Encontraba tan bajo y malhumorado a Nico a comienzos del verano pasado que decidí organizar un viaje de una semanita para los dos a Nueva York, echándole una mano con la cantidad de pasta que debía apoquinar. No hay nada que, a estas alturas, consiga levantarle más los ánimos a mi amigo: allí se reencuentra con viejos conocidos, se hace con nuevas películas y fanzines, descubre anécdotas desconocidas a golpe de café y cubata y, lo más importante, se acerca un poco más a ese mundo y a esa época que nunca pudo vivir de primera mano por algún capricho borde del destino. Durante el vuelo, los dos comenzamos a emocionarnos con la perspectiva de sumergirnos nuevamente en las hediondas entrañas del underground, y nos ponemos algo tontos fabulando lo que tuvo que suponer ser joven y cinéfago durante aqueños años, perdido entre chaperos y prostitutas en las calles de Times Square, degustando como sorbos de cazalla aquellas ráfagas de perversiones y lúdicas fantasías en formato de películas de bajo presupuesto, sesiones doble y triples de aberración cinematográfica en su estado más puro.

“A esto no le reconoce ni su puta madre”, musitó nada más pisar la calle 42, cuya imagen nada tenía que ver con el efervescente y sombrío paraíso de degradación descrito, por ejemplo, en las novelas de John Rechy. Viajar a Nueva York con Nico supone eso, divagar entre la desazón y el desencuentro, entre la perspectiva de un podredumbre soñada y una realidad demasiado gris, predecible e higiénica. Pronto quedamos con Darío, con ánimo de ponernos ciegos a alitas del pollo y cervezas, lo que no contribuyó a mejorar mucho las cosas. Darío es un dominicano canoso, amable y tripón, entrado en la sesentena, que, como el especialista Bill Landis, fue fanzinero y proyeccionista en un cine de la Times Square durante la edad dorada de el cine exploitation. Junto con su novia Miranda, que también escribía en su fanzine y se encargaba de la taquilla, proyectaron una y otra vez muchos de los clásicos de la época que antes habían disfrutado como entregados fans: la saga de la libidinosa Olga, las hoy más conocidas películas de Ilsa, e incluso las de Ginger, una pelirroja de armas tomar que calentó sobremanera las plateas de los setenta. En palabras de Darío, la decadencia de este tipo de cine y de las propias salas de Times Square fueron en paralelo con la de su chica, que acabó convertida en una yonqui más, vagando por las mismas calles que en el pasado habían servido para contextualizar un fabuloso imaginario. “Aún conservo en mi mesita de noche algunas de sus últimas jeringuillas”, nos llegó a confesar, medio ciego y con la típica ampulosidad de los borrachos, “Echo de menos a mi compañera, echo de menos ver aquellas películas con ella, hablar de aquellas películas y aquellas escenas un día tras otro con ella. Pero también sé que todo aquello es irrecuperable, y no os hablo sólo de Miranda”. Pude notar que el cuerpo de Nico se agitaba también, víctima de los mismos escalofríos que habían atacado el mío. Sabía que esta pequeña aventura iba a venirle bien para recordarle que el trash conviene idealizarse sólo hasta cierto punto.

Como no nos apetecía nada recorrer la ciudad, pasamos el resto de los días en el pequeño estudio de Darío, viendo viejas películas de aquellos años en compañía de un grupo de cucarachas que ni siquiera tuvieron la educación de presentarse. Nuestro amigo nos destapó secretos de los Findlay que desconocíamos y entre risas volvimos a ver algunos títulos señeros, como Love me deadly (Jacques Lacerte, 1973), Fight for your life (Robert A. Endelson, 1977) o The human tornado (Cliff Roqumore, 1976), salpimentados con jugosas anédotas de sus correspondientes exhibiciones. Tenía mucha curiosidad por que le habláramos del cine de bajo presupuesto español, del que sólo conocía lo básico, y en este punto dejé explayarse a gusto a Nico, que le demostró con mil ejemplos que había vida más allá de Jess Franco. Justo en el momento en que los ojos y mofletes de Darío comenzaban a hincharse más y más de la emoción, extrajo de su abrigo un ripeo en CD de Yo quiero ser torero, una película rodada en vídeo, mucho antes de la revolución digital, dirigida por el celebérrimo Miliki y protagonizado por dos de los cómicos más inclasificables y castizos de la historia del humor español: Juan Rosa y Manuel Sarriá, a.k.a. el Dúo Sacapuntas.

