de Dios dispuesto a hacer todo lo que esté en su mano, torturas y asesinatos incluidos, por imponer el orden en Birmingham, ciudad sin ley. El punto flaco de nuestro antihéroe, cómo no, es una mujer; quizá también el punto flaco de la serie, por cuanto el personaje de Grace es el más inconsistente y menos profundo de todos los que aparecen en esta primera temporada que tendrá su continuación en otoño. El retrato de este incipiente capo de las apuestas se completa con su relación con sus hermanos, ejerciendo de padre para todos ellos y protegiéndolos, aunque sea a su peculiar manera. Thomas ocupa así el puesto del progenitor ausente desde su niñez, que sólo vuelve para aprovecharse, una vez más, de la ingenuidad de su hijo mayor. Una y otra vez promesas incumplidas, códigos de honor pisoteados. Todos los personajes creyéndose más listos que los demás, cuando en el fondo ninguno consigue nada sin perder las cosas que ama y desea por el camino.

Todo lo anterior quedaría en un puñado de buenas líneas de guion y estructuras narrativas fuertes si no fuera porque viene acompañado por una puesta en escena y un diseño de producción de los que dejan con la boca abierta. La propuesta pasa por composiciones cuidadas al extremo, primerísimos primeros planos y ralentíes que recuerdan, en más de una ocasión, a Érase una vez en América (Once Upon A Time in America, Sergio Leone, 1982) y algún que otro plano filmado por un tal Tarantino. Secuencias como la del enfrentamiento final entre los Peaky Blinders y la banda de Billy Kimber, que traen de nuevo a la memoria innumerables westerns, son tan contundentes como uno de esos golpes que los Shelby realizan con sus gorras llenas de cuchillas para cegar a sus oponentes. Aunque al final sólo se disparen un par de balas.

Knight y sus directores apuestan por un contraste salvaje entre la ambientación y el vigoroso estilo visual que, sumado a las enloquecidas guitarras de Jack White, los salmos retumbantes de Nick Cave y la voz pantanosa de Tom Waits, resulta una combinación de lo más adictiva y resultona. Nada sorprendente, por otro lado, si repasamos la más que interesante filmografía de Steven Knight, guionista de películas tan oscuras en fondo y forma como Negocios ocultos (Dirty Pretty Things, Stephen Frears, 2002) y Promesas del Este (Eastern Promises, David Cronenberg, 2007). Su incipiente carrera como director también contiene sorpresas como Locke (íd., 2013), un tour de force en el que todo el peso de la narración recae sobre un espléndido Tom Hardy encerrado durante 90 minutos en un coche mientras habla por teléfono, o Redención (Hummingbird, 2013), otra exploración de las repercusiones de la guerra para los que regresan después de contemplar el horror, con Jason Statham como vengador nocturno en un Londres fantasmagórico.