Viviendo con los bárbaros

Comparaciones odiosas

Kobayashi, el joven protagonista de Despedidas (Okuribito, Yojiro Takita, 2008) pierde su trabajo como violoncelista y debe recolocarse como amortajador. Tras su sorpresa inicial deberá asumir su nuevo rol y progresivamente superar el rechazo propio y ajeno hasta alcanzar un grado de auténtica artesanía. Al final de la película amigos y familiares reconocerán y admirarán su arte y el podrá recomponer su estructura familiar, de ancestros a hijos. En cierto modo la relación con la muerte permite al protagonista desarrollar habilidades ocultas y equilibrar su vida en torno a ella en una suerte de happy end tan paradójico como forzado y facilón.

David Lurie, el profesor maduro de Disgrace está en un trance similar, aunque la perdida de su trabajo se debe en parte a su adicción al sexo y en parte a su arrogancia. Diríase que a una falsa impostura de romanticismo, asumida hasta las últimas consecuencias. Como el personaje de Despedidas, el profesor acabará trabajando con cadáveres. Sin embargo en esta ocasión se trata de cuerpos perrunos y su actividad se limita a participar en el sacrificio canino para, a continuación, envolver los cuerpos en una bolsa de basura y llevarlos a incinerar, en una furgoneta vieja a una chabola en ruinas. Ningún encanto, ninguna compensación moral o sentimental.

Deshonor

Disgrace como deshonor, vergüenza. Esta sería la acepción más adecuada de la palabra para la novela de Coetzee en la que la cinta se basa y la más idónea para reflejar el ambiente descrito en la película. Porque Disgrace nos habla de Sudáfrica y nos habla de personajes que han caído en una suerte de miseria moral, eco de  la miseria económica que les envuelve, de la que sólo podrán salir mediante sacrificios, autoengaños y pactos. Un país dónde la mezcla racial entre blancos nórdicos, negros de múltiples etnias e indios recorre una sociedad convulsa y violenta. La voz exageradamente pausada, suave, de Lurie, de Malkovich, no es sino una extrañeza, una anomalía, en el entorno de su país. De hecho, una impostura. Por que el profesor Lurie, responsable de refinadas y delicadas sesiones de poesía romántica, no es sino un hombre ávido de sexo cuya afición le ha aislado de sus antiguas amantes y que le llevará, finalmente, al exilio. Lurie, no obstante, no es un personaje maniqueo y en una excelente escena se niega a corroborar públicamente su culpa, su vergüenza, por haber mantenido relaciones con una alumna. Rechaza el mundo en que vive y, sin declararse mejor que los demás, se abstiene de aceptar sus normas de conducta y opta por desentenderse de él. Pero el mundo no se desentiende de sus criaturas.

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Con una construcción hábil e impecable (por supuesto originaria de la novela), la trama vincula conflicto individual y conflicto social. El profesor Lurie deberá bajar de su pedestal para después salir de su torre de marfil y ver, comprobar, con dolor que en el mundo decadente en que se encuentra sólo se sobrevive mediante acuerdos pragmáticos, acuerdos intersociales, acuerdos interraciales. Es un mundo árido, desolado, un mundo que sería ficcional hasta entonces para alguien que estaba acostumbrado a la vida urbana, a los cd que ponen banda sonora a trances eróticos, a intercambios sexuales asépticos y a restaurantes lujosos frente al mar. Steve Jacobs lo retrata muy bien. Rechaza mostrar la miseria cuando no es necesario. Pero evidencia, llanamente, la austeridad, rayana en la pobreza, de la finca de Lucy, la hija de David, de quien él sabe muy poco. Como retrata perfectamente su aceptación de la derrota con un sexo sucio, tan desgarrador como cálido, con una anciana en el suelo de la sala dónde se sacrifican los perros. Como permite, sutilmente, ver el crecimiento de la finca de Petrus frente al último reducto de una civilización que debe reconocer a los bárbaros y convivir con ellos….O, tal vez, reconocer que los bárbaros fueron ellos.

Vergüenza

Coetzee no perdona. Y la guionista Anna Monticelli y el director Steve Jacobs lo saben. Y entre todos retratan este entorno miserable, pobre de valores y rico en odios, contemplándolo con ojos de dolor. Ojos de mujeres que alcanzan ancianidad sin consuelo, de mujeres que deben pechar con la violencia machista, de intelectuales cuyo mundo se desintegra negándoles todo asidero, de perros que mueren sin saber por qué… para todos ellos las alternativas sólo son la muerte o el éxodo. Y, pese a la vergüenza, hay que priorizar la vida.

A diferencia de la citada película japonesa, el destino del profesor Lurie no es la superación ni la redención. Es, llanamente, la humillación, el reconocimiento de la derrota. Básicamente la forzada aceptación de una realidad desagradable, peligrosa y agresiva que le acecha por doquier y de la que no tiene oportunidad de huir. Ahí estaría la diferencia entre una película escarizada, artesanal, simpática, con ecos de cine clásico y ganas de buen rollo y un film sólido, áspero y difícil de digerir. Ambas cintas se exhiben en salas contiguas y Despedidas es mucho más popular entre la cinefilia. Quizás por el tono, quizás porque la crítica ha ignorado Disgrace por considerarla una pulcra adaptación de un Nobel, escrita, producida y dirigida por una pareja proveniente de series de acción televisivas. Vergüenza.