Frente a frente

En 1981 Manuel Alejandro realizaba para el álbum de Jeanette Corazón de poeta (RCA), una de las canciones más hermosas que ha dado la historia de la música española. Frente a frente hablaba de la crónica de un desengaño, de la desolación y el dolor que quedaba tras enfrentarse a la pérdida del amor y al desmorone de unos sentimientos que terminaban dando paso a un vacío que se convertía en la más pura e insondable nada.

Ahora, casi veintiocho años más tarde, volvemos a escuchar la misma melodía en un film que también versa sobre esa misma oquedad emocional, pero convertida ahora en una especie de hastío generacional que va más allá de la mera crisis afectiva y que se encuentra enraizada en un lugar muy profundo: aquél que tiene que ver con las expectativas vitales, con la fidelidad o la traición de cada uno consigo mismo y con su capacidad para afrontar las decisiones que debe tomar para alcanzar su propia felicidad.

Ana (Blanca Romero), Manuel (Tristán Ulloa) y Julio (Guillermo Toledo), los tres protagonistas de After, son seres atrapados en sus propios microcosmos particulares, pequeños universos cotidianos que ellos mismos han creado pero que aborrecen profundamente y de los que son incapaces de escapar. Cada uno arrastra sus miedos, sus frustraciones, sus sueños, sus pequeñas o grandes miserias, su sensación de ahogo. Cada uno, a su manera, ha llegado a su propio límite. Se den o no cuenta, han atravesado una línea en la que ya sólo cabe el fingimiento y el autoengaño.

El director Alberto Rodríguez sitúa «frente a frente» a estos tres personajes a lo largo de una noche en la que todos tendrán que confrontarse ante sí mismos y ante sus propios fantasmas a la vez que se verán obligado a afrontar (y asumir) las relaciones que se han ido estableciendo entre ellos de manera más o menos explícita en el pasado. Una noche contada por Manuel, ,Julio y Ana desde sus particulares puntos de vista y en la que el espectador es capaz de rebobinar a través de flash-backs independientes para situarse en sus esferas vitales de manera individual para entender así lo que les mueve a llevar a cabo sus acciones en tiempo presente.

After se convierte en la respuesta a todas esas comedias sobre perdedores que han asolado el cine español de los últimos años aportando frivolidad sobre el hastío existencial de una generación a la que ahora le toca el turno que asumir responsabilidades y es incapaz de comprometerse con nada, desarraigada y egoísta, supuestamente libre pero hipócrita, llena de contradicciones e inevitablemente ingenua. Sin embargo, en After no hay atisbo de broma o de chiste y sus personajes no son el mismo prototipo de perdedores. Sus retratos puede que en algún momento estén algo exagerados, pero en ningún momento se trata de perfiles distorsionados y en más de algún caso, son incluso perfecta y cercanamente reconocibles. Al fin y al cabo la incomprensión frente a uno mismo, la sensación de soledad o el estancamiento vital son estados de ánimo que hemos sentido todos en algún momento u otro de nuestras trayectorias emocionales.

Alberto Rodríguez y su guionista Rafael Cobos parecen ser conscientes de que trabajan con un material resbaladizo que se les puede ir de las manos en cualquier momento. Cada una de las tres historias que conforman After parecen querer ser esbozos a mano alzada, relatos en los que prima la impresión meramente sensitiva antes que el subrayado sensiblero. Veraces aproximaciones a retratos posibles cuya sinceridad resulta irreprochable. Alguien me indicó que After le recordaba al cine de John Cassavetes y en concreto a Maridos (Husbands, 1970).

En general, la forma de rodar, la cámara en mano, la utilización de las canciones… recuerda a los modos y al tono de cierto tipo de cine independiente americano moderno, de apariencia sencilla pero contenido amargo. Pero en su esencia, puede que la referencia a Cassavettes encaje a la perfección en la forma en la que se aproxima a las miserias y al patetismo de los tres personajes protagonistas, a través de una cámara que los desnuda y nos acerca visceralmente a su intimidad a través de los rostros y los cuerpos de unos actores totalmente entregados a la causa. Quizás exista un pequeño desequilibrio entre la duración de cada una de las historias: nos sobra algo de la de Tristán Ulloa y echamos en falta más desarrollo en la de Blanca Romero, uno de los más gratos descubrimientos del cine español reciente, siendo quizás la historia de Guillermo Toledo la que mejor se inserta en el corazón de la película. Sin embargo, a pesar de la estructura fragmentaria, After no deja por ello de ser una unidad perfectamente definida y a su manera armónica. La exposición de los diferentes puntos de vista no crea sensación de repetición, sino que mantiene a la expectativa de ir descubriendo los recovecos narrativos que se han ido ocultando en cada uno de los relatos.

Deja After un regusto amargo y desesperanzado tras su visionado y una contundencia visual que le otorga una rotunda personalidad. Alberto Rodríguez ha conseguido realizar un excepcional retrato sobre la insatisfacción vital y, no sé si era o no su intención, pero ha logrado poner en imágenes de manera reveladora las estrofas de una canción que seguimos escuchando, latiendo como imborrable leit motiv nostálgico de incontenible fuerza emotiva: «Queda solo el silencio que hace estallar la noche fría y larga, la noche que no acaba. Solo, eso queda…».