Nunca digas nunca jamás

Jack Bauer abriendo en canal el estómago de un terrorista para hacerse con la tarjeta SIM que acababa de tragarse. Jack Bauer acabando, sin pestañear, con los guardaespaldas del Ministro de Exteriores ruso antes de empalarlo salvajemente. Jack Bauer, vestido con una armadura antibalas, atacando el coche blindado del presidente de los Estados Unidos y sacándole a la fuerza, con gas lacrimógeno, para arrancarle una confesión. ¿Cómo igualar, ya ni hablemos de superar, las cotas de brutalidad y salvajismo que alcanzó el exagente de la CTU en los últimos compases de la octava temporada de 24 (íd.; 2001-2010. Joel Surnow, Robert Cochran. Fox)? ¿Cómo llevarle a un paroxismo dramático semejante al de arrastrarle de la felicidad de ser abuelo a la ciega sed de venganza provocada por el asesinato de Renee Walker (Annie Wersching)? Era imposible, de ahí que el retorno de Bauer, cuatro años más tarde, en 24 Vive otro día (24: Live Another Day, 2014. Howard Gordon, Jon Cassar, Robert Cochran. Fox), no pretenda tanto subir las apuestas dramáticas como cambiar el ritmo de las mismas, obligando a Jack a afrontar las consecuencias de sus acciones, heroicas o no, defendibles o cuestionables.

Por un lado, Sutherland y el resto de responsables de la serie son conscientes de que su protagonista ya no es tan joven como para seguir repartiendo estopa al mismo ritmo; y por el otro, tienen muy claro que películas como Venganza (Taken; Pierre Morel, 2008) y sus secuelas/derivados han llevado al público a estar demasiado familiarizados con los héroes rocosos, imparables, capaces de enfrentarse a ejércitos de enemigos sin apenas despeinarse, sin importar su edad. De ahí que Jack se muestre aquí más hastiado de lo habitual, así como más falible, más vulnerable, y sobre todo, que necesite más ayuda que nunca antes: ya no utiliza solamente el apoyo informático de la incombustible Chloe (Mary Lynn Rajskub), sino que también requiere el apoyo logístico de la agente especial Kate Morgan (Yvonne Strahovski) y del silencioso Belcheck (Branko Tomovic). La espectacularidad de 24 Vive otro día ya no reside en la habilidad para el asesinato del personaje de Sutherland —si bien hay que reconocerle que no ha perdido el toque: no hay más que ver cómo acaba con el sibilino Cheng Zhi (Tzi Ma), todo un guiño a los fans de la serie—, sino en el ritmo narrativo, los giros de guion y los momentos más abracadabrantes, alejando el producto resultante del actioner y aproximándolo, eso sí, con mucha prudencia, al thriller rozando lo bondiano… ¿De ahí el subtítulo de la miniserie? De alguna manera, Jack vuelve a sus raíces, a aquel analista de la CTU que, en la primera temporada, jugaba más con su astucia y con su instinto —¡y con su suerte!— que con la potencia de sus músculos.

24 Vive otro día

¿Por qué entonces, tras años escapando del acoso de las fuerzas del orden estadounidenses, se deja ver en público solamente para salvar la vida del presidente Heller (William Devane)? No es una cuestión de fidelidad, ni de patriotismo, como insinúa el propio Jack: al final de la octava temporada había llegado al límite de su cordura, rozando el desequilibrio mental, y eso le ha convertido más que nunca en un hombre torturado, incómodo con la moralidad de sus acciones, que busca redención a la desesperada. Y si no la encuentra hasta el clímax  de 24 Vive otro día es, sencillamente, por su manifiesta incapacidad para expresarse, para transmitir algún tipo de sentimiento, si no es a través de la violencia. Jack es, como los héroes de los westerns crepusculares, una figura fuera de época, incapaz de encajar en un mundo mucho más hipócrita, liderado por manipuladores y embaucadores como Mark Boudreu (Tate Donovan), que ocultan tras sus maneras correctas, delicadas, una ambición desmesurada que les hace poner por delante sus propios intereses a los de aquéllos que les rodean —y que dependen de ellos—. De nuevo, la visión política que lanza 24 es terrible, desesperada, al obligarnos a enfrentarnos al callejón sin salida de la decadencia de los demócratas clásicos —la metáfora de que Heller sufra de Alzheimer está más que clara—, mientras los que vienen detrás no tienen, ni mucho menos, semejante estatura personal: lo suyo es puro deseo de poder.

A tono con esa naturaleza un tanto demodée del propio Jack, los directores de 24: Vive otro día, Jon Cassar, Adam Kane, Omar Madha y Milan Cheylov, han optado por mantener el planteamiento narrativo que 24 había desarrollado hasta su octava temporada, reiterando figuras tan reconocibles como el reloj que marca el paso del tiempo, las pantallas partidas, la construcción clara y diáfana de los enfrentamientos violentos… No hay intención de renovar visualmente el producto, sencillamente, porque la idea que hay detrás de la miniserie no es revolucionarlo, sino, de alguna manera, darle un cierto cierre a la historia de Jack Bauer, ofreciéndole a sus fans un epílogo nostálgico a lo disfrutado hasta el momento que mantenga sus rasgos básicos, sus trazos más reconocibles. De ahí el tono elegíaco, incluso deprimente, de los últimos compases del episodio que cierra la miniserie, que quiere ejercer como (triste) colofón para una vida desperdiciada en lo personal, y cuyo lado heroico jamás llegará a los libros de texto: sus logros serán vinculados por los historiadores a las gestiones de los presidentes que le dieron las órdenes…

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O, al menos, eso nos hicieron pensar sus responsables hasta que, en un contenido adicional de la edición en Blu-ray de 24 Vive otro día, la reaparición de Tony Almeida apuntara a la posibilidad de que quizá las aventuras de Jack no hubieran llegado a su punto final. El tiempo, y las ganas de Kiefer Sutherland de volver a empuñar la pistola —y a torturar terroristas—, lo dirán.