Los reconocimientos

Conocer. Saber algo de alguien, compartir un secreto, una experiencia o un momento. Un segundo, una semana o varios meses. Conocer sus gustos, detectar sus gestos, cómo se expresa y de qué presume, qué esconde y qué adora, cómo camina y a qué huele. Conocer su pasado y a su familia, el camino que recorre para ir al trabajo y las cucharadas de azúcar que echa en el café, el tiempo que tarda en cepillarse los dientes, cómo dobla la ropa antes de meterla en los cajones o en qué lado de la cama prefiere dormir. Conocer de qué se ríe, qué libro lee, por qué llora cuando llora y en qué animal le gustaría reencarnarse, si cree en algo o en nada. Conocer qué es eso que ha visto en ti, y qué es lo que has visto tú, cuándo lo vio, y cuándo lo viste, y por qué. Una relación bascula entre lo que se conoce y lo desconocido, entre lo que se muestra y esas parcelas de intimidad que poco a poco se conquistan. Entre el deseo y la realidad. Lo que sabemos y lo que proyectamos. Algo que imaginamos, que intuimos, pero que aún no hemos comprobado. Eso que The Affair (íd., Hagai Levi y Sarah Treem, Showtime, 2014-) convierte en el centro de su narración.

La vida de Noah Solloway transcurre entre palabras, las de una segunda novela que no acaba de arrancar. Esas que, tal vez, se entrecruzan en su mente mientras nada por la calle de una piscina a primera hora de la mañana. Esas que, quién sabe, alimentan su secreto deseo de separarse de su familia y reconquistar una existencia bohemia que sacrificó con su matrimonio. Uno nunca termina de conocer a Noah, nunca sabe si decide o se deja llevar, si rechaza una oferta o espera una oportunidad mejor, si echa de menos el cuerpo desnudo de su mujer o solo piensa en acariciar la espalda de su amante. Y quizá es esa falta de información lo que vuelve tan intensa su relación con Alison, su red de mentiras o de medias verdades, sus momentos en familia y su necesidad de escapar para hundir los pies en la espuma de la tarde. Sus contradicciones, que tejen un relato fracturado e inconexo, como ese amigo que oculta deliberadamente partes de una explicación para conquistar nuestro apoyo. Para que le digamos que es algo lógico y humano, que no ha hecho nada malo, que cómo no vamos a entender ese desliz. Aunque nunca lo entendamos del todo.

The Affair juega en varias direcciones: como relato de una relación entre dos personas que engañan a sus respectivas parejas y como thriller que investiga una muerte sucedida en el transcurso de esa relación. Uno y otro se entrechocan y entorpecen, como si el espectador fuese el detective encargado del caso y la televisión la sala de interrogatorios. Pulsan muchas teclas, conducen la serie entre lo sublime y lo ridículo, y capturan esa extraña intensidad que marca las vidas de Noah y Alison. Esa misma que flota en cada encuentro, cuando apenas rozan sus labios y cuando echan un polvo rápido sin quitarse la ropa. Como si algo les consumiese; un remordimiento, un dolor demasiado profundo o un deseo demasiado desesperado. Como si ni ellos mismos pudiesen explicarnos qué les ha hecho unirse de esa manera. Como si solo nos pudiesen mentir para que les compadeciésemos. Como si solo se pudiesen mentir para compadecerse el uno al otro. Como si no quisiesen conocerse para no tener que alcanzar esa parcela tan íntima, ese punto de no retorno, donde ya es demasiado tarde para eliminar las ataduras contraídas.

Nunca sabes si realmente esas son las vidas de Noah y Alison. Si esta última trafica con droga, no soporta a su marido porque le recuerda a su hijo muerto y necesita alguna salida de emergencia para todo ese dolor apelotonado en su interior. Nunca sabes si Noah es gilipollas, un mal padre o un buen tipo que simplemente ha elegido mal, si está harto de su mujer bronceada y de su inquisitivo suegro, o de ese libro que ha vendido pocos ejemplares porque tan solo buscaba un puñado de buenos lectores. Y lo cierto es que ninguno de los dos personajes se esfuerza en aclarar sus lagunas, ni siquiera pretenden convencernos de que haga falta. Simplemente están ahí, con sus historias y sus heridas, en la parte trasera de una mansión o mientras pasean por la arena, en busca de algo para escapar del vacío. Algo rápido y directo; un abrazo, una caricia brusca o una confianza que se encuentra entre las sábanas de una discreta pensión. Unas palabras en el oído, un beso a la altura de la barriga, el tacto del pelo apelmazado por el sudor, el frío de unas manos que buscan el lugar perfecto para calentarse. Gestos y detalles anónimos que forjan, lentamente, una confianza mutua. Algo privado, que se sospecha pero no se comprende, que se ve pero no se vive. Que solo pueden vivir ellos.  

Conocer. El vértigo que experimentas al saber algo más de esa persona. Cómo se expresa, cómo se mueve, de qué manera se desnuda. Conocer sus manías, su acento y el sonido de su risa, el lunar escondido y el tatuaje secreto, las palabras escritas y las palabras que solo puedes susurrar al oído. Ese es el auténtico misterio que flota en The Affair, que narra la pasión desbordada entre sus protagonistas y la forma inconsistente de mostrarla. Como si ocultasen algo más; una carga, una pena o un temor. Como si no bastase con ocultar algo que siempre cuesta mantener a salvo: lo que conoces y lo que dejas conocer. Todos esos pequeños detalles, tal vez poco importantes, que sin embargo describen sin palabras la intensidad de cada momento. De eso que Noah y Alison guardan con tanto celo; esa media verdad tapada por una media mentira. Eso que, aunque lo intentes, nunca puedes conocer del todo. Solo vivirlo hasta el último aliento. Entre el deseo y la realidad.