Historias cotidianas con tragedia al fondo

A lo largo de los años sesenta las cinematografías de varios de los países del Este conocieron una etapa de renovación cinematográfica, inscrita en el surgimiento de los Nuevos Cines de otros países europeos. De forma paralela al plegamiento autárquico del régimen de Nicolae Ceaucescu en su ortodoxia estalinista, el cine rumano, severamente controlado por una implacable censura, quedó al margen de este momento de renacimiento, o al menos las posibilidades de apertura respecto al esquemático cine oficial, y como consecuencia sus logros artísticos, fueron mucho menores –con excepciones muy aisladas, y algo tardías, como las de Lucian Pintilie, que además se vio obligado a desarrollar casi toda su obra fuera de su país—. Ahora, muchos años después, parece que ha llegado el momento de su definitiva consagración internacional, con directores como Cristi Puiu, Corneliu Porumboiu o Christian Mungiu. Catalin Mitulescu también pertenece a esta generación y el estreno en España de Cómo celebré el fin del mundo, su primer largometraje, tres años después de realizada, parece responder a este reconocimiento que se ha granjeado el cine rumano en los últimos años, principalmente a través de prestigiosos festivales de cine como el de Cannes –donde el propio Mitulescu ganó en 2004 la Palma de Oro al mejor corto con Trafic—.

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Lo que ofrece un film como el que nos ocupa apenas depara sorpresa alguna pero tampoco lleva al hastío o al rechazo. Lo que nos propone lo hemos visto, con las variantes propias de cada país y de cada película, miles de veces: la vida de un pequeño grupo de personajes durante un convulso período de la Historia, la consabida intrahistoria de la Historia. Tal vez falte en él el genio, pero tampoco podemos decir que cierta sensibilidad no comparezca en este retrato de los últimos meses de la dictadura de Ceaucescu, sugeridos a través de las vicisitudes de Eva, una adolescente con deseos de huir del ambiente represivo —social, familiar, escolar,…— en que vive, y a través de las relaciones que entabla con los miembros de su familia —particularmente con su hermano pequeño— y con sus vecinos, especialmente con Alex y Andrei, dos jóvenes de su edad pertenecientes respectivamente a la clase dirigente y a la disidencia al Régimen, todo ello bajo el signo de la metonimia: el ansia de libertad de Eva es el de la población rumana que la llevó furiosamente a las calles a derribar la tiranía de Ceaucescu, y el odio de Lalalilu, el hermano de Eva, hacia éste y su consecuente propósito de matarlo son los mismos que acabaron violentamente con la vida del dictador.

A Mitulescu le interesa menos las circunstancias concretas que llevaron a finales de 1989 a la Revolución Rumana y al derrocamiento, e inmediata ejecución, del dictador que durante cerca de veinticinco años sometió a la población rumana al hambre y la falta de libertad, al miedo instaurado como algo cotidiano por un régimen férreo hasta la asfixia, que evocar la forma de vida de los rumanos durante esos años, en unas tonalidades que van de lo costumbrista a lo levemente grotesco, o a un moderado lirismo, lo que a veces acerca la película al cine de Emir Kusturica –pero también al de compatriotas de Mitulescu como Cristi Puiu o Nae Caranfil— pero en un tono más contenido. En definitiva, un cine de estirpe realista que no descarta la poesía, si bien en ocasiones buscada por Mitulescu de forma un tanto forzada. Y es que es el realismo –aunque casi siempre combinado con otros elementos estilísticos— uno de los pocos rasgos que comparten la mayoría de cineastas rumanos de esta generación, en los cuales tal apuesta realista asume los perfiles de un acto de recuperación de la memoria de su país y de oposición al anterior “realismo socialista”: frente a la imagen falsificada y oficialista que durante décadas se ha proporcionado desde las instancias del Poder de la vida y la historia de su país, ahora el objetivo es mostrar con mayor fidelidad cómo era la vida en Rumanía durante aquellos años, por lo que no es extraño que abunden en la obra de estos directores las ficciones desarrolladas en un pasado reciente.

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A pesar de narrar los últimos meses de una dictadura que marcó indeleblemente la vida de los rumanos de varias generaciones, Cómo celebré el fin del mundo está traspasada por un indudable tono nostálgico: si bien el hecho de que la película se centre en sus minutos finales en la caída de la Dictadura podría explicar una visión algo más amable de aquel tiempo, no debemos olvidar que esos días estuvieron marcados por una gran violencia que provocó cientos de muertos, siendo el rumano el único régimen comunista de los países del Este que acabó de forma sangrienta. Sin embargo, las elecciones estilísticas y narrativas de Mitulescu van por otro camino y de hecho lo más destacable de la cinta es el acento desdramatizado con que está contada, una narración discretamente elíptica, interesada menos en analizar los comportamientos de los personajes, preocupada menos en un psicologuismo elemental, que en proponer un relato atravesado por pequeños vacíos que permanecen en un fuera de campo que parecería completar ese telón de fondo, siempre en segundo plano pero siempre presente, que acaba siendo configurado por la tensa situación del país en esos días, por el clima imperante de miedos y odios latentes, y en especial por la omnipresente figura de Ceaucescu –en coherencia con el régimen personalista que éste instauró y, paralelamente, reflejo del modo en que durante ese tiempo la mayoría de los rumanos presumiblemente vivieron esos años: un odio también personalizado—: estos casi inapreciables “vacíos narrativos” diseminados por el relato a modo de agujeros negros que lo hacen algo menos inteligible y algo más misterioso de lo que podría parecer en un principio, resultan al cabo la mejor representación, más que cualquier imagen explícita del horror, de un tiempo y un país abismados en el sinsentido y la anacronía, situado él también en un agujero negro de la Historia Contemporánea que finalmente le llevaría a la desaparición.