Poco ruido y muchas nueces

La principal virtud de los modos cinematográficos con los que se nos presenta este filme japonés es, sin renunciar a la profundidad de las emociones y las ideas, su extraordinaria nitidez. Yôjiro Takita renuncia al hermetismo y al manierismo, y encuentra una expresión directa, clara. No es menos cierto que comete excesos rayanos en el esteticismo, y que se recrea quizá demasiado en las formas respecto a los conceptos, pero incluso en ese andar por una frontera peligrosa, el cineasta demuestra elegancia, deseo de contención y, sobre todo, un fuerte compromiso con la experiencia cinematográfica como experiencia poética.

La película ganadora del último Oscar al mejor filme en habla no inglesa se muestra original al escoger como tema principal la idea de vocación: un joven violonchelista debe replantearse su vida laboral tras la disolución de la orquesta para la que trabaja y, lejos de encontrar algo parecido a un impulso vocacional, comienza a prestar sus servicios en una pequeña empresa funeraria. Su trabajo es preparar los cadáveres, de acuerdo a una antigua tradición japonesa, para que entren en el nuevo mundo limpios y libres. Pero Despedidas nos habla de más cosas: de los prejuicios, del amor, del autoconocimiento, de la familia, de la belleza, de la amistad y… por supuesto, de la muerte.

Daigo (Masahiro Motoki) no sólo debe asumir la singularidad y complejidad de su nuevo empleo, sino que también debe ser hábil para ocultarlo (no es socialmente aceptable) y, sobre todo, valiente para atravesar el camino de conocimiento personal en el que se verá inmerso. La película recuerda levemente, por el tono, la sensibilidad y la audaz mezcolanza de drama y comedia, a algunas de las películas más ligeras de la primera etapa de Ingmar Bergman (1946-1955): revolotea sobre la superficie de los sentimientos, pero también nos conduce a través de los matices hasta el umbral mismo del alma de los personajes; juega con la luz y con la música, logrando una textura homogénea, atractiva, melancólica.

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El aprendizaje moral que conlleva la línea central del filme conduce a una emoción final contenida pero intensa, que alumbra por primera vez en la película el verdadero interior del personaje central. Esa valentía postrera, a riesgo de que la película sea acusada de sentimentalista, es precisamente lo que se echa en falta en otros momentos del relato: como si Takita midiera en exceso para no decepcionar a nadie, y para guardarse emocionalmente de cara a un final de impacto. Es cierto que la estrategia le otorga al filme ese tono de calma y extraña melancolía, pero también es cierto que esa decisión es causa también de una cierta impresión de mediocridad, que sobrevuela la película permanentemente.

En contra de lo que los prejuicios intelectuales pudieran dictar, las emociones de Despedidas se muestran auténticas y nada exhibicionistas. La raíz y el destino del relato, sencillos, singulares y nada pretenciosos. Takita no pretende ser Takita, sino simplemente el director de la película, lo que en ocasiones se agradece y en otras se nos muestra como una de las limitaciones mayores del filme. Una obra notable, en suma, que sólo la ausencia de riesgo condena a una injusta medianía, que no está a la altura ni de la raigambre del relato ni de las capacidades de su cineasta; un mayor funambulismo en lo emocional y una mayor exigencia en el desarrollo de la narración, así como en la brillantez de la textura visual, y podríamos estar hablando de otra cosa.