Hace unos años, quizá bastantes, el festival de Sitges programó un más que justificado homenaje al realizador Manuel Esteba en la sección Brigadoon, tal y como años más tarde haría con otro de los personajes más interesantes y enigmáticos del fantástico español, José Ramón Larraz. Fueron días tremendos y vibrantes; entre nebulosas de desconcierto y excitación, recuerdo fogonazos de Sexo sangriento (1981), ¡Hola señor Dios! (1970) y un maratón noctámbulo y alucinado de las mejores películas de los hermanos Calatrava. No hubo secuencia o plano entre aquel cúmulo de estímulos que no me emocionara, porque por aquel entonces yo era un joven influenciable y tal vez demasiado ingenuo, que desconocía los parabienes de otros estimulantes con peor prensa pero seguramente también más saludables, pero lo que hizo por marcarme de por vida fue ese díptico oscuro, tan brutal como un garrotazo en el estómago, compuesto por Trampa sexual (1978) y Viciosas al desnudo (1980), ambas consideradas hoy entrañables clásicos trash del cine clasificado S de la transición, y que quien esto escribe, en su momento, no tuvo ningún problema en equiparar con las más altas expresiones de gloria cinematográfica.

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Por supuesto que ninguna de éstas eran películas eróticas al uso; es más, me atrevería a afirmar (así, entre nosotros, nunca en público) que en ellas la subordinación a un determinado canon, lejos de mermar su fuerza combativa, conseguía subrayar todo lo que poseían de obras personales, incluso trasgresoras, dentro de un contexto determinado. La primera tomaba la atmósfera turbia y asfixiante de la rape movie, infame subgénero que diera sus mejores títulos en Italia y en Norteamérica, para adaptarlo a una realidad muy concreta, como era la de España de aquel momento (contra la violación… ¡castración!), valiéndose de una opción estética que lograba supurar mugre y mal rollo a golpe de plano y una secuencia final al ralentí capaz de helar la sangre de veras. Por su parte, Viciosas al desnudo puede verse como un intento por parte de Esteba de recuperar algunas ideas, arquetipos y climas de su obra anterior, aunque diciendo esto obviamos que es una obra interesante y coherente en sí misma, que lleva mucho más lejos los supuestos y muchos de los logros de su antecesora. Su historia, con más de un punto en común con la más pretenciosa y discursiva Coto de caza (Jordi Grau, 1983), nos presenta a un profesor progresista, casado y formal, buena persona, que recibe una noche la visita de dos adolescentes de muy buen ver, encarnadas por las deliciosas Adriana Vega y Eva Lyberten. El profesor, al que da vida un convenientemente grimoso Jack Taylor, dudará lo justo en sucumbir en sus encantos, pero, al despertar de una noche de sexo pasada por agua, se encontrará con que lo que sus oscuros objetos de deseo se han convertido en unas diablesas de cuidado, dispuestas a torturarlo hasta que le quede bien clarito que con la juventud no se juega. Ahí tenemos el frontal escupitajo de la adolescencia de entonces al clásico «No hay niño malo…». El mensaje, más que conservador, es sorprendentemente crudo y cualquier cosa menos ingenuo y optimista. A veces la línea que separa el moralismo del nihilismo es muy fina. La teoría es una cosa, la práctica es otra. Hay personas malas, y, desde luego, hay jóvenes que disfrutan repatingados en la charca del mal. Y mucho ojo, españolitos, porque también hay mujeres peligrosas de verdad. Es una lástima que este fondo nos llegue en un formato ciertamente chusco en ocasiones, más que nada por la falta de medios, aunque Esteba se da buena maña y consigue una atmósfera opresiva e inquietante, y por lo menos un par de secuencias verdaderamente atinadas. La mejor de todas ellas, aquella en la que vemos a Vega y a Lyberten jugando al corre que te pillo en el jardín, bañándose en la piscina y balanceándose desnudas en los columpios mientras su prisionero se encuentra amordazado en el interior de la casa. El personaje de Taylor representa a esa mayoría hipócrita y cínica que Esteba condena, y es en este punto donde el realizador está más del lado de sus protagonistas. No tolera su inclemencia, pero en cierta manera las comprende, y estoy seguro que al verlas jugar de esa guisa en la hierba y el agua no podría evitar esbozar una sonrisilla…

