Uno de los (muchos) aciertos de Kick ass: Listo para machacar (Matthew Vaughn, 2010), presente tanto en la película como en el cómic original de Mark Millar, fue equiparar la figura del superhéroe con la del asesino en serie. Esa pulsión que empuja al héroe a salvar el mundo no dista tanto, parecían decirnos sus responsables, de la genuina locura de quien pierde la cabeza y decide tomar la justicia por su mano desde el otro lado. La equidistancia entre el protagonista y el villano no es nueva; es más, casi se ha convertido en un tema recurrente en las últimas aproximaciones cinematográficas al mundo superheroico, no sólo por parte de Millar, sino también de Whedon, Shyamalan o aproximaciones más humorísticas y ligeras como D.E.B.S. (Angela Robinson, 2004) —donde la mala de turno inicia un romance lésbico con la líder de un cuarteto de superchicas— o la curiosa Megamind (Tom McGrath, 2010).

De todas ellas, quizá la de James Gunn sea la aproximación más brillante, arriesgada y rompedora a este respecto. Nos cuenta la historia de Frank D´Arbo,  un tipo normal, apocado y frágil, que ni siquiera puede salvarse a sí mismo. Resulta tan poquita cosa y parece tan desprotegido ante el mundo que sería ostentoso hasta calificarlo de antihéroe. Más bien, es un pobre diablo que sólo tiene una cosa de la que sentirse orgulloso: una mujer bonita a su lado, que se ha aferrado a él como una terapia de choque por su afición a los malos tipos. La película arranca cuando la chica lo deja, regresa a frecuentar las malas compañías y él se vuelve loco. El detonante es el visionado de una ridícula serie sobre un justiciero católico en televisión. Entonces nuestro relativo antihéroe se convierte en superhéroe. En un superhéroe torpe, penoso y violento, interesado en hacer el bien y proteger a los débiles, pero sólo después de recuperar a su mujer.

James Gunn es uno de esos extraños personajes que pululan por Hollywood y que han conseguido canalizar correctamente una vasta cultura popular para aplicarla a proyectos más ambiciosos, que juegan la carta de una supuesta y relativa comercialidad sin renunciar a su personalidad y a una cierta ética independiente, ajena a modas y a concesiones. Zak Penn, Adam Rifkin, Daniel Waters o Trent Haaga podrían ser casos parecidos: marcianos a la sombra de los que de vez en cuando la industria echa mano, pero que casi siempre han sido lo bastante astutos para no vender su alma al mejor postor. Gunn tenía todavía la espinita clavada de que su guión de la fallida The Specials (Craig Mazin, 2000) no funcionara, ni artística ni mucho menos comercialmente, por lo que decidió retornar al universo del superhéroe desde una perspectiva muy personal —se intuye que incluso dolorosamente personal— y cargada con buenas dosis de bilis antisistema y de humor negro, cuyo profundo poso melancólico y el muy trabajado perfil psicológico de los personajes principales evita cualquier tentación autoparódica o, simplemente, un acercamiento más festivo, banal y postmoderno que casi seguramente habría dado al traste con sus más evidentes hallazgos.

Es precisamente esa sentida carga personal, además de la complicidad que el director y guionista muestra hacia sus personajes, lo que evita que SUPER se convierta en un pastiche, por otra parte tan interesante, como Defendor (Peter Stebbings, 2009). Parece evidente que Gunn no le interesa tanto hablar del lugar que ocupa el superhéroe en la sociedad moderna, sino construir una historia acerca de lo duro que es levantarse tras la caída, las consecuencias de la pérdida del ser amado y los imposibles, absurdos —y a la postre inútiles, como subraya la muy coherente conclusión— caminos de su recuperación. Y sobre la delgada línea que separa de la locura a los pocos hombres de bien que sobreviven. Memorable, asimismo, es la composición de Ellen Page como la inseparable compinche del protagonista, una adolescente hiperactiva, dependienta en una tienda de cómics, que se enamora del lado más desquiciado  del protagonista para escapar de una rutina que la envuelve y asquea. La película no se corta a la hora de incluir golpes de humor salvaje y una violencia progresivamente brutal pero nunca gratuita, algunas de las claves de su fracaso comercial y el arqueamiento de cejas general que despertó en algunos sectores de la crítica. Además, Gunn se las ingenia para incluir en medio de la aventura dos de las escenas de sexo más perturbadoras del cine reciente: el primer encuentro entre Liv Tyler y un Wilson que parece pedir gracias a Dios por la oportunidad que el destino le ha reservado, y la inédita secuencia, una violación entre humorística y amarga, que une momentáneamente, y a contrapié, a los personajes de Frank y Libby, ya transmutados en Crimson Bolt y Voltie. Además del espléndido cuarteto protagonista, al que se añade Kevin Bacon como el antagonista de Frank, la película cuenta con pequeños cameos de algunos amigos de Gunn, como Lloyd Kauffman, Michael Rooker o la siempre encantadora Linda Cardellini, lo que refuerza la naturaleza eminentemente modesta, casi amiguetil, de la película.

Quizá SUPER podría haber ido incluso más lejos en su planteamiento, ya que la insistencia en la maldad del personaje de Bacon resulta algo forzada —a quien esto escribe le habría gustado que no hubiera sido tan odioso; sólo una mala persona que comete el error de robarle la chica al hombre equivocado—, así como la breve inclusión de una trama policíaca entorpece algo el desarrollo natural de la historia. Son pegas muy menores para una película de rotunda eficacia, tanto en lo humorístico como en lo conceptual, y rara valentía, condenada a ser malinterpretada por su vocacional naturaleza de rareza a contracorriente. Suerte que los verdaderos entendidos empatizan de inmediato con su esquinada poesía: citando a Tonio L. Alarcón, en las páginas de su imprescindible Superhéroes: del cómic al cine (Calamar Ediciones), “(…) un evidente trabajo de madurez de su director, que llevaba unos pasos más allá —muchos pasos más allá, de hecho— lo apuntado en Kick Ass: Listo para machacar, haciendo que su héroe basculara entre la sociopatía y la esquizofrenia y aun así resultara humano y cercano”.

Y es que, todavía recién inaugurado el nuevo siglo, todos andamos tan perdidos en el laberinto del relativismo, en la doble moral y la crisis de valores, que ya no creemos en la omnipotencia de los héroes perfectos. Necesitamos admirar a hombres y mujeres que reflejen nuestras más temidas carencias y nos recuerden el peligro de ser humanos, demasiado humanos.