Los abrazos rotos

Como Harry Caine/Mateo Blanco (Lluís Homar) en Los abrazos rotos (Pedro Almodóvar, 2009), Zack Brown (Seth Rogen) comprende en los últimos minutos de ¿Hacemos una porno?, octavo largometraje de Kevin Smith, que las películas hay que terminarlas como sea. Aunque ni Almodóvar ni Smith parezcan referir ese desvelo a las ficciones que ruedan sus álter ego, meramente utilitarias, sino a las que viven, cuyos desenlaces son ejercicios de catarsis creativa: Los abrazos rotos y ¿Hacemos una porno? expresan con un optimismo no muy verosímil que la realización cinematográfica basta para redimir existencias abocadas en sí mismas al fracaso.

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El problema es que ambos directores se regodean en un onanismo interpretativo que anula cualquier posibilidad de redención para sus filmografías. Ninguno de ellos se detiene ni un instante a preguntarse si tiene relevancia el laberinto de espejos que ellos mismos han construido con sus más recientes propuestas, y en el que se fraguan reflejos distorsionados de sus etapas primeras y más fructíferas, aquellas en las que aún se presumía que tenían algo que decir.

Por supuesto, hay innumerables diferencias entre Almodóvar y Smith; la más evidente, que el segundo no puede ni quiere ir de autor, lo que hace más soportable para el espectador la constancia aplastante de su esterilidad. Mientras Almodóvar trampea en el estante de la Filmoteca FNAC intentando colar sus propias películas entre las de Ray, Malle y Rossellini, con las que nos ha dejado claro hay que hermanar las suyas, a Smith le  basta con santiguarse frente al pack extra platinum de la saga Star Wars, preguntarse ansiosamente cómo lo hizo John Hughes y cómo lo hace Judd Apatow, y seguir masturbándose con la Traci Lords de los cardados. Uno y otro comparten, en cualquier caso, la condición de exponentes de esa democratización posmoderna del cine acaecida hace cuarto de siglo, que ha desembocado en un círculo vicioso de reciclaje autista.

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Así, en ¿Hacemos una porno?, Kevin Smith demuestra estar atrapado sin posible escapatoria mental entre el suburbio white trash y las zonas de servicio de las grandes ciudades. Escenarios metafísicamente desolados por los que pululan transeúntes —¿cabe hablar siquiera de habitantes?— que soslayan su desesperación y sus coqueteos con la miseria a través de diálogos cuya chispeante incorrección política es un modo de rebelión sofista, y de ilusiones fruto de la alienación más embrutecida: sexo, cultura basura, negociejos, romances propios de series para adolescentes.

Puede que algunos de estos zombis, como Zack y su eterna amiga Miri (Elizabeth Banks), tengan la suerte de escapar a un destino previsiblemente calamitoso con ideas tan estrambóticas como la de rodar una película pornográfica de aficionados; al fin y al cabo, a Smith le sucedió cuando rodó Clerks (1994). Pero, a la postre, eso no arreglará nada: tanto las criaturas de ficción como su demiurgo han satisfecho sus expectativas de acuerdo con unos parámetros tan pobres, que no cuesta nada imaginar a Miri y Zack echando de menos, desde su exitosa posición última de magnates del porno, los tiempos en que no tenían dinero ni para pagar los recibos del agua y la luz; como Smith echa de menos, salta a la vista, los tiempos en que abrazaba la idea de ser un director de cine. Cuando todavía no había descubierto que eso le iba a poner en una posición que no sabría defender.