Pues bien, me bastó muy poco tiempo para obsesionarme con la película. En unos días me hice con una copia y después de verla varias veces, me dispuse a escarbar en la escasa biografía del cine de esta época, haciéndome incluso con reportajes y entrevistas del momento. La libertad, quizá ilusoria, que mostraba Viciosas al desnudo, de una manera tan descarnada como exhibicionista, me fascinaba por encima de su evidente sumisión a los códigos genéricos. También su condición de película de tesis (la primera escena de sexo no tiene lugar hasta muy avanzada la historia, pasados los primeros veinte minutos) y su abundancia de momentos descriptivos, incluso líricos, como el citado pasaje de los columpios y la piscina. No negaré que en esta fascinación pasajera tuvo mucho que ver la simpatía por esa capacidad todoterreno del Esteba director, la atracción por la estética del cine español de los primeros ochenta y, para que nos vamos a engañar, la icónica y arrasadora presencia de sus dos protagonistas femeninas, que, por si fuera poco, estaban la mar de cómodas en sus nada fáciles papeles de mujeres araña.

A fuerza de ver una y otra vez Viciosas al desnudo, fui descubriendo algunas cosas interesantes. La primera, que me estaba desvinculando de la realidad. La segunda, y más importante, que la película de Esteba, con todo su encanto y su estética adorablemente desarreglada, no era más que un remake más o menos oportunista y más o menos literal de una pequeña cult movie de 1977, llamada Death Game y dirigida por el semidesconocido Peter S. Traynor, un nombrecito capaz de espabilar la memoria de los conocedores de la odisea vital de Linda Lovelace. Por tanto, mucho me temo que todo lo anterior sobra un poco, lo importante lo vamos a decir a partir de ahora: Death game supera holgadamente los hallazgos de Viciosas al desnudo, mal que me pese por el cariño que aún conservo por la película de Esteba; está mejor escrita, es mucho más verosímil, tiene una estructura más sólida, una estética incluso más malsana, pegajosa y envolvente, que ya es decir, y por si esto no fuera suficiente, los actores se creen más sus papeles, y ellas, ¡ellas!… ellas dan mucho más miedo.

Sondra Locke y Colleen Camp están magníficas y francamente aterradoras dando vida a las libidinosas adolescentes que irrumpen una noche de tormenta en la casa, y en la vida, de papaíto Seymour Cassel con ánimo de poner su castillo de moralidad patas arriba. Una pena que desde entonces sus carreras fueran en exceso ligadas a sus respectivos partenaires, ni más ni menos que Clint Eastwood y Peter Bogdanovich, pues en esta película demuestran unas cualidades y unos registros que pocos realizadores serían capaces de explotar en lo sucesivo. A veces, ciertas actrices que en el remanso de la serie A no pasan de ser más que correctos figurines, y no digo que éste sea exactamente el caso, parecen pedir a gritos que el genuino cine trash extraiga lo mejor de su talento por la via del desmelene y la sobreactuación.

