Los maratones de películas de zombis siempre han concentrado a un público peterpanesco y tierno, cómplice en su asombro —estupefacción, acaso— por el discurrir por los distintos niveles de su paso por el mundo. No es extraño, pues, que los únicos personajes positivos de esta comedia negrísima, amarga y clarividente, sean fans del cine de muertos vivientes. Para su autor, el siempre lúcido y quizá demasiado humano Bobcat Goldthwait, la gente deshonesta se pirra por los musicales y los puros de corazón disfrutan con el esparcimiento de vísceras ajenas en pantalla. No puedo evitar comparar esta tesis con una escena de la película Luna Nueva (New Moon. Chris Weitz, 2009), en el que la mejor amiga de la protagonista declama un discurso diametralmente opuesto, privilegiando a el cine de vampiros sobre el de no-muertos. Este detalle, esquinado pero relevante, ilustra someramente la condición de Goldthwait como nadador a contracorriente no ya del gusto masivo, sino de lo que podríamos llamar la moral de la mayoría. Su cine no sólo es inclasificable, sino también incómodo, porque nos ofrece nuevas perspectivas sobre ideas ya asumidas e interiorizadas, planteando molestos interrogantes y esforzándose en iluminar las zonas más oscuras con una bilis que vira las más de las veces en puro sentido común. Un aterrador sentido común, puntualizamos.

Mientras escribo esto, escucho a una compañera de oficina soltar por teléfono una frase lapidaria y, casi con toda seguridad, hipócrita: “Si hay algo que no soporto es la mentira”. Curiosamente, la defensa de la mentira como medio de redención, supervivencia o catarsis es uno de los temas más queridos de la obra de Goldthwait, especialmente a partir de Windy City Heat (2003), aquel excesivo y monstruoso experimento con uno de los usos de la cámara oculta más crueles que no sólo recuerdo, sino que soy capaz de imaginar. Los perros dormidos mienten (Sleeping Dogs Lie, 2006), por su parte, daba la vuelta a la tradicional comedia romántica con una tesis demoledora: la sinceridad es el comienzo del fin del amor. Unos años antes, Shakes the Clown (1991), su ópera prima, ya daba la nota (discordante) contándonos la tragicómica historia de un payaso contrahecho y autodestructivo. Su última película es perfectamente coherente con todas las anteriores y al mismo tiempo mucho más contundente, arriesgada y oscura, quizá porque indague en terrenos menos habituales y, por extensión, más pantanosos. Hay en ella un cierto poso del Jeffrey Eugenides más acerado, del humor negro de Las vírgenes suicidas que Sofia Coppola, seguramente con buen criterio, diluyó en su adaptación a la gran pantalla hasta casi hacerlo desaparecer. Pero ahí donde el autor de Middlesex prefiere guardar la ropa, a Goldthwait no le importa flagelarse en público.

Su historia es cualquier cosa menos convencional. Un escritor frustrado, profesor de literatura, es además padre de un adolescente engreído, solitario e imbécil. Mantiene una relación secreta con una atractiva profesora de mediana edad demasiado acostumbrada a participar en el juego de las apariencias. La noche que decide presentársela a su hijo, éste se pira al otro barrio mientras se masturba con unas fotos de sus piernas que ha sacado con el móvil, en una asfixia autoerótica que ríete tú de David Carradine. Nuestro protagonista camuflará el hecho en un suicidio, firmando una dramática nota de despedida, y posteriormente unos diarios pretendidamente desgarradores. Así, por un lado, redimirá a su hijo, lo convertirá en ídolo a ojos de del instituto, y, por otro, accederá a su ansiado reconocimiento literario.

Llegados a este punto, es necesario recordar que World´s Greatest Dad es una comedia. Una comedia, eso sí, que no pierde el tiempo teniendo piedad con nadie. Para su autor, los adolescentes son unos seres fatuos, hiperhormonados y manipulables, que se merecen su soledad y marginación, y los adultos, autoconscientes y pretenciosos, henchidos de falsa moral, no le van a la zaga. Goldthwait no deja títere de cabeza: reparte garrotazos a unos y a otros con similar saña, dejando a su confundido protagonista como el único merecedor de algo parecido a una redención final. Aunque se evidencia su simpatía por los desplazados, sus películas están protagonizadas por personajes normales e integrados que, a partir de algún suceso revelador, van descubriendo que quizá las cosas no sean como siempre habíamos pensado que eran. Y cuando hablo de cosas me refiero a perspectivas, etiquetas, valores. Nosotros somos testigos de estos descubrimientos y los acompañamos en su tragicómico recorrido.

World´s Greatest Dad ofrece a Robin Williams uno de los mejores y más complejos papeles de su carrera, y la elección del actor, además de servirle de justa venganza hacia sus papeles más tradicionales, no es en absoluto fortuita. Pocos hubieran podido encarnar con tanto aplomo la humanidad y el desconcierto de su personaje, su progresiva indefensión a medida que avanza en su particular viaje interior con vistas a la galería. Y pocos autores parecen hoy tan valientes como el otrora actor de la saga Loca academia de policía: su cine no sólo ambiciona poner en solfa a una sociedad imposible y estancarse en un cinismo de boquilla, sino intentar cambiar el mundo. Hacerlo más lógico, más habitable. Y tratar a sus espectadores como adultos reflexivos a los que inquirir frontalmente, incomodar y zarandear, en espera de actos y respuestas.