Fantastic maldito, maldito fantastic

Hay algunos directores capaces de ir contracorriente dentro de la industria de cine en España. Se trata de raras avis que realizan cine de autor, sí, pero con el hándicap añadido de que lo practican dentro de un género, el fantástico, que sigue sin conseguir el respeto que merece dentro de la industria de nuestro país. Podríamos otorgarles la etiqueta de malditos si no fuera porque me niego a creer que haya que considerarlos como tal sólo porque no jueguen los roles que de ellos se espera dentro de un panorama, el actual, en el que resulta incómodo encajar aquellas piezas que se perfilan angostas y poco complacientes para el público mayoritario o carecen de los tics característicos propios del film de prestige que suele interesar a ciertos sectores de la crítica. Directores noveles como Eugenio Mira (también Nacho Cerdá o Nacho Vigalondo) y otros más experimentados como Elio Quiroga (heredero de alguna manera de uno de los outsiders más influyentes del fantástico hispano como es Agustí Villaronga) han demostrado que existe un camino alternativo a las imposiciones del mainstream a través del desarrollo de trayectorias todavía incipientes pero que dejan intuir resquicios de una autoconsciente inteligencia autoral a la hora de abordar una serie de proyectos de turbadora esencia trasgresora.

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El caso de Elio Quiroga podría servir de ejemplo paradigmático acerca de la manera en la que se generan ciertos fenómenos de culto dentro del ámbito cinéfilo más underground y de cómo terminan adquiriendo una dimensión propia mucho más categórica que rebasa los límites de la simple anécdota extravagante para adentrarse en unos terrenos conceptuales y estéticos mucho más ambiciosos, maduros y experimentados.

Después de una controvertida ópera prima, Fotos, y de una interesante incursión en el sci-fi horror, la infravalorada La hora fría, Quiroga emprende con No-Do un camino de autodescubrimiento de sus posibilidades creativas; por un lado como director, gracias al perfeccionamiento de su técnica en el manejo de los recursos fílmicos y de su precisión a la hora de concebir la puesta en escena y los movimientos de cámara, así como una cada vez más depurada capacidad para la creación de atmósferas hipnóticas de contagioso y turbador desasosiego; por otro, como guionista, capaz no sólo de configurar una narración ágil y perfectamente encadenada, sino de articular un entramado argumental tan sugerente como capaz de servir como un potente mecanismo de reflexión acerca de nuestra historia más reciente. Quiroga realiza una lúcida reinterpretación del noticiario que acompañó las sesiones cinematográficas españolas durante los años de la dictadura aportando un matiz siniestro y sobrenatural a la ya de por sí inquietante dimensión manipuladora que se incluía en su contenido: además de su propósito adulterador de la realidad para obligar a los ciudadanos a mantener una fe ciega en el caudillo y en la dictadura, también tendrían como objetivo convertirse en un material propagandístico para la Iglesia Católica a través de No-Dos falsos en los que se inventarían milagros, apariciones marianas y otras proezas místicas que ayudaran a situar España como un centro de peregrinación cristiano. Un material que ya sea cierto, inventado o deformado, en manos de Quiroga sirve para crear  toda una mitología alrededor de uno de los muchos reversos tétricos de nuestro pasado más inmediato y que por sí solo se convierte en un poderosísimo motor de arrastre de todo el aparato fabulador del film, que además al estar vinculado con el elemento sobrenatural y esotérico, termina por adoptar un sentido expresivo alegórico todavía más rotundo y determinante. En No-Do esa identificación histórica incrustada a la base fantástica se une además a dos dramas humanos íntimos, el de Francesca (Ana Torrent), incapaz de sobreponerse a la pérdida de su hija, y el del padre Miguel (Héctor Colomé), atormentado por haber contribuido dentro de la Iglesia a silenciar de forma drástica ciertos aspectos que habrían puesto en entredicho algunos de los fundamentos en los que supuestamente se basa la fe cristiana. Ambos personajes arrastrarán traumas del pasado, fantasmas que nunca llegaron a enterrarse y que ahora regresan para ponerles en aviso de que la realidad que les rodea puede que no sea tan apacible como aparenta.  Quizás uno de los mayores aciertos del film es comprobar de qué forma cada una de las piezas aparentemente dispersas que lo configuran (la casa encantada, la locura de Francesca, su relación conyugal, los No-Dos secretos, el sacerdote Miguel, los entramados eclesiásticos, la prostituta santa, las niñas fantasmas y  los espectros malignos) encajan a la perfección dentro de una trama que se va desarrollando a través de continuos descubrimientos de guión que van enriqueciendo su progresión narrativa hasta modular un impecable clímax final que culmina con un portentoso epílogo que da sentido a todo lo que hemos visto hasta el momento. Y todo ello sin ningún tipo de efectismo.

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Otro de los aspectos más sorprendentes subyace en la manera que Quiroga se aproxima a la propia filmación de los noticiarios, utilizando como vehículo a una pareja de fotógrafos que se dedicaba a documentar los sucesos paranormales que tenían lugar en la España de Franco. El registro de su actividad a través de una serie de No-Dos que van desvelando la raíz del misterio van vertebrando de manera invisible la narración y tendrían su punto más álgido en el instante en el que la protagonista Francesca se introduce desde el presente en ese pasado conservado en fragmentos de película en blanco y negro descubriendo por fin esa realidad que le había sido velada, un poco a la manera en la que Asia Argento se introducía en las pinturas florentinas en El síndrome de Stendhal para adentrarse en el conocimiento trascendente de su propia persona.

Sería una pena que se le reprochara a un film como No-Do su falta de presupuesto o la precariedad de algunos efectos especiales (en esta ocasión mejorados con respecto a los que aparecían en La hora fría). Desde luego no es una película que pueda competir en ese aspecto con apisonadoras visuales como la estupenda Drag Me To The Hell de Sam Raimi, pero sí por el contrario se benefician, en mi opinión, de una forma artesanal de hacer el cine que parece estar desapareciendo dentro de la industria y que contiene un irresistible encanto primitivo que implica seguir trabajando en una continua búsqueda expresiva generadora de identidad creativa. Desgraciadamente el cine español en la actualidad continúa estancado tanto en la falta de talento como en la de humildad, por lo que una película honesta, inquieta y personal como No-Do se perfila sin duda como uno de los mejores y más sugerentes films de la cosecha anual.