Pero sigamos con la película. Es obvio que a Traynor, pese a coincidir en lo esencial, le interesan cosas muy diferentes que a Esteba; su intención es radiografiar los agujeros de la familia tradicional y el american way of life, cuya aparente solidez se tambalea al entrar en contacto con la sexualidad liberada del movimiento hippie. Así como Viciosas al desnudo, vista ahora, resulta indisociable a la ruptura que experimentaba la España de entonces, es imposible entender Death game, más allá de la sensacional exploitation que nunca deja de ser, sin tener en cuenta los movimientos estudiantiles de los años sesenta, la oposición a la guerra del Vietnam, el impacto de las drogas psicotrópicas y muy especialmente, a Charles Mason y los asesinatos de Tate-La Bianca. Con todo, Traynor también hace gala de una cierta y calculada simpatía por sus protagonistas, esas traviesas muchachitas que en ningún momento dejan de jugar, ni cuando cometen las mayores barbaridades. Sus pullas van más bien dirigidas al personaje de un muy convincente Seymour Cassel, ese padre de familia circunspecto y moral que comete el error de dejarse atrapar por la engañosa fragilidad de la belleza que contiene toda maldad, un poco al estilo del Emil Jannings de El ángel azul (Der blaue Engel, Josef von Sternberg, 1930). Si a lo largo del metraje llegamos a sentir compasión por su infierno, es porque Traynor se emplea bien en subrayar que este hombre somos todos, o podemos serlo en un momento dado, pues en la tumultuosa Norteamérica de los setenta nadie está a salvo de las tentaciones de los sueños desenfrenados que siempre quisimos cumplir. Podemos erigir una campana de cristal que nos proteja de sus encantos, cimentada en principios y valores supuestamente intocables y universales, que siempre caeremos, siempre nos dejaremos vencer por la tentación cuando ésta toque a nuestra puerta, aún a sabiendas de que corremos el riesgo de mandar nuestra vida al garete. Todos queremos, en el fondo, condenarnos y sumergirnos en el fango hasta las orejas. En este sentido, son particularmente acertados los títulos de crédito iniciales, que muestran una serie de dibujos infantiles de la familia del protagonista, con el perturbador acompañamiento de “Good old dad” de Ron Hicklin Singers.

La película logra sus mejores momentos cuando las dos chicas toman el control. El juego entre ellas está muy bien trabajado en los diálogos y situaciones concretas, y su coqueteo constante con Cassel es muy convincente y apropiadamente enfermizo. Hay, desde luego, discupables concesiones como la escena de confesión del personaje de Locke, que apunta el maltrato y el abuso infantil como origen de su desequilibrio (cómo si esto nos fuera a importar, vamos), empequeñecidas por momentos formidables como el desayuno que los tres protagonistas comparten tras el polvo de la noche anterior, cuando las chicas comienzan a devorar la comida como violentos animales ante la sorpresa de quien, hasta el momento, las veía únicamente como unas inocentes señoritas caídas del cielo para arrojar un poco de sal y pimienta sobre su monótona y resignada existencia.

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El final de Death game (ojo, SPOILERS), que tuvo su correspondiente estreno español bajo el título de Las sádicas y también cargó con la clasificación S de rigor, es asimismo mucho mejor que el de la película de Esteba. Mientras que el director de Horror story (1972) se contenta con una previsible escabechina que anticipa, en versión cutrecilla, el desenlace de Thelma y Louise (Ridley Scott, 1991), Traynor prefiere dejar a sus personajes jugueteando a su aire por las calles de un barrio residencial, grotescamente maquilladas y disfrazadas con el fondo de armario de la señora Cassel, como colegialas que regresan de una emocionante noche de juerga… poco antes de ser aplastadas por un camión que aparece prácticamente de la nada. Como el Jackson de The Lovely Bones (2009), Traynor tiene demasiado respeto por sus villanos como para dejarlos perecer a manos de la justicia o de sus dudosos héroes, y prefiere que sea la Desgracia, ese halo funesto liberado por el mismo mal que han llevado a cabo, quien ponga punto y final a la pesadilla.

Estéticamente poderosa y tan frenética como artera a nivel narrativo, cargada de miga y mala baba, Death game es otro título sepultado por el tiempo que pide una revisión o un descubrimiento, como el que han merecido obras estimables pero quizá no tan consecuentes con sus planteamientos como Escalofrío en la noche (Play Misty for me, 1971), que fuera precisamente el primer trabajo como director de Clint Eastwood y que comparte más de un punto en común con esta singular, contundente e hipnótica pieza de culto setentero.