Tuve la suerte de conocer a Leslie Nielsen hace apenas un año, en la rueda de prensa de Spanish Movie (Javier Ruiz Caldera, 2009). Aquel hombre canoso que miraba con extrañeza al resto del reparto y alucinaba un poco con la interpretación musical del grupo Alameda de Osuna, era el mismo que en el contexto de una de sus películas habría precipitado una estrepitosa sucesión de equívocos y trompazos. Parecía perdido, un poco desconcertado. Una vez finalizada la ronda de preguntas, previa mediación de una amiga, logré secuestrarlo en un aparte para estrecharle la mano. Se mostró muy amable. Impulsado por una petulancia casi adolescente, aproveché aquel momento para interrogarle sobre la tragedia que envuelve toda experiencia humorística. Le inquirí, echando mano de mi raquítico inglés, acerca de la influencia de su humor sobre la melancolía y el cinismo de mi generación, sobre las cualidades curativas del gag físico, la esencia de la postcomedia, el componente deconstructivo de sus películas y la valía de sus supuestos continuadores. Casi con la lengua fuera después de mi aburrida perorata, esperé su respuesta con un temblor de rodillas. Él me miró con fijeza —parecía francamente interesado—, se inclinó suavemente hacia mí y se tiró un cuesco. Inmediatamente, admiré aquel fabuloso dominio del tempo. Pero no; estaba haciendo trampas: llevaba camuflada una maquinita de pedos.

Ha sido el tiempo lo que me ha ayudado a comprenderlo todo. El pedo es una parte importantísima del discurso. Un discurso que ahora queda un poco huérfano con la muerte de Leslie, y nos deja a todos un poco tocados. Se nos va, pues, todo un terrorista del humor para paladares refinados, con una trayectoria, como sus propias comedias, no desprovista de accidentes, tropezones y caídas al vacío. El mismo que, tras rechazar un papel en Ben-Hur (William Wyler, 1959), se ganara a pulso ese huequecito en nuestra memoria cinéfila, junto al ceñido modelito de Anne Francis, con su personaje en la ingeniosa Planeta prohibido (Forbidden planet. Fred M. Wilcox, 1956). El mismo al que, ya en los ochenta, los hermanos Zucker y Jim Abrahams, resucitaran por la vía del caricato y la broma referencial tanto en Aterriza como puedas (Airplane!, 1980) como poco después en Police Squad! (1982), la serie, y Agárralo como puedas (The naked gun. David Zucker, 1988) y sus continuaciones. El mismo que ahora todos recordamos como parte indispensable de la educación sentimental de una generación, la mía y seguramente también la vuestra, que creció a golpe de emanaciones, ventosidades, escandalosos malentendidos y albures de aquí te pillo aquí te mato. Su saber estar, casi de gentleman inglés, y su sempiterna expresión de pasmo ante las situaciones más disparatadas dejan un poso amargo, de inevitable desamparo, una vez difuminada la rotunda eficacia cómica de sus mejores películas.

En Sáinz de Baranda decidimos montar una fiesta en su honor el jueves pasado. Más bien una especie de ceremonia. Nico trajo una ouija y Esme un cojín de pedos. Yo me hice con un smoking y exigí que me llamaran Shirley en todo momento. Incluso cambié mi perfil de Facebook. Violeta tenía serias dudas con lo de la sesión de espiritismo porque le parecía irrespetuosa. No por el hecho en sí, sino porque había pasado muy poco tiempo. Comedia igual a tragedia más tiempo, eso dicen, pero claro, esta vez nos faltaba el factor tiempo. Esme también lo encontraba irrespetuoso. Nico a ratos. Yo también, quizá, un poco demasiado. Una ouija no es la mejor forma de homenajear a alguien con quien hemos crecido, apuntó alguien. Aun así la hicimos. Una ouija de andar por casa, para cumplir y poco más, con velas olorosas de polvete con pretensiones, letras y estrellas sobre una cartulina blanca mal recortada y un vaso con rastros de leche y cereales fosilizados, directamente recuperado del fregadero.

Precisamente, leo en un estado del Facebook que Nielsen era un representante del Hollywood más cutre. No sería un problema si estas afirmaciones tan palurdas sólo tuvieran cabida en el Facebook y no salieran de allí. Pero no, a veces dan con las rendijas adecuadas y vuelan prestas como el viento. Siempre he pensando que la sofisticación de la comedia ZAZ más clásica, pese a la multiplicación de sus hijos bastardos, era cualquier cosa menos cutre: era rompedora, elegante, iconoclasta, milimétrica, salvaje y brillante; nada que ver con el cutrerío de, sin ir más lejos, nuestra ouija. Pero no. Supongo que los chistes de pedos te marcan de por vida y acaban por pasarte factura. Y hacer 2001, despega como puedas (2001. A space travesty. Allan A. Goldstein, 2000) y Golfos de broma (S.P.Q.R. 2000 e ½ anni fa. Carlo Vanzina, 1994), también, claro. Todos tenemos, en fin, nuestros más y nuestros menos.

Empieza la sesión, noto como los dedos de Violeta tiemblan sobre el tablero de la mesa. Nico, por su parte, ya se ha quitado la ropa. “Te has pasado. Esto es una sesión de ouija, no una orgía”, le digo, pero no me hace caso. ¡Tenemos tantas cosas que preguntarle al maestro! ¿Le tiró usted los trastos a Kathleen Kinmont en el rodaje de Asegúrate como puedas (Safety Patrol. Savage Steve Holland, 1998)? ¿Podía preverse la maldad futura de Aaron Seltzer y Jason Friedberg durante Espía como puedas (Spy Hard. Rick Friedberg, 1996)? ¿Qué opina de que una infantilada como Surf Ninjas (Neal Israel, 1993) fuera clasificada para adultos en nuestro país? ¿Qué tipo de conversaciones mantuvo con Rik Mayall en los descansos de Esquía como puedas (Kevin of the North. Bob Spiers, 2001)? ¿Cómo consiguió que en su carrera el humor avanzara con precisión, casi diría que equilibradamente, de lo más sutil a lo más burdo, de lo elegante a lo grotesco y de lo pueril a lo adulto, sin apenas requiebros, desbarajustes o daños irreparables?