Por supuesto que a Darío le tuvimos que explicar reposadamente quién era Miliki y en que consistieron las apariciones del dúo malagueño en el programa “Un, dos, tres, responda otra vez” (1972-2004) de Chicho Ibañez Serrador, que los hizo famosos por todo el país durante una efímera temporada. En pleno subidón de popularidad del dúo, que incluso llegó a grabar un disco, Miliki se lanzó a llevarlos a la pantalla grande, escribiendo para ellos una película que dirigiría personalmente sin apenas infrastructura, actores y presupuesto, con la intención de rentabilizar deprisa y corriendo el éxito que habían cosechado en el mítico programa. Como no podía ser de otra forma, Yo quiero ser torero es una de esas películas que pese a lo pobre de su ejecución técnica y a sus evidentes limitaciones narrativas, uno no puede más que adorar. Miliki, cámara en mano (en ocasiones casi me atrevería a decir que literalmente) hace lo que puede por dotar de algo de alma a esta fábula de la España profunda que, en plenos años ochenta, no dista tanto de la de las Hurdes de Luis Buñuel. Nico va más allá argumentando que se trata de una obra única, llena de amargura y desesperación vital, preñada de esa poesía de lo inmediato que te remueve las tripas, e indiscutiblemente franca y humana. Sí, también tiene razón, a su manera. Pese a estar calificada para todos los públicos y Miliki ser una estrella muy querida por el público infantil, primero en su trabajo junto a los otros payasos de la tele, Gaby y Fofó, y más tarde como presentador en Antena 3, la angustia de la película difícilmente puede ser comprendida por un espectador joven. Mucho menos por un espectador prejuicioso, que es bastante más cerrado que el joven. El comienzo, en el que estos dos muletillas de serie Z, el Pulga y el Linterna, aparecen perdidos en un descampado, muertos de hambre, sin lugar donde caerse muertos, y mantienen conversaciones absurdas sobre la distribución de la escasa comida que llevan a cuestas, remite tanto a los títulos más distinguidos del neorrealismo italiano como a sus ecos españoles, con Surcos (José Antonio Nieves Conde, 1951) y muy especialmente Mi tío Jacinto (Ladislao Vajda, 1956), con la que comparte no pocas similitudes temáticas, a la cabeza. Sin ánimo de establecer una injusta comparación (Nieves Conde y Vajda no eran novatos en la dirección y contaron con presupuestos mucho más holgados), Yo quiero ser torero debe verse como una distorsión alucinógena y subdesarrollada de estas películas, hecha a raíz del suelo, en las catacumbas de los fenómenos populares cosechados por la televisión de entonces. Casi nada.

Después de esta desencantada presentación de personajes, los muletillas llegarán a un pueblo con ganas de debutar como toreros, sacarle los cuartos a los pringados de turno y llevarse, de paso, algo al buche. Pura picaresca en su modulación más rústica y cochambrosa. La escena que transcurre en la plaza Mayor es un ejemplo ídem de humor deshinibido, machacón y antipático, que hace gracia o da dolor de pura insistencia, y cuyo mayor continuador quizá haya sido Jaimito Borromeo. Poco después, el dúo tendrá una entrevista con el alcalde, quien, zopilote él, se tragará de buen grado la sarta de embustes sobre las hazañas de estos dos, contratándoles para demostrar lo dicho en la plaza, ante un toro de tremendo carácter que se ha llevado ya por delante a varios aspirantes como más labia que destreza. El miedo de la pareja ante una realidad potencialmente accidentada choca enseguida con su imperiosa necesidad de pan y calderilla, y acaba venciendo, claro, la segunda. Se suceden entonces tres o cuatro escenas que acercan la película, aún más, a la caligrafía del sketch televisivo: un frustradísimo paso por un restaurante donde hacen las veces de camareros y el alargado pregón en la plaza, donde el Pulga y el Linterna tienen tiempo de sobra para calzar todas sus gracietas televisivas. Es de lejos la parte menos interesante de la película, pero también la que más consiguió entusiasmar y hacer reír a un ojiplático Darío, al que ya estoy grabando la colección completa de los hermanos Calatrava, para que siga profundizando en ese humor nauseabundo, hortera y revientatripas, de taberna fangosa y pincho de tortilla con moho, que, como diría Garci citando a nosequién, es también el más nuestro.

Me gusta imaginar Yo quiero ser torero como una especie de puente entre la citada Mi tío jacinto y dos tragicomedias recientes de factura mucho más cuidada: la primera es Papá Piquillo (Alvaro Sáenz de Heredia, 1998), donde el todoterreno Sáenz de Heredia, que dirigiera precisamente a Miliki hijo en la recomendable Policía (1987), ponía toda la carne al asador ahondando en los claroscuros de la figura del gracioso televisivo, sacándose de la manga una cruda historia de marginación y fracaso compensada por el brillo de la esperanza en la bondad humana (la bondad de los mansos y débiles, en cualquier caso); la segunda es Pájaros de papel (Emilio Aragón, 2010), el retrato generacional, más blando que amargo pero en absoluto carente de miga e interés, que dirigiría Emilio Aragón, hijo del director de esta película, muchos años más tarde. Ninguna de las dos, con todo, se atreve con una secuencia como la que cierra la odisea de los Sacapuntas. En la plaza, ante la inminencia, ya palpable, de su muerte, el Pulga y el Linterna se sacan una pistola de la nada, disparan contra el animal y salen por piernas del pueblecito. Ríanse de Vajda y de Roberto Rossellini. Y del plano final de Ladrón de bicicletas (Ladri di bicicletti. De Sica, 2010). Es este cine invisible, pobre y tosco, conmovedor en su impericia técnica y creativa, el que en ocasiones consigue dar con soluciones tan epatantes, sorprendentes y arriesgadas, que son capaces de medirse sin titubeos con las de los grandes maestros.

Han pasado ya varios meses de esto y no echamos demasiado de menos a las putas tristes y los yonquis vivientes de la calle 42. Nuestro inframundo tal vez no quede tan bonito en las fotografías en blanco y negro de los libros de culto, pero nos espera a la vuelta de la esquina y forma parte de nuestra identidad cultural lo queramos o no. Por eso tendemos casi siempre a infravolarlo en menor o mayor medida, mientras soñamos con rascacielos y cines infestados de gente de la peor ralea. A bote pronto, se me ocurre una buena solución: propongamos una síntesis aberrante que sólo quepa en nuestra cabeza: ¡Lo que habrían hecho Richard Kern o Nick Zedd en su momento con Juan Rosa y Manuel Sarriá!