Pedir perdón antes de hacer nada

Está claro que cuando algo está en boca de mucha gente pasa a estar en manos de otras. La comedia americana, nueva o antigua, correcta o incorregible, blanca o de tantos colores como vómitos existan, sigue creando un corpus irregular de un movimiento que a veces es de quietud y otras veces no lo es tanto. Hace poco dedicamos, de manera humilde y con intenciones analíticas, un especial doble para intentar desentrañar los puntos comunes, los de inflexión y los de partida, así como las líneas de fuga de un género que se ha puesto quizá demasiado de moda. Pero no lo bastante como para saber delimitar ecos de voces e intentos de de copias a. Ahora todo es tan nuevo como un especial de Bob Hope.

Ese es uno de los motivos que nos hacen desconfiar y estar al quite cuando se nos presenta un producto (esta película además es muy producto) bajo la apariencia de lo nunca visto y el trailer parece ya el de una productora en lugar del de una película. No podemos esperar que se nos ofenda cuando desde el principio se nos está pidiendo perdón. Nos podemos sentir amenazadas nuestras creencias básicas cuando se nos va a hablar de tetas y de amishs. No hay nada que ponga en peligro nuestro sistema común de convivencia como sí puede haberlo en las últimas aventuras de Sacha Baron Cohen (más perfiladas que apuntaladas) o en las películas principales que ocupaban el grueso del estudio que antes comentábamos. La risa es compañera del miedo y con caretas y personajes de goma no se produce ni un leve estremecimiento.

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Sex drive es la típica película desmelenada hecha por un calvo. Un quiero quiero quiero pero lamentablemente no puedo porque qué dirán de mí y si mi productor y si mi prima y si su suegra. La incorrección como tratado de buenas maneras, el sexo como collar antipurgas, las drogas como medicamento recetable, la risa como válvula de escape de la carcajada: soriasis en los aparatos genitales, venda en los orificios de salida, esparadrapo en el cerebelo. Una mezcolanza, a ratos necia y a ratos demasiado lista, de lugares comunes y chistes habituales que no sabe hacer pasar por innovación y carácter lo que realmente es recia rutina. Aburrimientos, tetas y condones, sentido y sensibilidad, jóvenes a la deriva que nunca son capaces de ser capaces. Enamoramientos, personajes secundarios absurdos e intrascendentes y una división estructural basada en gags que no se limitan a ser gags sino que al mismo tiempo intenta estructurar una estructura de discurso. Tan absurdo como la frase que acabo de escribir.

Tan poco absurdo como el resultado; adocenado muestrario de infantiloides diatribas adolescentes sumidas en el barrizal de lo políticamente correcto incorrectito. Un batiburrillo de referencias directas a un humor que no funciona por el deficit de carisma de unos personajes construidos con patrones reconocibles. El chico es tímido, la chica es lista, el amigo es ligón, el hermano es animal, el vagabundo es peligroso, el amish es gracioso, la chica de internet es mala, el crítico de cine es tonto. Todo un rosario (sin aurora) de gotas de stablishment salpicadas de un mensaje moralista y difuso y con una estética sacada de un vídeo de A simple plan. O algo así

Pero lo peor, repito, no es lo convencional de su propuesta ni lo planita de su realización ni siquiera lo conservador de su utilización de elementos tecnológicos omnipresentes como es el caso de internet. Lo peor no es lo que pudo haber sido y nunca fue. Lo peor es que Sean Anders y su equipo creerán que han hecho algo que no han hecho, se irán con los bolsillos llenos y con un poco de polémica en los medios más agrestes norteamericanos. Lo peor es que no han hecho ni ganas de hacerla. Lo peor… es la película.