La comedia como excusa

En su crítica de La cruda realidad, Manohla Dargis trata con displicencia la nueva película del australiano afincado en Hollywood Robert Luketic, concluyendo que «es interesante en varios aspectos, pero ninguno de ellos relacionado con el cine». Uno se pregunta cómo pueden percibirse contenidos de interés a través de unas imágenes y no reconocer en ellas ningún mérito… En cualquier caso, la crítico de The New York Times se contradice: muy poco antes, escribe que La cruda realidad es un intento «de conjugar el romanticismo de las comedias destinadas a las mujeres con la chabacanería de las orientadas a los hombres», lo que nos remite a valores de cariz esencialmente cinematográfico.

Es posible que Dargis tenga razón. Que el derivativo y previsible romance vivido por Abby Richter, una ejecutiva televisiva en carestía sentimental y de audiencias (Katherine Heigl) y Mike Chadway, un palurdo que expresa sin cortapisas en la pequeña pantalla «verdades desagradables» sobre los hombres, las mujeres y las relaciones amorosas (Gerard Butler) haya sido concebido, como es habitual por otra parte en Hollywood, con estudios demográficos y de calificaciones morales entre las manos; que constituya un híbrido calculado entre las chick flicks devoradas a razón de estreno semanal por licenciadas en marketing y administrativas (cuyos entresijos narrativos y humorísticos se encauzarían mediante el personaje de Abby), y las comedias de Judd Apatow y sus discípulos con las que ríen a mandíbula batiente pajilleros y misóginos (representadas por Mike).

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Sin embargo, existe otro ejemplo reciente de tan frágil simbiosis, Lío embarazoso (Knocked Up. 2007), escrita y dirigida precisamente por Apatow y también con Katherine Heigl en su reparto, cuyas disonancias con La cruda realidad nos hacen sospechar que la segunda juega en otra liga. El gamberrismo superficial de Lío embarazoso rompía en principio con las convenciones del orden presente, pero restituía a la postre otro orden previo, primordial, que la emparentaba de manera insospechadamente cómoda con ciertas tradiciones genéricas. Por el contrario, viendo La cruda realidad se advierte —por mucho que su codificación trate de responder a toda costa a lo que esperamos de una comedia con las cualidades antagónicas descritas— una tensión perturbadora fruto de la mirada de Mike sobre el universo profesional y emocional que habita Abby. Mirada que convierte el registro cómico en excusa, no demasiado bien articulada, para suavizar un discurso agresivo contra nuestras constantes sociales.

Esto ya ha sucedido en el cine de Robert Luketic. La actitud vital de extrema simpleza que ostentaba Elle (Reese Whiterspoon) en Una rubia muy legal (Legally blonde. 2001), ponía en evidencia la falsedad de los ambientes universitario y jurídico donde se desenvolvía. En El chico de tu vida (Win a Date with Tad Hamilton! 2004), una pueblerina desvelaba la esterilidad que rodeaba a una estrella de Hollywood. Y en 21: Blackjack (21. 2008), varios alumnos del prestigioso Instituto Tecnológico de Massachusetts pervertían los improductivos conocimientos matemáticos adquiridos en el centro, aplicándolos al juego ¡bajo la supervisión de uno de sus profesores!

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Mike es el personaje más inadaptado en la filmografía de Luketic, un predicador cínico y machista no muy diferente al Frank Mckey que encarnaba Tom Cruise en Magnolia (íd. Paul Thomas Anderson, 1999) o a especímenes como Rafa Mora, que empiezan a proliferar en los corrillos mediáticos como comprensible respuesta a los excesos de la corrección política y a la legitimación pública de los imaginarios femeninos, por mucha estupidez e hipocresía que puedan albergar.

La primera aparición de Mike en La cruda realidad, menospreciando a las espectadoras disconformes con las estrambóticas opiniones que suelta entrada la noche en un ignoto canal local mientras quema en un bidón libros como Los hombres son de Marte, las mujeres de Venus y No sigas sufriendo por amor, dará paso al cuestionamiento sistemático de los vicios que Abby está ligando a la emancipación de su sexo: el arribismo profesional, la autocomplacencia ensimismada, el conformismo existencial y la aspiración a pillar al Doctor Macizo.

Y, para escándalo de Manohla Dargis y estando el guión de la película firmado por tres mujeres, la labor de zapa de Mike tendrá éxito, como manifiesta esa escena cumbre en la que el escenario de la acción, un festival de globos aerostáticos que cubren periodísticamente Abby y él, se difumina por obra y gracia de las sobreimpresiones digitales. Lo único que cuenta en ese instante son los rostros explosivamente carnales de una y otro (no hay comparación entre Heigl y las pavisosas Sarah Jessica Parker, Sandra Bullock o Jennifer Aniston; como no la hay entre Butler y figurones asépticos como Edward Burns, Ryan Reynolds y Ben Affleck). Abby le pregunta turbada a Mike: «¿Estás enamorada de mí? ¿Por qué?». Él responde: «No tengo ni puta idea».

El siguiente plano les muestra desmadejados en la cama, tras una sesión agotadora de sexo. La cruda realidad.