Ese sentimiento

red-riding-cartelSiento que te conozco de verdad, pero no te considero malvado. Tu voz suena triste. Para mí eres como un ángel caído que ha equivocado el camino. Y aunque no puedo aprobar tus métodos, comprendo tus sentimientos». Así comienza el año del Señor de 1980, con un llamamiento del Comisario Bill Molloy para que el destripador de Yorkshire cese la carnicería que, hasta esa fecha, ha acabado con la vida de doce mujeres. Así comienza el segundo episodio de Red Riding (íd, 2009. Channel Four), la ambiciosa adaptación por parte del guionista Tony Grisoni del ciclo de novelas de David Peace. Un fresco que recorre durante prácticamente una década, entre los 70 y los 80, las entrañas de la sociedad de West Yorkshire, desde la luz hasta sus tinieblas; desde la conmiseración hasta la ausencia de remordimientos.

Adaptar a un escritor como Peace requiere de cierto empeño, no tanto por la amplitud de la panorámica que elabora sobre los diferentes estamentos de la sociedad inglesa, sino por la carga de profundidad moral que hunde en cada palabra. La dureza de Red Riding emana de una desesperación que se apodera página a página, de la falta de asideros a los que agarrarse, como una enfermedad contagiosa que conquista nuestro organismo hasta sumergirnos en una completa oscuridad. Grisoni, consciente de la dificultad del texto, elige evocar su espíritu a través de pequeños instantes que asaltan los nervios del más pintado; episodios en los que las voces de sus protagonistas describen con calma y detalle cada paso que les ha llevado hasta el mismo infierno. Da lo mismo si esa voz pertenece al destripador, a la súplica de algún detenido al que la policía tortura en la barriga —la parte de la comisaría que comprende las salas de interrogatorios— o a la víctima de abusos sexuales que trama su venganza final; todos hablan desde un mismo cuerpo, con un mismo rostro: el del West Yorkshire amoral y putrefacto que ha consentido durante años toda esa violencia sin freno.

En cada uno de sus tres capítulos, la serie reparte el protagonismo entre varios personajes: en 1974 es el periodista Eddie Dunford quien investiga los primeros crímenes y los conecta con el empresario John Dawson; en 1980 es el inspector Peter Hunter quien se encarga de seguir los pasos del destripador mientras desvela los negocios sucios de la policía; y, finalmente, en 1983 Maurice Jobson —la figura más torturada de la serie—, víctima de la culpa moral, regresa al pasado para solucionar un último caso de secuestro infantil. Lo que une, como en un mapa de puntos, a cada uno de estos hombres es que comparten esa mirada al abismo que tarde o temprano les consume; la certeza de que han pisado las cloacas de la condición humana y, a partir de ese momento, ya no pueden ver las cosas tal y como era costumbre. Porque a pesar de que Red Riding dibuja una espiral de corrupción policial e inmobiliaria en el núcleo de Yorkshire, la dureza que se esconde tras cada acción, tras cada omisión, tras cada vez que han girado la vista hacia otro lado, es literalmente insoportable.

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A diferencia de otros relatos, el objetivo de Red Riding es analizar el impacto del crimen en la sociedad. Ambientada en espacios despoblados, fríos, forrados de cemento y cobijados bajo un cielo permanentemente encapotado, la serie refleja un lugar cada vez más perdido en la atonía emocional. Aquí no se habla, se murmura; nunca se mira a los ojos, se desvía la vista hacia ninguna parte. Lejos de ser un agente del bien, la policía refleja el sadismo de una institución fuera de sus cabales, que se aplica a sacar la verdad a golpes con tanta eficacia como delectación. Sí, en el condado de Yorkshire hay asesinos, pero a medida que conocemos la zona percibimos el porqué de las palabras de Bill Molloy. La única diferencia entre unos y otros consiste en que la policía tiene como respaldo a la Ley. Así que nada, más que su eventual agotamiento físico, le impide reventar la mano de un acusado hasta extraer una confesión más o menos plausible. Algo que ofrecer al pueblo para que olvide durante unas semanas el dolor que les ha abierto en canal. Porque pueden hacerlo, porque nadie, salvo ellos mismos, puede detenerles.

Entre episodio y episodio, Grisoni advierte la culpabilidad moral que germina en sus protagonistas, individuos atrapados en una espiral de destrucción de la que no saben cómo salir. Lo observa cuando revisan las fotos del cadáver hinchado y mutilado de Clare Strachan; cuando descubren que aquella muchacha había posado como modelo erótica para una publicación clandestina financiada con dinero de la policía; cuando escuchan el relato desapasionado del asesino explicando cómo ensartó una estaca en la vagina de una chica; cuando sienten su responsabilidad, la pasividad que ha desencadenado cada crimen y cada muerte. Año tras año, Grisoni se ceba en sus personajes hasta que les falta aire para respirar; tienen que pagar de alguna manera lo que han hecho, no es suficiente con dejarse llevar por la aflicción o sentirse atenazados por un miedo cerval que sus excesos de poder han alimentado. El lodazal de los bajos fondos en el que ha transcurrido parte de sus vidas les ha pasado factura.

Hablar de Red Riding invita a agotar el mejor arsenal de adjetivos a nuestra disposición, como si nos viésemos en la obligación de identificar una gama de negros que, muy lentamente, conducen al relato hasta su definitiva oscuridad. Un viaje insoportable en palabras de Peace, incómodo en las imágenes de la serie. Pero un viaje, al fin y al cabo, que ilustra la tortuosa identificación que Molloy realizaba al principio del texto. La policía mira la imagen que le devuelve su propio espejo. Algo deforme, casi inhumano, despiadado, que se ha alimentado con toda su energía durante una década. La causa de la aflicción de Maurice Jobson, el horror que descubre habitando en lo más profundo de sus entrañas, como otra pieza más de su identidad. Ese sentimiento.