En una de las secuencias clave de esta pimpante parodia gala, cuyos logros (discretos, pero con su nosequé) se amplifican con facilidad en la distancia, el espectador asiste atónito a un desfile nocturno de prostitutas que visten atuendos egipcios, túnicas romanas y pelucas a lo María Antonieta. He ahí el eje fundamental de su discurso: un abuso del anacronismo no sólo como figura de estilo, sino como materia prima para la construcción del gag. Vista actualmente, cuando este tipo de recursos ha traspasado la barrera del humor para propiciar la inmediata asimilación de las claves genéricas por parte del público (véase, si no, Águila roja), Dos horas menos cuarto antes de Jesucristo resulta víctima, fulminante, de su propio chiste: ha llegado a ser, en sí misma, una película profundamente anacrónica.

Hablo de distancia ya que mi primer contacto con la comedia de Jean Yanne tuvo lugar siendo muy niño, en las estanterías de uno de aquellos gigantescos videoclubs de los ochenta. El título era fantástico y su humor (seguramente, muchas de su bromas sexuales y sus continuos, casi agotadores, chistes sobre mariquitas se me pasaron por alto entonces) estuvo a la altura de mi limitadísima exigencia. Durante algún tiempo esta película y La vida de Brian (Life of Brian. Terry Jones, 1979) fueron primas hermanas en mi cabeza. Hoy me doy cuenta de que media un abismo entre ambas, y que esta divertida insensatez ni siquiera resistiría la comparación con La loca historia del mundo (History of the World: part I. Mel Brooks, 1981) o con algunas comedias de la saga Carry on! Lo mejor de la función sigue siendo su excelente plantel de actores, encabezados por Coluche, magnífico comediante habituado a torear en todo tipo de plazas, que también cuenta con la presencia de Michel Serrault, en el papel de un César literalmente de culo inquieto. Serrault y Coluche repetirían la bufonada en Dagobertus (1984), escatológica vindicación del Luigi Malerba más grotesco, bajo la batuta de uno de los grandes de la comedia italiana: Dino Risi. Una muy similar confrontación entre clasicismo y astracanada impregna cada plano de esta disparatada historia en torno a un complot para asesinar al César, en el cual se verá envuelto  el protagonista, Ben-Hur Camachus (Coluche), un vivalavirgen, entre nihilista y atontolinado, que pasaba por allí. Una serie de casualidades le harán descender a las catacumbas de Roma, en donde el César se desenvuelve a la perfección en los ambientes gays. Como resultado de un improbable equívoco, Camachus será condenado a muerte, pero justo en su peor momento una feliz circunstancia cambiará su destino: descubre que es el hermano desaparecido de Cleopatra.

Esta sinopsis sin pies ni cabeza, desbaratada y caprichosa, es uno de los principales argumentos que pueden esgrimirse si aceptamos la tarea de defender la película. Los citados anacronismos, más propios a priori de un programa televisivo de sketches pero que en su momento fueron explotados a conciencia por el cine, comienzan a sucederse sin tregua a pocos minutos de iniciado el metraje, y van desde la retransmisión en directo del combate final de los gladiadores a la aparición de una señal de prohibido aparcar en las calles romanas. Alguno de ellos, como la descripción de los lugares de intercambio gay o la mencionada escena nocturna con el grupo de prostitutas, conservan una relativa frescura. Pero es una pena que muchas de sus otras posibilidades queden parcial o completamente frustradas, como por ejemplo, toda la trama política, que tan buen juego diera a los Monty Python y que en este caso no se decide a apostar por el tono de sátira y solventa la papeleta argumental como puede. El doblaje español es respetuoso dentro de lo que cabe, pero no se libra de incluir una gracieta a rebufo del 23F en la escena final o concluir el espectáculo con una canción grabada ad hoc que no me he resistido a rescatar.

En cualquier caso, la irregular función conserva un evidente desparpajo y cierto encanto kitsch arrevistado, un poco de subasta del Un, dos, tres, y su alargada sombra se estira hasta alcanzar recientes taquillazos como Astérix y Obélix: misión Cleopatra (Asterix&Obelix: mission Cléopâtre. Alain Chabat, 2002), una recuperación de su espíritu casi literal, con veinte años de diferencia, lo que hace pensar que, al fin y al cabo, puede que las cosas que les hacen gracia a los franceses no hayan cambiado tanto con el paso de los años.