Rutinario discurso sobre la diferencia

Un chico llama por teléfono a Harvey Milk. Éste no lo conoce, pero el joven desea pedirle ayuda: es homosexual, sufre el rechazo de su familia, e incluso está pensando en el suicidio. Milk sólo acierta a decirle que huya. En ese instante, Gus Van Sant introduce un plano general por el que descubrimos que el chaval está sentado en una silla de ruedas. Es sólo un breve momento de Mi nombre es Harvey Milk, pero tal vez sea suficiente para dar una idea de las características básicas de la última película de Gus Van Sant.

Mi nombre es Harvey Milk es un alegato sobre el derecho a la diferencia proclamado con un estilo que ensalza lo normativo. Y ésta es una contradicción insalvable en que la película no puede evitar naufragar. Mezcla de biopic hagiográfico y crónica de una época, los años setenta y la lucha por los derechos de los homosexuales emprendida por Harvey Milk y un grupo de acólitos, el film convoca todos los convencionalismos de un cine superficialmente reivindicativo.

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Mi nombre es Harvey Milk resulta, pues, una cinta de compromiso dentro de la carrera de su director. Si en películas como Drugstore Cowboy (1989) o Mi Idaho privado (My Own Private Idaho. 1991) nos habla de personajes marginales a través de modos igualmente marginales, en Mi nombre es Harvey Milk nos cuenta la lucha por integrarse en la sociedad de un colectivo secularmente perseguido. Entonces,  ¿es la vocación proselitista, incluso populista, de Milk, su afán de llevar sus reivindicaciones al mayor número de personas posible, lo que explicaría la elección por parte de Van Sant de un estilo más accesible? Si es así, más que como un gesto de coherencia, me parece una muestra más de la escasa distancia, del tono hagiográfico, con que Van Sant nos ha narrado la vida y milagros de Harvey Milk, de la subordinación del director a los rasgos más definitorios de su personaje. Desgraciadamente, la película se parece a los discursos de su protagonista.

Milk narra su historia a un magnetófono, consciente de la posibilidad de su próxima muerte. No se trata, pese a lo que pudiera parecer en un principio, de una referencia a Perdición (Double Indemnity. Billy Wilder. 1945) y a su aliento fatalista. Amparándose en el hecho de que, en efecto, Milk realizó estas grabaciones como posible legado ante un posible asesinato, debido a las amenazas de muerte que empezó a recibir, Van Sant recurre a este tradicional recurso narrativo para apuntalar el carácter de mártir con que el director retrata a su protagonista, un procedimiento revelador de esta escasa distancia de que hablaba unas líneas más arriba y que contribuye, entre otras razones, a anular el eventual interés que podría haber tenido este proyecto.

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Son suficientemente conocidos los vertiginosos vaivenes que ha atravesado la obra de Van Sant. En breve: unos inicios vinculados a cierto cine independiente, de los que pasó a un cine descaradamente mainstream para, en un nuevo giro radical, realizar una tetralogía de films con un estilo rigurosísimo, de una radicalidad formal notable, y con el cine de Bela Tarr en la cabeza, que lo han encumbrado como uno de los cineastas de mayor prestigio de los últimos años. En este contexto, resulta natural preguntarse qué papel juega el último film de Van Sant en esta fluctuante trayectoria. Si parece indudable que Mi nombre es Harvey Milk está más cerca de El indomable Will Hunting (Good Hill Hunting. 1997) que de Last Days (2005), temáticamente la película tiene unas implicaciones muy cercanas para su director, vinculando la película —repito: sólo temáticamente— a su interés por la vida, frecuentemente conducida a la marginalidad, de los homosexuales en la Norteamérica contemporánea, ya mostrada en algunos de sus primeros films. Si bien es cierto que esta neta clasificación del cine de Van Sant por etapas no responde del todo a la realidad, y que los puntos de confluencia entre ellas no son pocos, también lo es que existen trascendentales diferencias estilísticas —en algunos aspectos incluso radicales divergencias— entre cada una de ellas.

Pero ni siquiera como film «de estudio», de narrativa más clásica y que deja cualquier tipo de ruptura para mejor ocasión, Mi nombre es Harvey Milk resulta satisfactorio. Si se pretende contar una historia, y poco más, lo menos que se puede pedir es que se haga bien, y Van Sant está lejos de hacerlo en esta ocasión: nos encontramos ante un filme confuso, que no sabe otorgar entidad a los personajes secundarios —ni siquiera a los que en principio son más relevantes—, previsible y superficial. Si en films como Psicosis (Psycho. 1998) o —parcialmente— Todo por un sueño (To Die For. 1995) Van Sant supo conciliar sus inquietudes experimentales con las demandas comerciales, en Mi nombre es Harvey Milk las primeras están ausentes y las segundas son absolutamente decepcionantes.