Cuando estás enamorado todo es…

Maravilloso. Tan lleno de buenas intenciones como un filme de Frank Capra. Te miras al espejo y tienes el carisma de Han Solo y la predisposición de reducir la vida y nada más a una fantasía de final desconocido. Tu corazón es un campo de batalla en el que el sentido común es la insurgencia que busca despertarte del sueño. Pero, al fin y al cabo, ¿para qué despertar? Si sale mal, siempre podrás hacer como Henry Miller o Jean-Luc Godard y adaptar tus pequeños desamores en forma de libro o película. El realizador suizo lo ponía en boca de Jean-Pierre Leáud en Masculin/Féminin: 15 faits précis (1966), «nunca se cruzan dos miradas sin dejar huella de vida». Y ese rastro, ese sentimiento es el que dicta si las comedias generacionales pueden escapar del incipiente aburguesamiento que devasta al género. Como en la deliciosamente autorreflexiva Matrimonio compulsivo (The Heartbreak Kid, Peter y Bobby Farrelly, 2007) donde, a través de los elementos expresivos más arraigados, su protagonista acaba percibiendo su pobreza moral o, para no andarnos con rodeos, que es un gilipollas.

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Marc Webb no es ni los Farrelly ni Godard. Tampoco representa Nueva York como un escenario pintado a rebufo de la comedia urbanita según Edward Burns o, peor aún, yoísta, a lo Woody Allen. Pero sí, en cambio, quiere sonar autorreflexivo, sobre todo, para que sus personajes no se confundan con el espacio —comedia contemporánea, indie, la misma canción— y la letra de siempre. Para que su comportamiento anómalo, dentro de los cánones exclusivos en los que se mueve, no acabe constreñido, deje huella. Como cuando Don Draper va al cine a ver Persona (Ingmar Bergman, 1966) y le confiesa a una de sus eventuales amantes su fascinación por Antonioni. Establece una conexión más allá del arquetipo. Tras todos estos ejemplos, se entiende que (500) días juntos mantiene, o no, ciertas deudas estéticas, pero siempre destaca por su independencia; por albergar la sensación de permitir que los personajes respiren nuestros problemas. O que hagamos propios los suyos. Que nuestras miradas se crucen y nuestro interior se revuelva, porque viendo el filme se ha sentido algo familiar.

Entonces, ¿de qué va todo esto? De enamorarnos de Zooey Deschanel para, conforme el tiempo avanza o retrocede, percibir cuánto esfuerzo hemos invertido en convencernos de que los grandes discursos —el amor, el destino, las almas gemelas; el material con el que se fabrican las tarjetas de San Valentín— compensaban el titubeo en la parte práctica. Que podemos rebobinar en el tiempo, igual que una figura en el cine de Alain Resnais, y revertir ese sentimiento de desamor, de auto-engaño, porque seguimos a pies juntillas lo que de entrada hemos empezado negando. Esta (no) es una historia de amor. Que podemos imprimir en buena resolución que todos los días sean un verano sin domingos por la tarde y nos movamos por la calle pensando que ella hace nuestros sueños realidad —aunque Hall and Oates se lo chiven al subconsciente.

(500) días juntos es buena porque trata los sentimientos más primarios sin ánimo de puerilizarlos ni de aplicarles conservantes típicamente indies; es grande, porque asume que la comedia dramática sólo puede autorreflexionar en torno a la utilidad de sus elementos expresivos para, de una puñetera vez, hundir sus raíces en un zeitgeist que no piense en Jason Schwartzman como modelo de hombre contemporáneo. Pero es extraordinaria porque ya no apela a; directamente, nos habla e invita a ser el centro de su discurso, porque estar con Summer —o con cualquier otra— nunca será el problema de Tom (Joseph Gordon-Levitt), sino entender por qué quiere estar con ella, sin destino ni idealización; sin volcar en una historia de amor esencialmente contemporánea las bases sentimentales de la sociedad de hace varios siglos. Porque lo que importa es gestionar tus propios sentimientos, toda la actividad frenética que despierta en tu interior y lo revuelve hasta equivocarte y hacerte pensar con el corazón y sentir con el cerebro.

Para  una canción de She & Him, Marc Webb rodó un clip en el que Joseph Gordon-Levitt interpreta a un atracador que busca robar un banco de cuya cajera es Zooey Deschanel. Es, tal vez, el mejor sueño de lo que nunca fue —el video no pertenece, más allá de complementarlo, al filme— y la declaración de un lunático que, curiosamente, sueña despierto con tener una relación tan intensa como un thriller en el que nunca se descubre al asesino. O eso o es que cuando estás enamorado todo es…