Elogio de la soledad

¿Recuerdan la mítica escena de Arrebato (1980. Iván Zulueta) en la que Pedro (Will More) le enseña a José (Eusebio Poncela) un viejo cómic en cuyas páginas solía recrearse de niño? Pues durante el visionado de El brau blau tuve una experiencia parecida a la de la película de Zulueta, ya que los planos en los que el protagonista del film dirigido por Daniel V. Villamediana se dedica a ingerir alimentos en solitario en una pequeña cocina me retrotrajeron a la viñeta de un tebeo que no conservo y del que no recuerdo ni el título ni el autor, pero del que aún guardo una imagen no por lejana menos viva: En aquel dibujo, un joven que viajaba por parajes inhóspitos se refugiaba del frío, solo en una cueva y a la luz de una diminuta hoguera, mientras consumía una escudilla de sopa. Recuerdo haber leído aquel cómic muchas, muchísimas veces, y siempre me detenía en aquella imagen que mostraba a un hombre aislado en un pequeño nido, sobreviviendo con lo básico y a salvo de las inclemencias del mundo exterior. Sobre todo, me resultaba reconfortante y excitante imaginarme a mí mismo en aquella situación. En las mencionadas secuencias de El brau blau, la frugalidad de las viandas, compuestas básicamente de pan (y los sonidos que acompañan a su masticación), jamón, aceite y vino (servido, detalle importante, en un pequeño vaso), así como lo despojado de la estancia, me llevaron a reconstruir, unos veinte años después, aquellas sensaciones tan importantes en mi infancia. Y en ambas estampas hay un denominador común crucial: La soledad.

Hace poco más de una década comencé a compilar una colección de aforismos y reflexiones propios que ya supera las dos centenas. Uno de ellos, el número 29, dice así:

«En nuestros días [i] se habla mucho del «problema de la soledad», cuando el verdadero problema no es sino el vacío interior de la mayoría de las personas. La soledad sólo saca a relucir esa pobreza espiritual.»

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Pasado el tiempo, sigo opinando exactamente igual, y la «soledad» se ha ido convirtiendo, cada vez más, en un auténtico demonio a evitar en un mundo cada vez más caracterizado por la sobreabundancia de estímulos visuales y sonoros, por la búsqueda continua de actividades grupales que compartir en compañía. La proliferación de teléfonos móviles o, en Internet, de plataformas como Facebook o Tuenti, cumple la función de seguir uniendo virtualmente a las personas y elimina, respecto a generaciones humanas anteriores, las «desconexiones» temporales que la distancia imponía regularmente entre los amigos. Ahora todos están prácticamente siempre ahí, «conectados» a nosotros de un modo u otro, incluso cuando están lejos corpóreamente hablando. La tranquilidad del retiro, el aislamiento o el paradero desconocido es, pues, cada vez más difícil de alcanzar hoy día, si bien no parece haber demasiadas personas (sobre todo entre la juventud) con este tipo de inclinaciones. Una propuesta como El brau blau se sitúa completamente a contracorriente de la tendencia general, y supone un refrescante soplo de aire fresco en tanto su personaje prácticamente no se comunica con nadie y se refugia en un entorno en el que sólo se perciben la imagen y los sonidos de elementos naturales. Nada de contaminaciones e histerias. El protagonista aprovecha su separación física y tecnológica del resto de personas para indagar, con una seriedad asociable a la que ponen los niños pequeños en sus juegos, en su personal (y obsesiva) relación con la tauromaquia. La cámara de Villamediana le acompaña en sus privadas andanzas, desmitificando de paso el concepto de soledad como algo aborrecible.

Pero plantear un comentario sobre un film como El brau blau sólo en función de una de las particulares reflexiones que puede generar su visionado no hace justicia a una película que tiende puentes con pingües ideas y concepciones artísticas de distinta índole. Por poner un ejemplo, la forma en que los textos irrumpen en la acción, postulándose como guías conductuales para el personaje, hace pensar en Ghost Dog, el camino del samurai (Ghost Dog, 1999. Jim Jarmusch), una película que también combina espiritualidad y acción. Por poner otro, el modo -inexplicado- en el que Villamediana presenta la dolencia física que experimenta el personaje en buena parte del metraje puede recordar a The River (He liu, 1997. Tsai Ming-liang), donde otro ser humano solitario y misterioso (Lee Kang-sheng) también termina arrastrando visibles afecciones corporales. Además, hacerlo sería olvidar que, ante todo, El brau blau es una película esencialmente entretenida, intrigante y a ratos realmente divertida, la cual, aunque en ningún caso acude al artificio para llamar la atención sobre sí misma, ofrece, como algunas de aquellas viejas películas norteamericanas de serie B, una secreta riqueza en poco más de una hora de metraje.

Nota: El presente texto fue redactado en medio de frenéticos quehaceres no relacionados con la escritura, amén de insoportables interrupciones continuas ajenas a mi voluntad. Ruego, pues, benevolencia al lector.


[i] El escrito data de 1998.