Los niños de mi generación estarán marcados a fuego hasta el fin de sus días por la visión de ciertas películas infantiles que, partiendo de la turbia imaginación de algunos cineastas todoterreno, consiguieron dar gato por liebre a las madres y situar sus obras entre el conjunto de películas “para niños” que por entonces llegaban de más allá de nuestras fronteras. Se lo comentaba el otro día a Nico camino del hospital Gregorio Marañón: no es lo mismo que tu más temprano recuerdo cinematográfico, aquel que por vez primera desperezara emociones verdaderas, tenga que ver con Dumbo, Buzz Lightyear o la madre de Bambi, que guarde relación con el vuelo final de Lolo García en Tobi (Antonio Mercero, 1978). Lo primero está pensado para formar hombrecitos. Lo segundo propiciará, con toda seguridad, el advenimiento de monstruos. Monstruos de hoy, como nosotros.

Regresamos a casa pronto, ese día, con ánimo de buscar títulos similares que ayudaran a psicoanalizarnos. Y recorrimos con coraje la infrahistoria de nuestro cine, rescatando títulos como Dos y dos cinco (Lluis Josep Comerón, 1981),  Dos pillos y pico (Iquino, 1981), Rocky Carambola (Aguirre, 1981) o El cabezota (Francisco Lara Polop, 1982), y desempolvando las apolilladas filmografías de Marisol, Pablito Calvo, Parchís o las gemelas Pili y Mili. Una tradición muy sugerente que posiblemente tenga su epitafio en una de las películas más biliosas e incomprendidas del cine español reciente: Franky Banderas (José Luis García Sánchez, 2004).

Y ahí es cuando, entre tanto título inquietante generando terroríficos recuerdos, dimos con el que quizá fuera el más extraño de todos ellos: ¡Hola, señor Dios! Su director, Manuel Esteba, tendrá siempre su rincón en la memoria del aficionado por haber dirigido las mejores películas de los hermanos Calatrava y el díptico Trampa sexual / Viciosas al desnudo (1978 / 1980). Años antes del destape, Esteba había empezado su carrera en los parámetros del cine infantil, con El aprendiz de clown (1967), indescriptible joya protagoniza por el payaso catalán Charlie Rivel y un precoz Quique San Francisco. La película obtuvo un cálido reconocimiento nada menos que en el festival de Cannes, lo que influyó sobremanera para que Esteba volviera a España cargado de ambiciones autorales y con ganas de abordar proyectos suicidas y muy personales. No encuentro otra manera de explicar la existencia de este inquietante híbrido entre cine religioso, aventura alegórica y ciencia-ficción. El director, fallecido el año pasado, lo explica en una entrevista realizada por el guionista Diego San José: “No me contrataba nadie porque aquí la gente me tenía miedo. Claro, un tío tan joven que llega a un festival y le dan un premio, o dos, o tres, pues lógicamente la gente me tenía un poco de reparo”.

La primera secuencia de Hola, señor Dios nos presenta a Carlitos Julia, niño algo resabiado y palizas, compartiendo habitación con sus padres y su hermana moribunda, según palabras de la carátula, “desahuciada por la ciencia”. Carlitos da con la loca idea de marcharse a Belén para intentar convencer a Dios de que salve a su hermanita. A su madre, lógicamente, le parece un disparate y lo que hace, por el contrario, es enviar al crío al pueblo en tren, supone uno que para quitárselo de encima. Durante el viaje, Carlitos coincidirá con dos personajes más o menos rocambolescos: una orgullosa señorona muy entrada en carnes y un tipo canoso bastante más amable que le mira raro. El niño les comentará sus intenciones de viajar hasta Belén. Nuevamente, el plan no tendrá muy buena acogida. Carlitos se echará una siestecita durante el viaje, y en este punto arranca la aventura. Esteba jugará durante toda la película, sin llegar a mostrar nunca sus cartas, con la duda entre sueño y realidad, de forma similar a la que su mirada oscila entre el descreimiento cínico y el fervor religioso. Así, aunque vemos como Carlitos cae dormido y la imagen se emborrona, unas escenas más tarde somos testigos de cómo se baja del tren y comienza a callejear, y todo lo narrado a partir de entonces tendrá una atmósfera onírica para caerse de espaldas, un punto intermedio entre el Lynch de Una historia verdadera (The straight story, 1999) y el neorrealismo cañí de Vadja, Nieves Conde o Ferreri.

Y la comparación con Lynch no es tan azarosa, pues la película se convierte en una road movie crepuscular y con su punto sonado. Una road movie en la que su protagonista no dudará en mentir y robar para encontrar el camino hacia Belén. Incluso negará la ayuda a una viejecita que carga con un montón de leña. Cuando comenzamos a aburrirnos, Esteba saca la artillería pesada y nos planta el aterrizaje de un OVNI ante nuestras narices. A los mandos, los tres reyes magos. Baltasar es nada menos que Antonio Machín. ¿Es una broma? No, no lo es. Los reyes embroncarán a Carlitos dándole una lección que es, a su vez, algo así como el mensaje de la película: la humildad es el único camino para ver al Señor, o mejor, el único modo de palpar lo imposible. Pero incluso en este punto Esteba prefiere ser ambiguo y juguetón: Carlitos no verá el Belén real, sino un belén viviente, donde unos actores vestidos de María y José lo acogen y le proporcionan refugio y comida. “En cierto modo si somos realmente José y María, porque así es como nos ve”, dice ella. Esta secuencia se entremezcla con imágenes de la recuperación de la hermana de Carlitos. Fin.

El escritor Hernán Migoya, en las páginas del fanzine Brigadoon del año 2003, definiría este sindiós (perdón por el chiste fácil) de este modo: “Cuento moral (moralísimo) con sentimentalismo extremo, extravagante surrealismo y escenas psicotrónicas inolvidables”. Como fábula sobre el poder de la fe y sus ecos terrenales, es verdad que Esteba queda lejos de la profundidad a la que aspira y se pierde en el terreno del desconcierto. A nadie se le escapa que esta película necesita una retruécano de puñetería para ser todo lo amarga que debiera, pero también es justo reconocer que en ella su autor toca palos muy parecidos a los del Scorsese de Al límite (Bringing out the Dead. 1999) o el Godard de Yo te saludo, María —Je vous salue, Marie!, 1985— (¡seamos incluso más osados! ¿Ese milagro final no nos lleva a un terreno conceptual muy similar al de Ordet —Carl Theodor Dreyer, 1955—?). Por añadidura, la atmósfera general resulta constantemente opresiva y, aunque no hay ningún personaje que pueda tildarse de malvado, algunos son ciertamente antipáticos y la sensación general es de un mundo hostil a ojos de un niño que, por otra parte, tampoco tiene demasiado de inocente. Para curarse en salud, los censores de la época calificaron la cosa como “para mayores de 13 años”.

No es extraño que, unos años más tarde, Esteba acabara dirigiendo porno blando.