Cine vivo y contemporáneo

Al terminar de ver este drama romántico, me asaltaron dos reflexiones casi automáticas. La primera, relacionada con su director, y la segunda, con la estructura general del cine mundial y el futuro del séptimo arte.

En cuanto a Boyle, al que no estimo globalmente demasiado aunque tampoco me parece un cineasta despreciable (28 días después era un filme eficaz y a ratos brillante), creo que se ha encontrado con un cúmulo de casualidades que favorecen su modo de entender la puesta en escena. Así, la profusión de planos picados y contrapicados contribuyen muy bien a comunicar el caos y la desestabilización social y emocional que domina en las escenas indias; del mismo modo, el montaje frenético con planos muy cortos remite a la huida hacia delante del personaje protagonista, Jamal (Dev Patel). La puesta en escena, por tanto, es mayoritariamente coherente con el contenido del filme, lo que se convierte en su primera virtud, casual o no; en mi opinión es más probable que no sea algo buscado por Boyle, lo cual resulta completamente secundario, puesto que no creo que debamos juzgar intenciones sino resultados, y defiendo la obra terminada como único texto válido para el análisis.

La segunda reflexión tiene que ver con algo que llevo pensando desde hace bastante tiempo, y es lo mucho que me extraña que el cine de Bollywood no haya reventado ya las carteleras de Occidente. Slumdog Millionaire no contiene muchas de las características de ese tipo de cine, pero su final enlaza completamente con sus intenciones y deja el mismo sabor de boca. En mi opinión, se trata de un modo de entender el séptimo arte que, por la importancia otorgada a la experiencia audiovisual, está llamado a formar parte esencial del desarrollo futuro del cine. El filme que nos ocupa es, en este sentido, sin duda, un precedente de la máxima importancia.

Slumdog Millionaire se distancia de la mayoría de las películas que se han visto en 2009, por el momento, porque es un filme enérgico y vital. Partiendo de una idea ingeniosa y conformado mediante un valiente mestizaje visual (televisión, cine, videoclip…), nos propone una superestructura que remite a la clásica división entre el cine que nos ata a la realidad y el que nos permite dejar volar la imaginación. Es, por ello, una obra radicalmente contemporánea (diría moderna, pero es una palabra que me genera ciertas reticencias) y llamada, como ya lo ha hecho, a conectar con la sociedad en la que nace.

El reflejo de la realidad india está, pues, tamizado por la visión de Jamal, que está a punto de convertirse en millonario; esto hace plenamente coherente que esa visión subjetiva mezcle la dureza de las experiencias vividas en un país pobre y maltratado socialmente con una cierta idealización visual que, por otra parte, nos enfrenta como espectadores a otra realidad, la de nuestra hipocresía occidental: fuertemente concienciados con la solidaridad, pero ávidos y encantados turistas de lujo.

Y, además, el filme contiene, en este ámbito, una idea de envergadura mayor: la globalización y algunas de sus consecuencias. A ello nos remiten las imágenes del call-center masificado donde operadores mal pagados y trabajando en condiciones lamentables atienden llamadas de clientes del primer mundo (con la idea de la deslocalización implícita); al mismo concepto nos acerca la semejanza de las imágenes del concurso ¿Quiere ser millonario?, casi exactas en las diferentes versiones de las televisiones de todos los países y que interconectan al mundo entero; y, por supuesto, esa relación entre Bollywood y Hollywood, que adquiere aún mayor importancia si pensamos en las recientes visitas de productores estadounidenses a India para adquirir franquicias de cine autóctono.

La globalización es uno de los puntos fuertes del filme en lo que concierne a su parte de realidad. ¿Qué idea sólida nos encontramos en relación con su parte de imaginación, de sueño? Una que la convierte quizá en la primera película post-Obama: que todo es posible. Pocas semanas después de que un afroamericano llegara a la Casa Blanca, Danny Boyle presentaba una película en la que un perro callejero de India se convertía en millonario a través de un concurso de televisión. Los cínicos y pesimistas que pocos meses antes de las elecciones en EE.UU. afirmaban que era imposible el cambio coincidirán, probablemente, con los que ahora defienden que el argumento de la película es disparatado. El filme apuesta por el optimismo convertido en realismo y, en cierto modo, los tiempos que corren ayudan a Boyle y a los que creemos en que todo es posible a defenderlo como algo verosímil.

Pero aún existe un tema de Slumdog Millionaire que me interesa muchísimo y que, en cierto modo, engloba buena parte de todo lo que he dicho hasta aquí: la revalorización de la cultura popular. La trama de la película está construida en función de que Jamal recuerda con cada pregunta el momento y la razón por la que aprendió la respuesta; desde este punto de vista, el filme proclama el valor del aprendizaje natural, de aquello que comprendemos mientras vivimos y, muy especialmente, de los recursos que nos ayudan a superar las mayores dificultades. Esto, de rebote, se convierte en un puñetazo en el estómago para quienes defienden la cultura y la educación académicas y, por tanto y muy directamente, para quienes se acercan al cine desde una perspectiva meramente intelectual.

Por todo ello, el último filme de Boyle es una propuesta sugestiva, emocionante y completamente ligada a nuestro mundo contemporáneo. Un filme que es ya histórico por el éxito obtenido, pero que anuncia serlo por más de una razón. Y que podría haber sido excelente, si hubiera llevado la mayoría de sus propuestas a terrenos más radicales: por ejemplo, si hubiese sido un musical de principio a fin. Entonces quizá podríamos estar hablando de ella en otros términos.