Cuando empezamos a meternos en harina, entra en escena Carmelo, otro de mis compañeros de piso. Carmelo trabaja en El Corte Inglés y es experto en ocultismo. Lleva haciendo la ouija desde los siete años y asegura que su peor momento fue aquella noche que invocó a Cupido (joder, el puto Cupido, lo que nos hizo pasar…) Yo, confiado, creo que se va a unir a la fiesta cuando lo que hace es agarrar nuestra cartulina esotérica y partirla en dos. Luego arremete contra el vaso y lo arroja al suelo con violencia. Del vaso sale un humo de pelo blanco. Atónitos ante lo sucedido, nos sentimos como niñas de un colegio de Vallecas. Carmelo suelta un speech que escuchamos sólo a medias y que parece tener que ver con que aquello no es un juego, que respetemos el mundo de los muertos, etcétera, etcétera. Acto seguido vuelve a encerrarse en su habitación.

Esme está desquiciada.

Violeta con taquicardia y tembleque.

Yo, con muchas ganas de ir al baño.

Nico, desnudo y reposeído.

Sólo se nos ocurre una cosa. Poner una película. Una película de Leslie, por supuesto. Es lo único que podemos hacer para apaciguar la furia de su espíritu. Quizá demostrándole que somos verdaderos fans deje en paz nuestra casa y, de paso, nuestras almas.

Propongo Stan Helshing (Bo Zenga, 2009), sin demasiado éxito. Con mucho gusto reivindicaría ésta y casi cualquiera de las citadas arriba, o incluso Camouflage (James Keach, 2001). Pero no, había que ir más allá, palabras de Violeta, rebuscar entre los desechos, escarbar un poco, abrir el cofre de las joyas perdidas… Lo hacemos y, al poco rato, desempolvamos The creature wasn´t nice por unanimidad.

The creature wasn´t nice (literalmente, “la criatura no era agradable”) es una parodia de las películas de ciencia-ficción, tanto de las clásicas como de aquellas que eran recientes en 1983, con Alien, el octavo pasajero (Ridley Scott, 1979) a la cabeza. Esto demuestra que Nielsen empezó a entremezclar comedias distinguidas con subproductos de serie Z desde un momento muy temprano, poco tiempo después de sus primeros éxitos en la comedia.

Que nadie dude de que me encantan los ZAZ y sus películas. Pero aquí estamos para hablar y defender los subproductos de Nielsen, su generosa contribución a las cuadras de la serie Z. Aquí estamos para hablar de The creature wasn´t nice. Su título alternativo, Naked space, la confirma como el exploit oportunista de los Zucker que nunca deja de ser. Ya sé que como parodia espacial a muchos les basta y les sobra con Dark Star (John Carpenter, 1976), que cargó aquí con el título, igualmente oportunista, de Aluniza como puedas, pero esta pequeña locura cuenta con méritos, y encantos, propios, más aún vista con el paso de los años.

¿Razones, por lo menos, para respetarla? Sus responsables son gente talentosa y, sobre todo, simpática. Bruce Kimmel tras la cámara y Cindy Williams como estrella absoluta. No quedaba tan lejano el recuerdo de la divertida The first nudie musical (Kimmel y Mark Haggard, 1976), donde Kimmel y Williams habían estado mucho más finos, y alguna de las numerosas bondades de ésta se dejan entrever aquí. Y, en solitario, Kimmel colaboraría en el borrador original de una de las últimas películas de culto del siglo pasado: The faculty (Robert Rodriguez, 1998).

The creature wasn´t nice cuenta con un encanto francamente incómodo, propio de aquellas películas que abordan el universo del humor absurdo, o directamente de la parodia, desde unas más que evidentes limitaciones presupuestarias. Ejemplos al tuntún: 13 asesinatos y medio (Student bodies, Mickey Rose, 1981), Hysterical (Chris Bearde, 1983), Reina Zanahoria (Gonzalo Suárez, 1977), Culpable ¿de qué? (Albert Saguer, 1994)Así, los chistes de la película a veces funcionan por agotamiento, otras por casualidad, y la mayoría de las veces no funcionan. Es una pena porque la historia plantea una serie de situaciones disparatadas que parecen diseñadas para un gozoso desparrame del humor más garrulo… que sé da, sí, pero de una forma demasiado blanca, demasiado tontorrona y hasta, si me apuran, aburridilla. Hay secuencias tan estiradas y enervantes como la representación del concurso de talentos en pleno viaje interestelar, mala manera de llenar metraje poniendo a prueba la paciencia del espectador. Para bien, tenemos las réplicas de Nielsen, bordando su papel de capitán, las habilidades de Williams como scream-queen (que da lugar a uno de los gags más afortunados) y, sobre todo, la aparición final del monstruo cantando la desopilante I want to eat your face. Quizá sea este el momento que consiga justificar desde una óptica exigente (es decir, complicidades aparte) el visionado de la película, al margen de constituir un eco tímido y de acuerdo, prematuramente envejecido, de otros números similares con la firma de Kimmel —los tronchantes Lesbian, butch, dyke o Pervision— incluidos en The first nudie musical.