El cazador cazado

Hubo un tiempo —hace muchos, muchos años— en que el espíritu que animó nuestras críticas fue el de la inocencia. Si el personaje que sirve como caja de resonancia para el desasosiego moral del espectador en esta adaptación a cargo de John Patrick Shanley de su propia obra teatral, la Hermana James (Amy Adams), confía por igual, cuando empieza a ejercer en 1964 como profesora en una parroquia católica del Bronx, en las buenas intenciones del progresista Padre Flynn (Philip Seymour Hoffman) y la severa Hermana Aloysius (Meryl Streep), nosotros creímos, dando nuestros primeros pasos como cinéfilos, en la pureza de todo cuanto mediatizaba nuestra valoración de las películas. Así por ejemplo, algo tan equívoco como unas nominaciones a los Globos de Oro o los Oscar nos hacía presuponer ilusamente a mediados de los ochenta calidades indiscutibles en Historia de un soldado (1984), Agnes de Dios (1985), Hijos de un dios menor (1986) o Hechizo de luna (1987, comedia escrita asimismo por Shanley); títulos, como tantos otros hoy en el limbo, caracterizados por el pragmatismo formal, el recurso a textos reputados y fórmulas genéricas “de contrastada eficacia”, y la sumisión a intérpretes encantados de explicitar, en esos intercambios de gritos rememorados en los clips previos al anuncio del ganador de cualesquiera estatuillas, la relevancia trascendental del tema que abordaba la película en cuestión.

Ya a principios de los noventa, nuestro ánimo había devenido tan inquisitorial a la hora de juzgar o incluso ningunear este tipo de películas como el de la Hermana Aloysius respecto del Padre Flynn, contra quien carga la religiosa por una posible pederastia que no basa en pruebas firmes sino en su experiencia. Inquieta constatar cómo el relativismo consustancial a esa posmodernidad que ha azotado y sigue azotando cine y crítica, se ha mostrado tan magnánimo con las más pintorescas menudencias, y tan intransigente en su apreciación de películas consideradas hitos de la temporada por las autoridades académicas. Uno comparte hasta cierto punto el revanchismo que esconde esa actitud: ¿Quién no se echa las manos a la cabeza recordando que iconos pop de nuestros tiempos como Apocalypse Now, Terciopelo Azul, Uno de los nuestros y Pulp Fiction fueron menospreciados en su momento por los supuestos connoisseurs a favor de artefactos tan obvios como Kramer contra Kramer, Platoon, Bailando con lobos o Forrest Gump? Pero, del mismo modo que la Hermana Aloysius comete el error de manipular y mentir con tal de que ver corroborada su convicción sobre la culpabilidad del Padre Flynn y, con ello, siembra inadvertidamente la duda que tanto minusvaloraba en su propio corazón, ¿no es menos cierto que nuestra permanente búsqueda crítica de la heterodoxia nos ha llegado a jugar malas pasadas, atrapándonos ocasionalmente en el callejón sin salida de lo inconsistente y lo injusto?

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En pleno siglo XXI, el cine “de prestigio” sigue gozando de buena salud pese a que, como el Padre Flynn en el desenlace de La duda, parezca haber tenido que renunciar a la posición de primacía cultural que ostentaba hasta hace poco, víctima de su reiteración en los mismos errores y de la inquina con que se ha cargado contra él. Una vez puesto en su sitio, revisemos con calma nuestras actitudes y recuperemos como arma esencial de nuestros análisis la duda metódica. Lo cual, hablando del film de Shanley, hace exacta justicia a sus postulados, reacios a brindar asideros ciertos, como también sucedía en las recientes Zodiac y El Intercambio.

No solo en cuanto a las motivaciones de los personajes y el trasfondo de los hechos. También en lo relativo a la puesta en escena: Shanley siembra los enfrentamientos entre el Padre Flynn y la Hermana Aloysius de signos —bolígrafos, corrientes de aire, bombillas fundidas, gatos, ratones— que nos ponen sobre aviso sin que podamos concretar el origen de la amenaza; hasta que, cuando alzamos la escopeta y guiñamos el ojo para focalizar la presa, que mentalmente ya hemos despellejado, catalogado y expuesto en nuestra vitrina de piezas cinematográficas, descubrimos que estábamos a punto de disparar contra nosotros mismos. Las expectativas, los prejuicios, las sospechas que albergáramos sobre La duda antes de verla y a lo largo de gran parte de su metraje, saltan en pedazos gracias a su inspirado manejo de la ambigüedad, dejando suspendida sobre el crítico una única y paradójica certeza: la de que, escribiendo sobre cine, no basta con reafirmarse en los gustos contrastados por la costumbre, ni con transmitir a los demás lo que nosotros mismos creemos saber. Sino que resulta obligado violentar una y otra vez nuestros dogmas, aun a costa de perder la fe en todo aquello que nos ha convenido profesar por ocupar un lugar en el sol o entre nuestros pares más apreciados.