“Lo que queremos es vivir… si nos dejan” (Las vírgenes suicidas)

¿Quién no es hoy un superhéroe o, en su defecto, un supervillano? Uno mismo, funcionario de mediana edad por las mañanas, lleva bajo pseudónimo una doble vida como crítico online vespertino, desfaciendo los entuertos valorativos de los admiradores de Park Chan-Wook, M. Night Shyamalan y Pedro Almodóvar. Y eso que nuestros poderes son ínfimos en comparación a los de esas ninfas que pueden a la vez chatear, burlar a sus padres, hablar por el móvil, practicar pilates, aprobar la E.S.O. y atiborrarse a mamadas, y a los de esos amigos suyos que combinan sin problemas el asesinarlas con terminar el módulo de talasoterapia, hackear cuentas bancarias y combatir implacablemente la infección que les ha provocado el piercing en el escroto.

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Ya hemos dejado constancia en algún otro lugar de la siguiente idea: el auge actual del género superheroico, ligado al de los efectos digitales, no responde a un escapismo alienante, como dan a entender los apóstoles fanáticos del «naturalismo cinematográfico» -a estas alturas una impostura tan endeble como la de hacernos creer en lo natural de ese caldo que sabe «como el que hacía mi abuela [¿Rossellini?]»-; sino que constituye, por el contrario, una adecuación alegórica de parámetros dramáticos y audiovisuales ya inoperantes a la sensibilidad de un nuevo tipo de espectador, que no se reconoce en las presentes convenciones ideológicas sobre la realidad y su representación. Jeffrey Eugenides y Sofia Coppola ejercieron como portavoces pioneros de esa sensibilidad: «Las hermanas Lisbon quisieron hacerse cargo de decisiones que conviene dejar en manos de Dios. Se convirtieron en criaturas demasiado poderosas para vivir con nosotros, demasiado ególatras, demasiado visionarias […]». Es exactamente lo que transmiten Nick (Chris Evans), Cassie (Dakota Fanning) y Kira (Camilla Belle), los protagonistas de Push; jóvenes kinéticos, videntes, manipuladores de mentes ajenas, que no aceptan plegarse a los designios de su propia divinidad, una agencia secreta del gobierno estadounidense que ha experimentado con ellos y sus mayores y pretende que usen sus poderes a su servicio.

Para escapar definitivamente a esta persecución, a ese ojo en el cielo que ha hecho de ellos criaturas desterradas del paraíso cuyos poderes apenas les procuran sobrevivir en el día a día, Nick trama un plan que dinamita la estructura narrativa de Push: reparte una serie de instrucciones a sus compañeros de aventura que tanto ellos como el espectador desconocen, y que deberán ser aplicadas a partir de cierto momento. Si hasta entonces la película transcurría como una mutación teen de La casa de bambú y otras muestras de noir exótico, con un retrato de Hong Kong muy deudor de Wong Kar Wai -habrá que hablar en otro momento del director Paul McGuigan (Wicker Park, El Caso Slevin), de su estilización formal y su interés por tramas y personajes desestructurados-, cuando se pone en marcha la dramaturgia orquestada por Nick entramos en una dimensión desconocida, abstracta, de parajes desolados e inmuebles en construcción: la suya. «No sé por qué os empeñáis», comenta despectivamente el paternalista agente Carver (Djimon Hounsou) a los chicos, «ya sabéis cómo termina esta historia». «Vamos a cambiarla», responde Cassie. Y lo logran.

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Sin ser una película extraordinaria, pues adolece de numerosos tics trendy y no es consciente en casi ningún momento -al igual que la reciente Wanted– de sus posibilidades, Push sirve como ejemplo fascinante de un cine para ese sector de público que, como ha señalado nuestro compañero Roberto Alcover Oti en su artículo “Killin’ Nazis”, publicado en este mismo medio, «quiere saber de todo, quiere formar parte de todo, pero en el fondo está perdido en su propia ignorancia vital. De ahí la búsqueda de un algo […]». Un algo, añadiríamos nosotros, que se está forjando de manera instintiva, reciclando materiales de derribo -tanto da si el nazismo o “Los Lunnis”- a través de un vórtice de luz y color en el que no hay arriba ni abajo, izquierdas ni derechas, discursos ni constricciones, y del que emergen púberes con las piernas muy abiertas, duelos con pistolas guiadas por telequinesis, peces que explotan como hermosas flores de sangre, y pupilas que se dilatan monstruosamente intentando averiguar qué hay más allá, más allá de todo esto.