Barnizando el pasado

Saliendo de la proyección de la insignificante The Broken (Sean Ellis, 2008) en el último festival de Sitges, un amigo vinculado al campo de la realización me advertía que, pese a lo endeble de la propuesta, apenas unos pocos periodistas acreditados habían decidido abandonar la sala en mitad de la sesión. Él atribuía este hecho inaudito a la metalizada fotografía de Angus Hudson que conseguía atrapar al espectador hasta el punto de mantenerlo adherido a su butaca. Pocas semanas antes y, a propósito de una charla post-proyección de El cant dels ocells (2008) en San Sebastián, Albert Serra argumentaba que una de las claves del éxito crítico de Honor de cavalleria (2006) no se hallaba en el relato en sí sino en los fascinantes rostros de sus dos protagonistas. “Nunca te cansarías de mirarlos en primer plano”, aseguraba. Una sensación similar a la causada por este par de ejemplos dispares me invadió al visionar Ashes of Time Redux, un trabajo desigual que, sin embargo, nos invita a reflexionar sobre el poder de atracción de ciertas imágenes ante las que resulta harto difícil apartar la mirada.

No sería justo considerar esta película como un nuevo trabajo de Wong Kar Wai. Si bien es cierto que el título original —Ashes of Time (1994)— apenas tuvo resonancia internacional y nunca convenció del todo al cineasta chino, esta remasterización no es más que un lavado de cara que apenas lima la compleja (e incluso confusa) estructura de la trama, incorpora nuevas melodías y da un acabado más luminoso al producto —gracias a pequeños retoques digitales. Todo para hacer el filme que, en palabras de Wong, “siempre se supuso que tenía que haber sido; aceptando tanto sus virtudes, si es que tiene alguna, como sus defectos”. Vistas así las cosas, no nos queda otra que dar un salto en el tiempo y volver al contexto de 15 años atrás donde pocos conocían el término genérico wuxia pan —que se descubriría en Occidente con Tigre y Dragón (Ang Lee, 2000)— y donde aún no se había estrenado la seminal Chungking Express (1994). Asimismo, se nos antoja esencial retornar también a la analizada figura del director de fotografía Christopher Doyle que, junto al realizador de Shangái, empezaría a perfilar un característico estilo visual muy imitado —sobre todo, en el campo de la publicidad— que alcanzaría su primer punto álgido en la versión primigenia de la obra que nos ocupa.

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Decíamos antes que las imágenes de Ashes of Time Redux despiertan la sensibilidad óptica del espectador y, por tanto, creemos que, al menos, tienen la capacidad de extasiarnos por su belleza impresionista. Sabemos —y en ello, se ha insistido desde casi siempre— que una película bonita, no es necesariamente una buena película. Pero tampoco conviene menospreciar los hallazgos de un Doyle en absoluto estado de gracia. Un director que aquí pinta su tapiz en amarillo, encierra rostros en ángulos imposibles y logra que el espacio desértico —sin apenas recurrir a la profundidad de campo— hable del estado anímico de los personajes. Todo ello en un relato en el que Wong —partiendo de una popular novela de artes marciales de Louis Cha, The Eagle Shooting Heroes— integra las obsesiones que definirán su conocida caligrafía —desde la voz en off hasta la preocupación por el tiempo y el desamor— en los códigos de un género (el wuxia pan) al que no es ajeno como cinéfilo, pero sí como cineasta.

Sin embargo, y aun considerando el indudable atractivo de cada fotograma por sí mismo, Ashes of Time Redux no es el gran título que prometía ser cuando fue concebido a principios de la pasada década con todo el star system hongkonés. Principalmente porque, en vez de sumar, la concatenación de sus planos, resta. Tanto que uno corre el riesgo de verse abrumado por un filme aparatoso que, quizás por haber sido escrito y planificado en exceso —al responsable de Deseando Amar (2000) no le gusta filmar con un guión tan cerrado—, apenas deja entrever las huellas del rodaje y no consigue desprenderse de un acabado arty que en nada ayuda a la poética de Wong. Un cineasta que, sí, en ocasiones es relamido, pero que aquí (y pese al nuevo montaje) parece verse superado por los condicionantes de una superproducción en la que sólo consigue conjugar ocasionalmente la intimidad con la épica. Sirva, al menos, el filme resultante como un bello ejercicio ensayístico en el que se ponen de manifiesto —al igual, por ejemplo, que en el Dune (1984) de David Lynch— los choques entre una fuerte visión autoral y una tradición genérica codificada y difícil de modificar.