Star Trek (música: Michael Giacchino; sello: Varèse Sarabande)

bso1Michael Giacchino acompaña la resurrección fílmica de Star Trek con una espléndida partitura orquestal de tono clásico que obra dos milagros. Primero: no echar de menos a Jerry Goldsmith, padre musical de la saga en el cine. Y segundo: volver a situar el sinfonismo en la primera línea de batalla de la composición cinematográfica. Dada su condición de precuela respecto al material original creado por Gene Rodenberry, donde primaba el sentido de la maravilla ante el descubrimiento de nuevos mundos, Giacchino recupera en su obra ese espíritu aventurero y explorador mediante un nuevo tema principal que aguanta sin sonrojos la mirada de la mítica pieza de Goldsmith. Apuntado brevemente en el primer corte del compacto, el músico lo explota en toda su magnitud en piezas gloriosas como Hella Bar Talk, Enterprising Young Men o That New Cat Smell, en las que despliega con contundencia su carácter triunfal, épico e inspirador. Del resto de la obra destacan las piezas de acción para viento y cuerda, que el músico puntea hábilmente con una percusión sesentera que sirve de guiño a las raíces musicales de la franquicia. Pero la verdadera sorpresa llega al final, con una imponente versión del tema coral que compuso Alexander Courage para la serie de los años 60. Giacchino lo mezcla con su nuevo material en una apoteosis orquestal que este crítico no escuchaba desde las suites de John Williams para los títulos de crédito finales de la trilogía clásica de Star Wars. Larga y próspera vida al señor Giacchino. Es una isla en medio de un océano de mediocridad.

X-Men Origins: Wolverine (música: Harry Gregson-Williams; sello: Varèse Sarabande)

bso2Harry Gregson-Williams parece condenado a navegar entre la excelencia y la intrascendencia. No se entiende que un músico capaz de componer obras tan complejas como El reino de los cielos o Simbad, la leyenda de los siete mares se descuelgue con ligerezas como Domino o ahora esta suerte de precuela de la saga X-Men en la que muestra su perfil más bajo. En la peor línea que marca el laboratorio Media Ventures, fundado por Hans Zimmer, el músico desarrolla un frenético ejercicio de acción de aire marcial sobre la consabida base de sintetizadores, guitarras eléctricas, coros enlatados y efectos de sonido que en ningún momento establece un diálogo con las imágenes del film o se implica en la psicología de los personajes. Lobezno no es una criatura de Shakespeare, pero sí tiene suficiente entidad emocional como para merecer un trabajo que explore aristas de su conducta como la ambigüedad moral, el sentimiento de culpa o la búsqueda de redención. Ni rastro. En su lugar, Gregson-Williams opta por una anodina partitura de carácter ambiental en la que domina el ruido electrónico, el caos temático y la reiteración de motivos presuntamente épicos. Sólo una breve y emotiva pieza dedicada al personaje de Kayla dejá entrever el buen músico que puede ser y la banda sonora que podría haber sido. Ojalá en la próxima adaptación del videojuego del Príncipe de Persia toque la de arena.

Angels & Demons (música: Hans Zimmer; sello: Sony Classics)

bso3El tono elegíaco, la magnificiencia coral y la riqueza temática de El código Da Vinci, sin duda una de las mejores composiciones de Hans Zimmer hasta la fecha, alimentaban razonadas expectativas sobre Ángeles y demonios. Pues no. El alemán, que mantiene un ritmo de trabajo frenético con una media de cuatro bandas sonoras al año, presenta una creación poco inspirada en la que prevalece el ritmo machacón de sus características masas corales y bases percusivas. Lo más preocupante, no obstante, es el sospechoso parecido estructural y sonoro entre el nuevo tema principal, que presenta en el corte I60 BPM, y el de El exorcista, de Mike Oldfield. Cada nueva escucha me reafirma en esta opinión, así como en la idea de que Zimmer sabe vender muy bien sus trabajos menores. En esta ocasión, el reclamo es la presencia del violinista Joshua Bell, el mismo del que echó mano su amigo James Newton Howard en Resistencia, que realiza una labor magnífica pese a la marabunta sonora con la que Zimmer ahoga sus solos. Quizá consciente de la fragilidad de la propuesta, el compositor recupera en los dos últimos cortes del CD (Election by Adoration y 503) dos de los mejores motivos de El código Da Vinci. Las comparaciones entre el viejo y el nuevo material hablan por sí solas.

Låt den rätte komma in (Déjame entrar) (música: Johan Soderqvist; sello: MovieScore Media)

bso4El éxito de esta pequeña fábula vampírica sobre la amistad y el tránsito por el oscuro valle de la adolescencia ha catapultado la música de Johan Soderqvist al primer plano de la actualidad. Obra íntima y delicada, sustenta su poder evocador en una apacible pieza que retrata esa relación tan especial que se establece entre los niños protagonistas, y que en su versión final para guitarra recuerda un tanto al tema principal de El cazador, otra obra que habla del vampirismo en una clave bien distinta: la de la pérdida del alma ante el monstruo de la guerra. El resto de la composición se muestra mucho menos inspirada, con temas de carácter ambiental que reflejan el paisaje gélido y desangelado del film mediante algunos recursos típicos del género fantástico, como las progresiones de cuerdas, el golpe de piano o las tramas de sonido atonal. Pero sin duda, la peor noticia es el nefasto empleo de la partitura por parte del director, que la expone a todo volumen en pasajes que reclaman silencio y contención, como los encuentros de la pareja en el jardín de la casa o las salidas nocturnas de la niña. La puesta en escena es tan poderosa que las imágenes aguantan bien el golpe, pero en casos así conviene no cruzar la línea de la insinuación, la sugerencia y la caricia.

Gake no Ue no Ponyo (Ponyo en el acantilado) (música: Joe Hisaishi; sello: Phantom Sound & Vision)

bso5El de Joe Hisaishi es un talento auténtico, sin poses ni trucos. Su música es alta poesía: sencilla, directa al corazón, sincera, veraz y emocionante, cada nota en su lugar, el arreglo oportuno, la capacidad para evocar y sumergirnos en mundos fantásticos. Ponyo en el acantilado es otro hermoso poema de amor a la vida en el que despliega tanta imaginación como recursos y sabiduría técnica. Abre el repertorio con una conmovedora aria operística, continúa con pequeños cuadros de cámara, evoluciona hasta la gran orquesta romántica (genial el guiño a La cabalgata de las valkirias de Wagner) y cierra el telón con la ternura nostálgica de la música neotradicional japonesa, concretada en una canción que es imposible dejar de tararear. Todo sin levantar la voz, dejando respirar a las imágenes, más pendiente de escuchar que de hablar, en una demostración de virtuosismo narrativo que cuesta cada vez más escuchar. Si Ponyo no es una obra maestra poco le falta, pues no imagino cómo se podría decir más con menos. Ponyo quiere a Sosuke y Sosuke quiere a Ponyo.